Hay que impedir el ultraje ruso

Roger Cohen
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22 de julio de 2014  

LONDRES.- A un siglo de la Primera Guerra Mundial, nadie quiere las armas de agosto.

Sin embargo, cabe preguntarse si es mejor esperar durante años las evasivas conclusiones de una investigación sobre el destino del MH17 que actuar ahora mismo sobre la base de lo que ya sabemos: que el Boeing 777 con 298 personas a bordo fue derribado por un misil disparado desde un sistema SA-11 de fabricación rusa desde la región este de Ucrania, controlada por separatistas, mercenarios rusos y agentes rusos. Un campesino ucraniano medio borracho con un rifle de 1950 no tira abajo un avión a 10.000 metros de altura.

Una "enorme cantidad de evidencia", en palabras del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, apunta a que Rusia proveyó los sistemas SA-11 y el entrenamiento para usarlos. El gobierno ucraniano tiene flagrantes grabaciones de audio e imágenes que atestiguan el delito. En junio, un avión de carga ucraniano fue derribado en la misma zona con un misil tierra-aire, con el saldo de 49 muertos. Y este mes, otro avión de carga fue impactado a menor altura. No hace falta ser ingeniero espacial para entenderlo.

Vladimir Putin ha estado jugando con fuego. Su irredentismo lo ha convertido en un héroe en Rusia. Ha hecho del mundo un lugar más peligroso.

Crimea fue el prepotente antecedente de este crimen. El derribo del MH17 se corresponde con un acto de guerra. Tal vez no deliberado, puede ser. Pero acto de guerra al fin. Los cadáveres de holandeses cayeron sobre los campos de girasol y maíz del este de Ucrania, para ser mancillados incluso después de la muerte: 193 inocentes almas deshonradas por los matones de la República Popular de Donetsk.

"Esto es un asesinato, un asesinato en masa. Las cosas por su nombre", dijo Julian Lindley-French, un analista de defensa que vive en la pequeña aldea holandesa de Alphen. "Acá, la consternación se esta volviendo furia y esa furia va a hacerse sentir en las próximas semanas. Éste es el comienzo de un período torturante para Holanda."

La respuesta holandesa ha sido de una puntillosa deferencia para con Moscú. En cuanto a la Unión Europea, la respuesta fue casi inexistente. Cuando las crisis se presentan, Europa se desvanece como un fantasma que se hace humo. Occidente se ha convertido en una noción vacía. Los holandeses tienen muchos negocios con Rusia. Europa deriva en una especie de burbuja de cuasi pacifismo. Mejor dejarse patotear que ser belicoso. Nadie quiere las armas de agosto.

"La pronta recuperación de los restos de las víctimas es ahora imprescindible y nuestra principal prioridad", dijo el primer ministro holandés, Mark Rutte. También llamó a Putin para expresarle su indignación. Y eso fue prácticamente todo.

Los cuerpos se pudrieron al sol durante días. Están almacenados en bolsas plásticas en vagones refrigerados de una estación de tren infestada de moscas. La caja negra del avión se ha convertido en moneda de cambio. Salgamos a saquear. ¡Vía libre y gratis para todo el mundo! Los equipos oficiales de investigación están bloqueados en el perímetro. Putin arropa su verseo inverosímil en espantosos formulismos oficiales. Su verosímil negación es absolutamente inverosímil.

El escritor holandés Sidney Vollmer le dirigió una áspera carta a Rutte en la que le agradece por preservar la superioridad moral de los holandeses, por no precipitarse "ante un puñado de cadáveres putrefactos", mientras "sus billeteras y sus iPhones van camino a Moscú". De todas formas, los cadáveres "se desvanecerán en el humo de la guerra" y además, como todos saben, "necesitamos a Gazprom".

La pasividad holandesa tiene nombre: se llama síndrome de Srebrenica. Y es un síndrome que ya está afectando a toda Europa.

Este asesinato en masa es un ultraje que no debe permitirse. La reducción del presupuesto militar ha llevado a las fuerzas especiales holandesas a la insignificancia. Rusia vetaría cualquier resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que autorice el uso de la fuerza por tiempo limitado para recuperar los cadáveres y evidencias. Pero Ucrania, en cuyo territorio yacen los restos y los cadáveres, daría su consentimiento. Los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda y Australia deberían dar un ultimátum con la amenaza creíble del uso de la fuerza para exigir el acceso sin restricciones al lugar del hecho. A la Rusia de Putin debería retirársele la organización de la Copa del Mundo de la FIFA 2018. Como prioridad, Occidente debería hacer del ejército ucraniano una fuerza creíble.

Nada de eso ocurrirá. Europa es débil. Los Estados Unidos de Barack Obama son de atrincherarse, no de resolver. A Putin hay que aplacarlo. Nadie denuncia su farsa. Los "Putin-pacifistas" tienen muchos argumentos. Enviar fuerzas a Ucrania confirmaría el argumento ruso de que Occidente tiene planes para ese país. Además, ¿quién quiere una Tercera Guerra Mundial?

La autoformada República Popular de Donetsk mira a Mark Rutte con suficiencia. Los letales campos de amapolas de 1914 han dejado paso a los letales campos de girasol de 2014. Las flores holandesas dan la vuelta al mundo: siguen siendo un próspero negocio.

Una lectora, Katherine Holden, me envió un poema llamado "El florecimiento de la muerte", que dice así: "Hojas de terciopelo y ramas duras son la tumba transitoria de hijos madres amantes médicos maestros padres alumnos artistas hermanos, caídos del cielo ensombrecido. Lluvia alimentada con carne".

Todo el mundo quiere un agosto soleado. Las vacaciones mandan. Nadie quiere armas, y al diablo con las armas más grandes que traería el apaciguamiento.

Traducción de Jaime Arrambide

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