Es fácil ignorar un virus al acecho, hasta que ya es demasiado tarde

Roger Cohen
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14 de octubre de 2014  

El Diccionario Webster define peste como "todo aquello que aflige o preocupa; calamidad; flagelo". Otras definiciones incluyen "cualquier enfermedad epidémica mortal, en especial, la peste bubónica". Y en la Biblia se dice de "cualquiera de las variadas calamidades enviadas como castigo divino". En su forma verbal, apestar significa "corromper, viciar; fastidiar, causar hastío".

En la novela de Albert Camus La peste, escrita poco después de la ocupación de Francia por los nazis, el primer signo de la epidemia es la muerte en masa de las ratas: "Al cuarto día, las ratas empezaron a salir para morir en grupos. Desde las cavidades del subsuelo, desde las bodegas, desde las alcantarillas, subían en largas filas titubeantes para venir a tambalearse a la luz, girar sobre sí mismas y morir junto a los seres humanos. Por la noche, en los corredores y callejones se oían distintamente sus gritos de agonía".

Las ratas son mensajeros, pero, como la naturaleza humana es como es, al principio nadie hace caso a su mensaje. La vida debe seguir. Siempre hay trámites que hacer y hay que seguir ganando dinero. La novela transcurre en Orán, una aletargada ciudad comercial de la costa argelina donde hace tanto calor que el mar cambia de color, de azul profundo a "un resplandor de plata o de acero, doloroso para la vista". Incluso cuando la gente empieza a morir, con los ganglios inflamados y manchas negruzcas por toda la piel, boqueando y vomitando bilis, la respuesta de las autoridades es vacilante. La palabra "peste" es casi impronunciable.

Exasperado, el médico protagonista exclama ante una comisión sanitaria convocada de apuro: "La palabra que usen me es indiferente. Digamos solamente que no debemos obrar como si la mitad de la población no estuviese amenazada de muerte, porque entonces lo estará".

La secuencia de emociones resulta familiar. A la negación le sigue una vaga inquietud, seguida de preocupación, miedo y, finalmente, pánico. La fobia es fogoneada por la súbita revelación de que existen fuerzas oscuras incontrolables que acechan en las alcantarillas, apenas debajo de la plácida superficie de la vida. La enfermedad es igualadora: de repente, todo el mundo es vulnerable, y la entereza moral de cada individuo es puesta a prueba. La peste está en mente de todos, cuando no en sus cuerpos? Las preguntas se multiplican: ¿cuál es la cadena de contagio?, ¿cómo se aísla a las víctimas?

La peste y las epidemias son cosa del pasado, por supuesto que lo son. En las sociedades desarrolladas, el contacto físico ha sido reducido al mínimo. Nuestra vida se dirige por aparatitos. No hace falta mirar a alguien a los ojos, y menos todavía entrar en contacto con su piel, para lograr cierta especie de intimidad. La sangre, la saliva, el pus, los fluidos corporales son cosas con las que deben lidiar los hospitales y no preocupaciones de la vida diaria.

Un virus contraído en África occidental, tal vez por un hombre que carneó un murciélago para alimentar a su familia, no puede afectar a una enfermera en Dallas que usaba ropa de protección para cuidar de un paciente que murió. Y, sin embargo, así fue. "De hecho, la peste es algo muy común -señala Camus-. Pero nos cuesta creer que sea una peste cuando cae sobre nosotros."

Lo más aterrador es que el murciélago portador del virus no está enfermo. Simplemente es capaz de transmitir el virus en determinadas circunstancias. En otras palabras, el virus siempre está al acecho, aunque sea invisible. Es fácil ignorarlo, hasta que es demasiado tarde.

La peste, por supuesto, es tanto una metáfora como una realidad física. No es sólo vómitos, diarrea y sangre brotando por los ojos y las encías. Cuando Camus escribió su novela, una peste había descendido sobre Europa. Las matanzas y las calamidades se extendían entonces por el norte de África, donde Camus había pasado su infancia. Este virus que ahora pasó de África a Europa y a Estados Unidos llegó en una época de inquietud y decapitaciones. La gente concatena los fenómenos, mientras la negación deja lugar a la angustia y luego al pánico. Todos sienten ese mar de fondo de fuerzas incontrolables. Querrían estar equivocados, y sin embargo?

Hacia el final de la novela, el médico protagonista contempla a la aliviada muchedumbre de los sobrevivientes: "Pues él sabía que esa muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, en las bodegas, en las valijas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

Traducción de Jaime Arrambide

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