Europa se prepara para una masiva inmigración por la nueva frontera

Bruselas exige controles más rigurosos
Silvia Pisani
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28 de abril de 2004  

Varsovia.- En el punto donde desde el sábado pasará el límite entre la Unión Europea y Cracovia, que es casi como decir el borde del mundo soviético, se come mondongo argentino.

Tan inconfundible como en casa, aunque aquí se lo llame, curiosamente, "flaki", es -a las claras- uno de los platos preferidos entre quienes paran en los modestos puestos al costado del camino que, rumbo al Este desde esta ciudad, lleva hacia la nueva frontera por la que intentan cruzar miles de inmigrantes ilegales, desesperados por llegar a la nueva Unión Europea.

Con ese trasfondo, el paisaje de la ruta serpenteando entre pueblos se vuelve inexorablemente triste. La realidad es que con la entrada de Polonia en el bloque, el límite que antes estaba en Alemania se desplazó hacia el Este. Y Bruselas no confía del todo en que el rigor fronterizo de los nuevos socios iguale al de los anteriores custodios.

Son 1200 kilómetros de frontera los que Polonia tiene con Ucrania, Belarús y el enclave ruso de Kaliningrado, que es otra historia. Ocho pasos fronterizos con la primera y nueve con la segunda, que Bruselas le exige que convierta en paso infranqueable para quienes no tengan sus papeles en orden.

Tanto que ya anunció un programa de 280 millones de euros para el refuerzo de puestos de control, capacitación de cuerpos de frontera y la creación de una base de datos con antecedentes criminales. "Si no somos capaces de desarrollar esa política, en tres años perderemos esas ayudas", dijo Maciej Szydlowski, del Ministerio de Interior polaco.

De modo que Polonia puso manos a la obra. Y entre las primeras medidas impuso visado a sus vecinos ucranios, lo que, por supuesto, no cayó nada bien del otro lado de la frontera.

"Que nos hagan esto a nosotros es una burla", dice Olga, una ucrania de Lvov que, como miles de sus compatriotas, vive de pasar contrabando de tabaco y alcohol por el puesto fronterizo de Shegny. Lleva en los genes el dominio soviético sobre Polonia y no soporta que las cosas se hayan dado vuelta de modo tan violento.

Pero la realidad es ésa. Y Olga viaja más de diez horas cargada como una burra para ganar 50 grivnias (casi ocho euros) por día. "Mi marido trabajaba en una oficina en Lvov, pero perdió el empleo. Tenemos dos hijos", explica.

Viaje a la riqueza

La nueva exigencia de visado adoptada por sus vecinos le significó invertir 90 euros -equivalentes a diez días de trabajo- en la obtención del documento indispensable para cruzar. Lo aprecia tanto que sólo se queda en casa si alguien le avisa que, ese día, el cruce "está difícil".

Como tantos otros de la misma cadena humana, deja su mercadería en la ciudad polaca de Prezemysl, o, llegado el caso, en la de Madika. Pero la primera de ellas tiene otro punto para escapar de la miseria: las líneas de colectivos que, por 180 euros, transportan, sin mucha pregunta, hacia "la riqueza", en un viaje de varios días con destino final en España o Portugal.

"Todos no podemos irnos", dice Olga. Del otro lado de la frontera, en su tierra, las estadísticas no son malas. Con 48 millones de habitantes y más grande que Polonia, Ucrania -que se independizó en 1991- declara que, con un paro del 4 por ciento, no tiene más desempleo que el natural. Pero la realidad parece desmentir violentamente al gobierno, que, mientras tanto, se debate -indeciso- ante los guiños de Bruselas y de Moscú.

Más al Norte, la frontera entre Polonia y Belarús tiene, según dicen algunos, sólo 89 milímetros: tal la diferencia entre las vías férreas rusas y las polacas, que, sin embargo, obliga a una aparatosa escala técnica para ajustar el tren de cada convoy que la cruza.

La Europa rica, el objetivo

En uno de esos trenes llegó Wanda a la terminal de Varsovia, donde trabaja como empleada doméstica por 6 zlotys la hora (1,50 euros). Sus planes son claros: juntar un poco más de dinero e irse hacia la Europa rica, donde el jornal es cinco veces mayor: ocho euros por hora. "Yo no pienso quedarme, sólo quiero juntar dinero para ayudar a mi familia", dice.

La paradoja es que algo muy parecido dicen los miles de polacos que, por mucho que su país tenga ya un pie en la Unión Europea, emigran hoy hacia Gran Bretaña o Irlanda en busca de un futuro que aquí no encuentran. Pero eso es otra historia.

Lo cierto es que, visto con ojos de sus vecinos del Este, el destino polaco de integrarse al club europeo aparece tan fantástico como digno de ser alcanzada. Y por eso desesperan contra las nuevas fronteras de la pobreza, saturadas de flamante alambre de púa.

Camino de regreso, el mismo puesto de mondongo/flaki desborda de polacos en su única comida del día.

Más tarde, ante una consulta de LA NACION, el embajador Carlos Passalacqua confirmó que, efectivamente, ese producto forma parte de las exportaciones argentinas hacia Polonia. "Es muy apetecido aquí; llega termoprocesado y muy bien tratado", explica, con las estadísticas frescas de la balanza comercial favorable a nuestro país.

En el puesto de comida, donde no hay más opción que ésa, ofrecen luego un vodka como digestivo. Se llama Yubruska; tiene 40% de gradación alcohólica y, a decir verdad, efectos casi mágicos. "Está hecho con la misma hierba que comen los bisontes cuando están indigestos", es la explicación que llega tarde, cuando ya no queda nada de líquido en el vaso.

Todo eso forma parte de la Polonia profunda, la que nada tiene que ver con la cosmopolita Varsovia y que, por cierto, atesora en sus bosques una de las pocas reservas de bisontes que quedan en el mundo.

La Polonia que teme casi más de lo que bendice la entrada en la Unión Europea. La Polonia interior que, sin quererlo, se acaba de convertir en custodio contra la esperanza inmigrante de otros que hoy son más pobres de lo que ella fue hasta hace poco.

Varsovia, blindada por una cumbre

  • VARSOVIA (De una enviada especial).- En pocas horas, y presa del pánico, Varsovia se desdibujó de nuevo. Tapiada, las ventanas cubiertas con gruesos paneles de aglomerado, persianas abajo, los comercios con carteles de cierre por varios días y el consejo que corre de boca en boca: "No salga a la calle, acopie comida y espere". Todo, por el temor que generan dos acontecimientos que empiezan hoy y que son consecuencia del ingreso en la UE. Por un lado, la deliberación del World Economic Forum (los mismos de la cumbre de Davos, pero dedicada a Europa del Este). Y por el otro, un "contraforo" organizado por grupos antiglobalización.
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