Un discurso, dos mensajes

Rafael Mathus Ruiz
Rafael Mathus Ruiz LA NACION
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31 de enero de 2018  • 02:38

WASHINGTON.- El primer discurso sobre el Estado de la Unión de Donald Trump tuvo dos partes antagónicas. Al principio, un Trump moderado y conciliador proclamó un “Nuevo Momento Americano” y ensayó un llamado a la unidad; luego, el Trump de siempre vinculó la inmigración al crimen, las drogas y el terrorismo, pidió dinero para su muro y anunció que mantendrá abierta la prisión de Guantánamo.

“Invoco a todos nosotros a dejar de lado nuestras diferencias, buscar un terreno común y convocar a la unidad que debemos brindar a las personas a las que fuimos elegidos para servir”, dijo Trump, apenas iniciado su mensaje. Vestía una corbata azul, el color demócrata.

El presidente que en la campaña presidencial había ofrecido una visión distópica de Estados Unidos y que, al asumir, anunció el fin de la “carnicería americana”, ofreció anoche una frase cargada de optimismo: “Este es de hecho nuestro nuevo momento Americano. Nunca ha habido un mejor momento para comenzar a vivir el sueño Americano”.

Trump le dio luego continuidad a ese primer impulso. Pidió de entrada un ambicioso plan de obras públicas por US$ 1,5 billón de dólares, una iniciativa que tiene respaldo de demócratas y republicanos y que fue, de hecho, uno de los pilares de la plataforma de su rival, Hillary Clinton.

“Estados Unidos es una nación de constructores”, arengó. Luego, otro llamado a la unidad: “Les pido a ambas partes que se unan para brindarnos la infraestructura segura, rápida, confiable y moderna que nuestra economía necesita y nuestra gente merece”.

Hubo, en ese primer tramo, dedicado de lleno a la economía, exageraciones y falsedades, y Trump intentó quedarse con el crédito por la bonanza actual, que en gran medida gestaron Barack Obama, y, desde la Reserva Federal, Ben Bernanke y Janet Yellen. Pero el tono de Trump era distinto al Trump divisivo, agresivo y explosivo que espanta a sus críticos y que signó su primer año en Washington. Era un presidente “normal”.

No duró mucho. A medida que Trump avanzó en su larguísimo mensaje –uno de los más largos que se recuerden de los últimos años–, sus palabras comenzaron a acercarse a las del Trump de siempre. La transición fue evidente cuando el mandatario tocó un tema que definió su ascenso político, y que divide como pocos al país: la inmigración.

Y disparó: “Durante décadas, las fronteras abiertas han permitido que las drogas y las pandillas se viertan en nuestras comunidades más vulnerables. Han permitido que millones de trabajadores con bajos salarios compitan por empleos y salarios contra los estadounidenses más pobres. Lo más trágico es que han causado la pérdida de muchas vidas inocentes”.

Otra vez, como en la campaña, Trump ató la inmigración al crimen, las drogas y el desempleo. Trump insistió luego en la misma línea. Dijo que el último ataque terrorista en Nueva York fue posible gracias al sorteo de residencias y a la “inmigración en cadena”, una referencia aborrecida por los demócratas, que prefieren hablar de “reunificación familiar”. Pidió el muro. Pidió más agentes fronterizos.

En un bar de Washington, una oración del discurso despertó gritos e insultos: “Los Americanos también son soñadores”, afirmó Trump. Fue la única vez que mencionó la palabra “dreamers”, una referencia ineludible a los jóvenes inmigrantes indocumentados, a quienes, con todo, les ofreció un camino a la ciudadanía.

David Duke, líder del Ku Klux Klan y referente del supremacismo blanco, agradeció esa frase en un mensaje en Twitter.

Los silencios de Trump también desdibujaron su llamado a la unidad. No dijo nada sobre la deuda de los estudiantes, el movimiento #MeToo –las legisladores demócratas vistieron de negro para respaldar al movimiento– o la amenaza del cambio climático y defendió el derecho a portar armas y la libertad religiosa. Además, anunció que mantendría la prisión de Guantánamo, símbolo de la tortura, que los demócratas intentaron cerrar sin éxito.

“¿Un discurso de unidad? Sean realistas. La estrategia de Trump ha sido clara desde el principio: mantener su base energizada y al 80-90% del Partido Republicano unificado”, concluyó Larry Sabato, politólogo de la Universidad Virginia.

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