Europa, atrapada entre quienes se quieren ir y los que quieren entrar

Roger Cohen
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5 de agosto de 2015  

LONDRES.- Europa está atrapada entre los que quieren entrar, los que quieren salir y los que quieren destruirla. Los ingresantes están desesperados; los salientes, furiosos, y los destructores hacen ondear sus banderas.

Por primera vez en la historia de la Unión Europea (UE), esta triple embestida dejó a sus 28 Estados miembros más expuestos a una fractura que encaminados a una mayor integración.

Una Europa en paz y casi sin fronteras es la gran hazaña de la segunda mitad del siglo XX. Poder ir de Alemania a Polonia cruzando una frontera prácticamente borrada después de los millones que fueron masacrados hace apenas siete décadas es el mejor testimonio de esa hazaña. La UE es el milagro menos evidente del planeta.

El tejido de Europa no está en peligro inmediato de rasgarse, pero se está deshilachando.

Empecemos por los que quieren entrar. Como lo han perdido todo, no tienen nada que perder. En la mayoría de los casos, vienen de Afganistán (que está en guerra desde vaya uno a saber cuándo), de Siria (cuatro millones de refugiados y contando), Somalia, Irak, Eritrea, el Magreb y otros lugares de África.

Después de odiseas en barcos ruinosos y de lidiar con traficantes de humanos que los desvalijan, esos inmigrantes se han abierto paso a presión hasta el Eurotúnel, en Calais, Francia.

Bloquearon el tránsito y afectaron el comercio; provocaron un reavivamiento de la sempiterna fricción franco-inglesa y despertaron la furia del Daily Mail, órgano de expresión de lo peor que tiene Gran Bretaña. Ese diario opina que llegó el momento de desplegar al ejército.

Pero llamar a los militares o construir paredes no resuelve nada. Los casi 3000 desesperados que se amuchan en Calais son parte de un fenómeno mucho más extendido. En lo que va del año, más de 100.000 refugiados o inmigrantes ingresaron en Europa a través del Mediterráneo. Y un número no desdeñable murieron ahogados.

La guerra, la opresión, las persecuciones y las penurias económicas -sumadas al magnetismo que generan las imágenes de prosperidad y seguridad que llegan hasta los rincones más remotos del mundo- causaron una vasta oleada migratoria. Es a todas luces evidente, desde el hall de la estación de trenes de Milán Central hasta las calles de Calais. "Quiero un poco de todo eso", claman los desheredados de la Tierra.

Europa ha hecho poco más que encogerse de hombros. Las 28 naciones repitieron bocadillos de cortedad mental sin unidad de propósito alguna.

Insignificante cifra

Luego de muchos borradores y peleas por la letra chica, y presionados por la presionada Italia, los líderes de Europa lograron acordar "compartir la carga" de unos 40.000 refugiados, un número insignificante: actualmente, hay más de 3,5 millones de refugiados en Jordania, Turquía y el Líbano, países mucho menos prósperos que las naciones europeas. La desgracia de esos migrantes es la vergüenza de un continente.

Los países de Europa tienen una larga historia de rechazar a los refugiados desesperados para luego lamentarlo. La UE se formó para detener las recurrentes guerras que dejaban a millones de personas sin hogar y sin posibilidad de regreso.

Tal vez parezca una antigüedad recordar los ideales de la UE, pero resulta imprescindible para su supervivencia.

¿Dónde está la voz del estadista que se alza por encima del coro pusilánime de regateos y mezquindades personales?

Las excusas están, no hay duda. El índice de desempleo es alto y el crecimiento es bajo o inexistente. Darles acceso al Estado de bienestar europeo a quienes no pagaron su parte alimenta la bronca. Pero ésas no son razones para cerrarles la puerta.

El número de inmigrantes, si bien es alto, es absorbible por una comunidad de más de 1000 millones de personas.

Fracaso

Lo que se necesita es una política coordinada que les ofrezca a los inmigrantes un camino legal y la decisión política para reimaginar una Europa que sí puede. El actual fracaso de Europa es su falta de imaginación y de determinación.

La crisis del euro no puede ser una coartada para la inacción, ni hacia el interior de la UE ni en países como Libia, donde los europeos tienen una clara responsabilidad. La idea de Europa debe recuperar su lustre.

Gran Bretaña, sintiéndose amenazada por lo que el primer ministro David Cameron llamó un "enjambre" de inmigrantes, es a su vez el país que amenaza con abandonar la UE.

En Gran Bretaña, Europa se convirtió en sinónimo de burocracia y caos monetario. Esa bronca es alimentada día tras día por la misma prensa ultranacionalista que sueña con aprovechar la crisis inmigratoria para volver a disputarle Agincourt a los franceses y, de paso, limpiar Calais por la fuerza.

La posibilidad de que en el prometido referéndum gane el sí y se produzca el Brexit existe. Pero la falta de coordinación y de objetivo de Europa juega a favor de los británicos que proponen la salida del bloque.

"¿Qué rol cumpliría Gran Bretaña en una Europa liderada por una Alemania que no quiere liderar y que además está partida entre el núcleo de la eurozona, donde realmente está la acción, y los periféricos, que no comparten la moneda común?", preguntan los británicos partidarios de abandonar la UE.

La canciller alemana, Angela Merkel, no es precisamente una visionaria, pero Europa necesita que ella adopte un discurso más arriesgado.

El potencial destructor, por su parte, tiene objetivos claros: una Europa debilitada, sitiada por el auge de partidos antiinmigrantes de izquierda y de derecha, astillada en su periferia griega, indecisa frente a sus vecinos del Este, moralmente derrotada y sumida en su ombliguismo, mientras Moscú y Pekín pergeñan el futuro de Eurasia.

Su nombre es Vladimir Putin. Y tiene ideas. Europa parece no tener ninguna. Ése es el peligro.

Traducción de Jaime Arrambide

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