Insinuar que no hay de qué preocuparse, un grave error

Jay Stanley
Ben Wizner
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8 de junio de 2013  

WASHINGTON.-Luego de las sorprendentes revelaciones del diario británico The Guardian, según las cuales la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) monitorea los registros telefónicos de millones de estadounidenses, los defensores de este programa de vigilancia insisten en que la agencia de inteligencia no está escuchando en secreto las llamadas: sólo está recolectando metadatos. El subtexto es que las quejas de los defensores de las libertades civiles sobre una suerte de vigilancia orwelliana son exageradas.

Pero insinuar que los norteamericanos no tienen nada de qué preocuparse es un grave error. Aunque la NSA no intercepta el contenido de las comunicaciones, el gobierno puede usar esos metadatos para conocer los secretos más íntimos de los norteamericanos, desde quién tiene un problema con la bebida hasta si uno es gay o heterosexual. Sugerir que "no es para tanto", una opinión que lamentablemente refleja la ley, está totalmente desfasada con la realidad de las telecomunicaciones modernas.

¿Entonces qué son exactamente los metadatos? Dicho de manera simple, si los "datos" de una comunicación son los contenidos de un e-mailo una llamada telefónica, los metadatos son la información sobre esos datos: la identidad del emisor y del receptor, fecha y hora, duración y ubicación de una comunicación.

Se trata de información que puede ser extremadamente sensible. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts de hace unos años descubrió que incluso el relevamiento de los contactos de las personas en las redes sociales es suficiente para determinar su orientación sexual. No hay que olvidar que los metadatos de un intercambio de e-mailspermitieron identificar a la amante del entonces director de la CIA, David Petraeus, y hacerlo perder su puesto.

El "quién", el "cuándo" y el "cada cuánto" de las comunicaciones suele ser más revelador que lo que se dice o escribe. Las llamadas habituales a alcohólicos anónimos, líneas de sexo telefónico para gays adolescentes, clínicas de abortos o levantadores de apuestas bien podrían revelar todo lo que hay que saber sobre los problemas de una persona.

Si se supiera que un político llama repetidamente a una línea de sexo telefónico después de las 2 de la mañana, no haría falta saber el contenido de la conversación para sacar conclusiones. Para colmo, las sofisticadas tecnologías de extracción de datos agravan las implicancias que tiene para la vida privada, ya que permiten que el gobierno analice terabytes de metadatos y exponga detalles de la vida de una persona que hasta ahora eran inaccesibles.

Con el avance tecnológico, la diferencia entre datos y metadatos se vuelve casi indistinguible. Si el contenido de un sitio web son datos, ¿la dirección del sitio es un metadato? El gobierno argumenta que sí.

Pero, al igual que la lista de libros que pedimos prestados en una biblioteca, los sitios online que "visitamos" son una verdadera lista de lo que hemos leído. Las direcciones URL no sólo suelen incluir contenidos, sino que el mero hecho de haber visitado una página cuya dirección es "www.webmd.com/depresión" puede ser tanto o más revelador que el contenido de un e-mail.

Por eso los agentes de la ley y los servicios de inteligencia siempre apreciaron tanto el valor de los metadatos, y la anacrónica noción de que vigilar los metadatos es mucho menos invasivo que las escuchas telefónicas hizo posible que esas agencias hagan uso de poderosas herramientas de vigilancia con poca supervisión judicial.

Y pueden hacerlo porque hace décadas, mucho antes de que Internet modificara todos los aspectos de las comunicaciones modernas, la Suprema Corte dictaminó que cuando se divulga voluntariamente información personal a terceros se resigna el derecho a la privacidad, y esa información pierde la protección que le brinda la Cuarta Enmienda.

Esa decisión tendría sentido, por ejemplo, si se refiriere a por qué no es razonable esperar que algo siga siendo privado cuando lo vociferamos a los cuatro vientos en un bar. Pero la Corte amplió esa lógica a las llamadas telefónicas. El argumento fue que en tanto "compartimos" los números que marcamos con la empresa telefónica no se puede reclamar ninguna protección constitucional cuando el gobierno pide esos datos.

Es hora de que el Congreso actualice las leyes sobre la privacidad y la vigilancia, para asegurarse de que antes de que el gobierno pueda meterse a excavar en nuestras vidas digitales se ocupe de demostrar ante un juez que tiene buenas razones para creer que hemos hecho algo malo.

Traducción de Jaime de Arrambide

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