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Exhortación a la unidad entre todos los cristianos

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27 de marzo de 2000  

JERUSALEN (De una enviada especial).- La misa que el Papa celebró ayer en la basílica del Santo Sepulcro, para la Iglesia Católica el lugar más sagrado de la Tierra y que representó la culminación de su peregrinaje jubilar, fue tan inolvidable como su simbólico paso por el Muro de los Lamentos.

Ante la presencia de representantes de las distintas confesiones cristianas que hay en Tierra Santa, Juan Pablo II volvió a hacer alusión a la reconciliación, pero en este caso de los cristianos, al hacer un nuevo llamado a la unidad de la Iglesia.

"Aquí, en el Santo Sepulcro y el Gólgota (Calvario) -dijo en la homilía-, mientras renovamos nuestra profesión de fe en el Señor resucitado, ¿podemos dudar de que en la potencia del Espíritu de la Vida nos serán dadas las fuerzas para superar nuestras divisiones y para trabajar juntos para construir un futuro de reconciliación, unidad y paz?" El Papa llegó poco antes del mediodía a la basílica donde se cree que tuvo lugar la pasión de Cristo, así como su resurrección. Lo hizo en un vehículo de dimensiones especiales, apto para recorrer las empinadas y estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja. Antes de llegar al santuario, cuya estructura se remonta al siglo XI, período de las Cruzadas, y que se levanta sobre ruinas de la época de Constantino, el Papa recorrió unos metros de la Vía Dolorosa, el trayecto que hizo Jesús antes de ser crucificado. Su entrada fue en medio de cantos, coros y melodías solemnes, y en una atmósfera casi surrealista, a raíz de la presencia de cuatro kawas , hombres con trajes otomanos que desde la época del dominio bizantino preceden a los patriarcas, que golpeaban sobre el piso, rítmicamente, sus bastones con puños plateados.

Muy concentrado, pero con aspecto contento, el Pontífice primero se detuvo y se arrodilló frente a la Piedra de la Unción, donde según la tradición el cuerpo de Jesús fue untado con aceites fúnebres para ser preparado a la sepultura. Luego se dirigió al lugar más importante, es decir, donde se encuentra la tumba vacía del Salvador, símbolo de la Resurrección. Allí tuvo que agacharse para atravesar la pequeña puerta que da este sitio y se arrodilló, rezó varios minutos y besó dos veces la base de mármol del Sepulcro.

El lugar más indicado

Vestido con paramentos violetas -color de la Cuaresma-, el Papa celebró más tarde una misa solemne en un altar ubicado justo frente a esta entrada, decorado con flores amarillas y blancas. Y aprovechó su sermón para volver a exhortar a los cristianos a la unidad. La basílica del Santo Sepulcro era el lugar más indicado para hablar de este tema -el Papa siempre ha dicho que la separación de los cristianos es una ofensa a Dios y un pecado-, porque desde hace tiempo ha sido objeto de celos y disputas entre las confesiones que la custodian: la Iglesia latina (católicos), el Patriarcado Griego Ortodoxo y el Armenio Ortodoxo.

Ya anteayer, en el encuentro ecuménico que presidió en la sede del Patriarcado Ortodoxo de esta ciudad, Juan Pablo II abogó para que en Jerusalén, "donde casi todos los días hay tensiones y conflictos", los cristianos superen la "escandalosa imagen que ofrecen nuestras controversias". Tras la comunión, el Papa recitó el Angelus.

Su salida fue triunfal, acompañada por un mar de aplausos, así como por gestos de cariño de la gente. El Papa besó a muchos niños, como a él le gusta, y finalmente fue despedido por una multitud de fieles que, por enésima vez en este viaje, le cantó: "John Paul Two, we love you".

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