Es hora de que los republicanos amenacen con echar al presidente

Thomas L. Friedman
Thomas L. Friedman MEDIO: The New York Times
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29 de diciembre de 2018  

WASHINGTON.- Hasta ahora, nunca estuve de acuerdo con remover al presidente Trump de su cargo. Pero la semana pasada fue un momento bisagra para mí, y creo que también para muchos estadounidenses, incluidos varios republicanos.

Fue ese momento en el que tuve que preguntarme si realmente podemos sobrevivir a dos años más de Trump en la presidencia, si el demencial comportamiento de este hombre no desestabilizará nuestro país, nuestros mercados, nuestras instituciones más importantes y, por extensión, el resto del mundo. Por todo eso, su expulsión del cargo ahora debe ser una alternativa a considerar.

La única opción responsable que tiene el Partido Republicano es intervenir directamente para dejarle en claro al presidente que si no modifica radicalmente su conducta -lo que me parece improbable-, los dirigentes no tendrán más remedio que presionar para que renuncie o sumarse a los pedidos de juicio político.

Tiene que empezar por los republicanos, debido tanto a los números en el Senado como a la realidad política. Sacar a este presidente debe ser un acto de unidad nacional hasta donde sea posible, porque de lo contrario desgarraría aún más al país.

El comportamiento de Trump se ha vuelto tan errático; sus mentiras, tan persistentes; su falta de voluntad para cumplir con las funciones básicas de la presidencia, tan obvia; su facilidad para conciliar con Rusia y fustigar a los aliados, tan inquietante, y su obsesión consigo mismo y con su propio ego por encima de cualquier consideración, tan sistemática que dos años más de Trump en el Salón Oval pueden convertirse en una verdadera amenaza para el país.

El daño que puede hacer un Trump fuera de control trasciende ampliamente nuestras fronteras. Estados Unidos es la piedra angular de la estabilidad global. El mundo de hoy es como es -un lugar que a pesar de todos sus problemas sigue gozando de mayor paz y prosperidad que en ningún otro momento de su historia- porque Estados Unidos es como es, o al menos, como era. Y Estados Unidos es una nación que en su mejor expresión siempre ha defendido los valores universales de la libertad y los derechos humanos, que siempre ha pagado una cuota extra para estabilizar el sistema global del que fuimos los mayores beneficiarios, y que siempre ha alimentado y protegido sus alianzas con naciones afines.

Donald Trump ha demostrado hasta el cansancio que no sabe nada de la historia o de la importancia de Estados Unidos. Está encerrado en la delirante idea de que toda la red de instituciones globales y de alianzas construidas desde la posguerra plantea una amenaza para la soberanía y la prosperidad del país, y que nos iría mucho mejor sin nada de eso.

Así que Trump se regodea con los problemas actuales de la Unión Europea, apura a Gran Bretaña para que la abandone, y hasta deja entrever que evalúa abandonar la OTAN. Si Estados Unidos se convierte en el depredador de esos tratados, instituciones multilaterales y alianzas que mantienen cohesionado el mundo; si Estados Unidos pasa de ser el ancla de estabilidad del mundo a ser el motor de su inestabilidad; si Estados Unidos deja de ser una democracia construida sobre los pilares gemelos de verdad y confianza para ser un país donde es aceptable que un presidente conspire diariamente contra la verdad y la confianza, entonces ¡cuidado!, porque las nuevas generaciones de norteamericanos no solo crecerán en un Estados Unidos diferente: también crecerán en un mundo diferente.

Nadie tiene idea de lo rápido que instituciones como la OTAN, la Unión Europea, la Organización Mundial de Comercio o simplemente las reglas globales más básicas -como no asesinar y descuartizar a un periodista en tu propio consulado- pueden desintegrarse cuando Estados Unidos hace mutis por el foro o se hace el loco bajo el mando de un presidente aislado y desvergonzado.

Pero no se trata simplemente de lo que le pase al mundo, sino del mínimo decoro y estabilidad psíquica que uno espera de su presidente. Si el CEO de cualquier empresa privada de Estados Unidos se comportase como Trump en los últimos dos años habría sido rajado hace tiempo por el directorio. ¿Por qué esperar menos para nuestro presidente?

Y esa es la pregunta que se hacen los mercados. Durante los dos primeros años de Trump, los mercados tomaron esas mentiras y delirios como un ruido de fondo, mientras las ganancias y las acciones se disparaban a las nubes. Pero ya no es así: ahora, Trump inquieta a los mercados.

La inestabilidad generada por Trump -incluidos sus ataques al presidente de la Reserva Federal- está haciendo que los inversores se pregunten cómo evolucionará el manejo económico y geopolítico en la actual desaceleración económica. ¿Qué pasaría si caemos en una crisis y tenemos un presidente cuyo primer instinto es echar las culpas afuera y que ya se ha desprendido de los colaboradores más adultos y sobrios? Y Mattis era el último que quedaba.

Por cierto que muchos repiten que Trump es un "disruptor", un presidente de otro tipo. Bueno, yo respeto a quienes votaron por Trump porque pensaron que el sistema necesitaba "un disruptor". Yo lo pensaba, en ciertos aspectos. Y coincido con Trump en la necesidad de provocar una disrupción en el statu quo de las relaciones comerciales con China, en repensar la presencia norteamericana en Siria y Afganistán, y en eliminar algunas de las regulaciones que asfixian la inversión y los negocios.

Pero la mayoría de las veces Trump genera disrupciones sin tener un plan para lo que viene después. Se abocó a destruir el programa de salud Obamacare sin tener idea de lo que pasaría al día siguiente. Anunció el retiro de tropas de Siria y Afganistán sin siquiera consultarlo con los integrantes del Estado Mayor Conjunto, ni con los altos asesores del Departamento de Estado, y mucho menos con los países aliados.

La gente quería una disrupción, pero la mayoría de las veces Trump nos ha dado destrucción, distracción, degradación y pura ignorancia.

Y si bien es cierto que necesitamos disrupciones en algunas áreas, también es cierto que lo que se necesita desesperadamente en otras áreas es innovación. ¿Cómo integrar la inteligencia artificial a cada aspecto de nuestra sociedad como lo hace China? ¿Cómo llevamos capacitación y actualización permanente a todos los norteamericanos? En tiempos en los que deberíamos construir puentes hacia el siglo XXI, de lo único que habla Trump es de levantar un muro en la frontera con México (ver aparte).

De hecho, la mayor disrupción introducida por Trump ha sido el socavamiento de las normas y los valores que asociamos con la presidencia y los presidentes norteamericanos. Y ahora que Trump se ha liberado de todo freno que pudiese ponerle su equipo de gobierno y su propio partido -para que "Trump pueda ser Trump", según nos dicen-, tiene las manos libres para rehacer a Estados Unidos a su imagen y semejanza.

Si Estados Unidos empieza a comportarse como un estafador mentiroso, egoísta y desvergonzado como Trump, no tienen idea de lo inestables -de lo "disruptivos"- que pueden volverse los mercados y la geopolítica mundial.

Tomarnos el tiempo de descubrirlo es un lujo que no podemos permitirnos.

Traducción de Jaime Arrambide

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