Europa inicia su mayor transformación

Cómo son los diez nuevos países que ingresarán el 1° de mayo en la UE, en el mayor cambio en la historia del bloque
Teresa Bausili
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23 de abril de 2004  

Europa tal vez no luzca muy diferente cuando despunte la mañana del 1° de mayo. Pero para entonces ya será otra Europa, una nueva Europa que se extenderá desde Lisboa hasta Letonia, en una tranformación que tendrá profundas implicancias a nivel mundial, incluso en América latina. La siguiente es una radiografía de los 10 protagonistas de este hito histórico -el más trascendente desde 1945, o incluso antes-, ocho de los cuales cargan con un pasado marcado por el dominio comunista o nazi. Y que con su ingreso en la Unión Europea culminan un proceso que comenzó en 1980 en Polonia y continuó nueve años más tarde en Berlín, cuando saltó el primer pedacito de un muro infame.

Polonia

Con 39 millones de habitantes, es, por lejos, el país más grande y más poblado de los futuros socios de la UE. Y su tamaño lo ha convertido también en el más problemático.

Uno de los mayores dolores de cabeza para Varsovia ha sido adaptar un sistema agropecuario precario e improductivo a las rigurosas leyes de los Quince. En la ronda de negociaciones previas a su adhesión, Polonia presentó una dura batalla en defensa de sus agricultores, que representan un quinto de su población y conforman el sector más reticente a adherirse al bloque europeo. El resto de la población, sin embargo, votó en forma aplastante en favor de la incorporación del ex satélite soviético a la UE (76,8%), aunque para ello deberá hacer más concesiones: la Comisión Europea le exige esfuerzos inmediatos para luchar contra la corrupción y para reforzar el control de sus fronteras. Polonia, con más de 1200 kilómetros de frontera con Rusia, Ucrania y Belarús, amenaza con transformarse en una de las mayores puertas de entrada de inmigrantes ilegales a Europa occidental.

Además, el país debe lidiar con otros frentes internos de tormenta, entre ellos una desocupación que trepa al 20% y una crisis política que ya hizo rodar la cabeza del premier Leszek Miller, un antiguo comunista reconvertido en socialdemócrata.

Pero su tamaño no sólo le ha acarreado problemas a esta nación fuertemente católica y aliada clave de Estados Unidos en Irak: también le ha otorgado una ventaja decisiva sobre los nuevos miembros del bloque, donde su mercado de 39 millones de consumidores es un imán irresistible para inversores extranjeros. Consciente tanto de su potencial económico como de su importancia geoestratégica -es ahora el puente natural entre la Europa del Este y la del Oeste-, Polonia ha dejado en claro que no quiere ser un "país de segunda categoría".

República Checa

El caso checo es tal vez uno de los más paradójicos: mientras el país se prepara para unirse al "club del capitalismo" -el "sí" se impuso en el plebiscito con el 76%-, a la vez crecen el apoyo al Partido Comunista y el "euroescepticismo" entre la población.

Entre estos últimos estaría el propio presidente del país, Vaclav Klaus, que advirtió que el ingreso en la UE podría poner en peligro la identidad nacional y cultural de la república, que ya es socia de la OTAN. Sin embargo, para la coalición gobernante de centroizquierda, la incorporación del país al bloque le daría el empujón necesario para modernizar sus estructuras económicas y sociales, además de una salvaguardia frente a la excesiva dependencia de Alemania, su principal socio comercial.

El premier Vladimir Spidla se comprometió para ello a reducir una abultada deuda pública y a regular el alarmante desequilibrio fiscal, aunque las impopulares medidas de ajuste ya le reportaron el rechazo de amplios sectores de la población.

Hungría

Es uno de los líderes económicos de Europa central, el que posee el mercado más liberalizado y el primero de la región en solicitar la adhesión a la UE, en 1994.

Su dilatada tradición de reformas, que se remonta a los años 60 -desarrolló una economía mixta aún bajo la égida soviética-, allanó el camino para una transición política poco traumática, a diferencia de otros vecinos comunistas.

De hecho, el país que vio nacer a Franz Liszt y hasta al cubo mágico logró dejar atrás una aguda espiral inflacionaria, bajó el índice de desempleo a poco más del 5%, condujo una agresiva política de privatizaciones y supo atraer, en tan sólo una década, un récord de inversores.

No obstante, el gobierno de coalición del socialista Peter Medgyessy -el mismo que hace dos años admitió públicamente su pasado como espía comunista- debe desterrar una serie de "herencias" de la era soviética, entre ellas la polución del medio ambiente, la discriminación de la minoría gitana y la proliferación del crimen organizado.

Eslovaquia

Once años después de su pacífica separación de la República Checa -que fue bautizada como "el divorcio de terciopelo"-, el ingreso oficial de Eslovaquia en la UE, que apoyó un arrasador 92%, es visto por muchos de sus 5,5 millones de habitantes prácticamente como un milagro. Y no sólo porque sus índices económicos son de los más desalentadores entre los nuevos Estados comunitarios. Aún más sorprendente es que haya superado la etapa de aislamiento en que la sumió el ex premier Vladimir Meciar en los años 90.

El autócrata, un ex boxeador aficionado férreo detractor de la UE y de la OTAN (a la que Eslovaquia se sumó el mes pasado), fue derrotado en 1998 por el democristiano Mikulas Dzurinda. Decidido a recuperar a los espantados inversores, el nuevo premier imprimió un drástico giro en el hasta entonces errático rumbo nacional. Y si bien las ambiciosas reformas que impulsó lograron atraer un buen número de capitales extranjeros -sobre todo de la industria automotriz-, también profundizaron la brecha social y hundieron al este del país balcánico en la pobreza. Entre los sectores que más pagaron la factura del ajuste figuran los gitanos eslovacos, una de las minorías étnicas más importantes de los nuevos miembros la UE .

Eslovenia

Desde Silvio Berlusconi hasta George W. Bush cayeron en el error. Confundir Eslovenia con Eslovaquia se ha vuelto una constante hasta para líderes políticos, y no fueron pocas las veces en que se pasaron los himnos equivocados en eventos oficiales.

Este diminuto país de dos millones de habitantes es el único de la ex Yugoslavia que ingresa en la UE. Desde su fundación, Eslovenia ha puesto la mira en la adhesión a la Unión, y no es de extrañar que un 92%de su población haya apostado por la integración. La llamada "Suiza de los Balcanes" es uno de los países más liberales que se suman a la Europa ampliada, tiene una de las democracias más firmes y una exitosa economía de mercado. A pesar de su interés por integrarse, los eslovenos parecen no esperar mucho de la UE, tal vez porque su calidad de vida es más alta que la de algunos de los actuales miembros, como Grecia. Su adhesión tendría más bien una connotación simbólica: le permitiría a Eslovenia cortar definitivamente sus lazos con la ex Yugoslavia, a la que estuvo artificialmente unida durante décadas.

Chipre

Mientras que países como Eslovenia o Eslovaquia se separaron de bloques mayores antes de ingresar en la UE, la pequeña isla mediterránea deberá hacer el proceso inverso. Dos tercios de sus 900 mil habitantes -70% de origen griego, 30% turco- están convocados a votar mañana en un referéndum sobre la reunificación del territorio, donde ambas comunidades viven separadas por alambrados desde hace 30 años, cuando Turquía invadió y ocupó la parte norte de esta ex colonia británica.

Sea cual fuere el resultado de la consulta, la parte griega de Chipre será la que entre como Estado independiente en la Europa de los 25. Un hecho que aislaría aún más al empobrecido norte de la isla, sometido a un embargo internacional y reconocido como Estado sólo por Turquía (uno de los más interesados en solucionar el conflicto, dadas sus ambiciones de ingresar en un futuro en la UE ). Con la incorporación del último país dividido de Europa a su seno, el bloque importaría asimismo un conflicto territorial dentro de sus fronteras, además de un complejo rompecabezas administrativo.

Malta

El archipiélago que los ingleses arrebataron a Napoleón en 1800 y ocuparon hasta 1864 desplazará a Luxemburgo como el país más pequeño de la UE.

Es también uno de los candidatos más preparados en materia económica y tiene la capacidad de convertirse en una nación puntera, a lo que contribuyen su dominio del inglés y su tradición de hábil comerciante. Amparada en la seguridad jurídica que le conferirá la UE, apuesta ahora a desarrollar el sector turístico y explotar sus estratégicos puertos.

Sin embargo, la oposición laborista se opuso durante décadas a la entrada del superpoblado territorio de 400.000 habitantes en la Europa ampliada. No sólo por el temor a perder fuentes de trabajo o quedar a la sombra de los países más poderosos, sino también porque la adhesión supone renunciar a la tradicional neutralidad que ha caracterizado a este país de fuertes raíces católicas y conservadoras, cuna de una de las más antiguas órdenes religiosas del mundo y puente privilegiado entre Europa y Africa.

De hecho, Malta ratificó su adhesión a la UE por un estrecho margen de cerca del 53%, aunque suficiente para refrendar la política europeísta de su gobierno nacionalista.

Lituania

Es la mayor de las tres repúblicas bálticas que, 13 años después de haber recuperado la independencia de la Unión Soviética, cumplen el sueño de unirse a la UE, un ingreso que respaldó con un arrollador 91% de los votos.

Pero mientras que la economía lituana exhibe indicadores envidiables, con tasas de crecimiento del 9% en 2003 y una inflación de apenas el 1%, en el terreno político el clima es de absoluta convulsión. Y por primera vez en la historia del país, el Parlamento lituano destituyó hace dos semanas al presidente Rolandas Paksas, involucrado en un resonante escándalo con la mafia rusa.

Por otro lado, la UE le exige a Lituania el cierre de la central nuclear de Ignalina, construida en tiempos soviéticos y cuyos reactores son idénticos a los de la fatídica planta ucrania de Chernobyl. El costoso desmantelamiento será financiado con fondos comunitarios y de la propia Lituania, que con la clausura de Ignalina perderá su principal fuente de energía eléctrica.

Estonia

El despegue económico de este país luterano de 1.400.000 habitantes, que se apoya en una consolidada estabilidad política, fue tan espectacular que lo llaman el "tigre báltico".

Además de liberar los precios, retirar restricciones comerciales y eliminar la propiedad estatal casi de la noche a la mañana, el más nórdico de los helados territorios bálticos se ha situado en la vanguardia de la revolución digital. A tal punto que los esfuerzos del gobierno por garantizar el acceso irrestricto a Internet ha hecho que muchos rebautizaran al país "E-Stonia".

Pero pese a los impresionantes logros en materia económica y tecnológica, los analistas estiman que los Estados bálticos podrían tardar entre 30 y 50 años para alcanzar los niveles de vida de sus vecinos occidentales, cuyos ciudadanos perciben en promedio salarios cinco veces superiores.

Letonia

El país de los pinos y los abedules comparte con Estonia y Lituania una trágica historia común en la que los tres fueron arrasados por los dos totalitarismos del siglo XX, el soviético y el nazi. Y al igual que ellos, ve en su incorporación a la UE (que aprobó con un 67%) nuevas oportunidades de crecimiento y de reinserción en la comunidad internacional. Aunque algunos objetaron que votar sí a la UE era como votar contra la recién estrenada independencia.

A diferencia de la política de minorías estona, que apuesta por la integración de todos sus ciudadanos, en Letonia la represión soviética sólo sirvió para fortalecer el nacionalismo. Y en 1991 proclamó una polémica ley de ciudadanía que negaba la naturalización a los no letones, por la cual sólo 65.000 rusos, del medio millón que vive en este país de tradición alemana, obtuvo la nacionalidad. Además, en vísperas de su incorporación a la UE, la nación se arriesga a ser acusada de fomentar la discriminación y de violar los valores democráticos más universales.

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