Imponentes, pero de dudosa eficacia

Por Narciso Binayán Carmona
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24 de junio de 2002  

Impactantes son, sobre eso no cabe duda. Que sean, al mismo tiempo, eficaces, es mucho más discutible. El muro con que Ariel Sharon se propone cercar Cisjordania a lo largo de 364 kilómetros, a semejanza del que existe ya en Gaza, admite esa duda. Precedentes hay muchos y es imposible formar un juicio definitivo. A veces han sido útiles por algún tiempo, otras han servido de poco o nada, en ocasiones han tenido un éxito mediocre.

Que en esto es China la maestra y que la Gran Muralla "permanece como la más asombrosa de las empresas humanas" es indiscutible.

Cuando el emperador Shi Huang-ti (221-210) mandó construirla, tuvo el apoyo de las precedentes que habían cerrado todo o parte de las fronteras militares de los Estados feudales anteriores. Pese a ello, hizo trabajar allí a 300.000 hombres en condiciones lamentables y hasta hoy sigue en pie a lo largo de miles de kilómetros desde el paso de Shangaiguang, sobre el mar, hasta el de Jiuyuguan, en el Gobi.

Sin embargo, desde el siglo VI hasta el XIV fue poco efectiva y el cruce por las tropas mongolas de Gengis Khan ha quedado, a un costo de muchos millones de vidas, como testimonio que no admite discusión. Pero así y todo, los emperadores Ming, que expulsaron a los mongoles, la tomaron bastante en serio como para repararla porque, pese a todo, fue una barrera. También engañó a occidentales ingenuos que creían, desde Europa, que China debía ser un país pequeño, puesto que lo rodeaba una pared (sic).

El vallum y la zanja de Alsina

En Occidente, parte del muro que el emperador Adriano (117-138) mandó construir cortando la Inglaterra actual de mar a mar, de Newcastle a Carlisle, está aún en pie. De veinte castillos y más de cien fortines que lo guarecían quedan aún, al menos, los de Vercevicium y Vindolanda.

También tenemos el vallum que separaba el territorio imperial de las tribus germanas o, en América, la muralla que cerró el reino del gran Chimú, en el norte del Perú. Y más cerca en el tiempo, el que dividió Berlín.

El régimen nazi rodeó los guetos creados en 1940 con altos muros, como en Varsovia, que a veces fueron de estilo seudomorisco, como en Cracovia, o se combinaron con tablas clavadas en la parte exterior, como en Vilnius. Pasarlos fue siempre posible por debajo, por túneles o por agujeros aflojando ladrillos o, en Varsovia, en el edificio de los Tribunales, que en sus comienzos fue de acceso libre por el lado "ario" y por el judío.

En la Argentina, el ministro de Guerra y Marina Adolfo Alsina, planteó en 1875 cerrar la frontera aborigen con una zanja con parapeto o con un fuerte alambrado o con una cadena sobre postes de hierro. Se le hicieron multitud de objeciones, pero señaló que sólo quería un recurso auxiliar que "contuviese la celeridad de los malones". La respuesta indígena fue contundente: un gran ataque, en que se llevaron enormes rebaños de Olavarría y Nueve de Julio.

Uno de los críticos más fuertes fue Roca: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja de hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil y en la infancia: atajar con murallas a sus enemigos. Así pensaron los chinos y no se libraron por cierto de ser conquistados por un puñado de tártaros". (1877).

Y volviendo a hoy, a la guerra palestino-israelí y a la lejanísima paz, puede tenerse en cuenta el consejo que el último rey judío en Palestina misma, Agripa II (50-92), dio a los que se preparaban para la rebelión contra Roma, que trajo la desaparición del templo y la ruina de Jerusalén: "Si vais a la guerra, todos éstos serán masacrados por vuestros adversarios, y la locura de un puñado de hombres hará que la sangre judía inunde todas las ciudades". Lo cuenta su contemporáneo el historiador Josefo, hace algo más de 1900 años.

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