Israel, ante el dilema de aceptar el mejor acuerdo posible

Roger Cohen
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26 de noviembre de 2013  

NUEVA YORK.- La era de la enemistad traumática terminó. Estados Unidos e Irán se embarcaron en una nueva etapa de sus relaciones, una etapa marcada por las negociaciones bilaterales, las manos extendidas, las sonrisas, las banderas flameando juntas y varias concesiones relevantes, entre ellas, la aceptación de la Casa Blanca de que cualquier acuerdo a largo plazo con Teherán incluya "un programa de enriquecimiento de uranio definido conjuntamente" y el compromiso iraní "de no procurarse o buscar desarrollar, bajo ninguna circunstancia, ningún tipo de arma nuclear".

El acuerdo provisorio de seis meses entre las superpotencias e Irán, renovable por seis meses a la espera de un acuerdo pleno (por un período a definir), congela el programa nuclear de Irán a apenas un paso, tecnológicamente, del uso militar. Pero el acuerdo implica un salto adelante en las relaciones entre Washington y Teherán, y tiene el potencial, por lo tanto, de redibujar el mapa estratégico de Medio Oriente.

Eso explica el exagerado rechazo de Israel, su insistencia en que un acuerdo que evite la escalada de la tensión hace que la región sea más peligrosa. Israel es la potencia de la región que por excelencia defiende el statu quo, porque el statu quo es el cimiento de su predominio basado en armas nucleares. Cualquier cambio les resulta sospechoso, incluyendo los levantamientos populares contra el despotismo en los países árabes. Y en ese sentido el acuerdo norteamericano-iraní implica un gran cambio, casi tan grande como lo sería un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos.

Así como Estados Unidos tuvo que adaptarse a un mundo en el que su poder no tiene parangón pero ya no es determinante, Israel tendrá que hacer lo mismo. Conducida por líderes esclarecidos, esa adaptación podría fortalecer al Estado judío, dándole seguridad a esa nación a través de la integración regional, y no de la dominación de sus vecinos. Pero, por ahora, Israel todavía está lejos de pensar así. El único prisma por el que ven las cosas es el militar. Fue importante que Obama haya dejado en claro sus intenciones con este tratado, ya que podría hacer que Israel deba repensar su estrategia. (Alarmado como ya está por su aislamiento, es improbable que Israel se embarque en una campaña militar estilo Sansón contra Irán.)

Quiero ser claro. Éste es el mejor acuerdo posible. Nada, ni un bombardeo continuo y sostenido de las fuerzas israelíes, puede revertir el conocimiento nuclear que Irán ya posee. El objetivo debe ser cercar la capacidad que ya adquirieron para que sólo pueda usarse para la paz.

El acuerdo acerca a Irán al resto del mundo, que es donde la vasta mayoría de su joven población quiere vivir y donde Occidente quiere que ese país esté, porque el diálogo alienta la moderación y el aislamiento fomenta el extremismo. Como dijo Obama, "sólo la diplomacia puede traer una solución durable al desafío que plantea el programa nuclear de Irán".

La divergencia estratégica entre Estados Unidos e Israel no es meramente táctica. El admirable John Kerry, cuyo compromiso con esta empresa diplomática ha sido ejemplar, no fue totalmente honesto respecto de este punto. Estados Unidos ha reconocido que cualquier acuerdo duradero debe concederle a Irán un programa de enriquecimiento limitado de uranio. Al referirse a un eventual pacto a largo plazo, el actual acuerdo menciona que el programa nuclear iraní "será considerado como si se tratase del de cualquier Estado no nuclear miembro del Tratado de No Proliferación Nuclear", lo que coloca de esa manera a Irán en la misma categoría de Japón o Alemania, países signatarios del tratado que llevan adelante programas de enriquecimiento. Israel, por el contrario, pretende que Irán no pueda enriquecer uranio, con un desmantelamiento nuclear como el aplicado en Libia.

Estados Unidos está preparado para aceptar una República Islámica plenamente reintegrada al concierto de las naciones, con iguales derechos. Pero para eso falta mucho. Irán no logrará sacudirse de un día para el otro las sospechas que despiertan sus acciones y las (a veces) deplorables palabras que profiere. Y está bien que así sea. Pero Obama y Kerry están dispuestos a ocuparse de la rehabilitación internacional de Irán. No es el caso de Benjamin Netanyahu, que quiere que Irán no levante cabeza.

La diplomacia implica hacer concesiones, con los riesgos inherentes. Irán estará a prueba y nadie sabe el resultado. Las cosas podrían desmadrarse, pero por lo menos hay esperanza. Tal vez sea eso lo que a Netanyahu le resulta más amenazante. Nunca estuvo dispuesto a darles una chance seria a los palestinos: poner a prueba su buena fe, probar terminar con las humillaciones de la ocupación, probar la fuerza que tienen la justicia y la paz. Netanyahu siempre prefirió la dominación.

Obama y Kerry están invitando a Netanyahu a pensar nuevamente las cosas, y no sólo respecto de Irán. Y a juzgar por la hiperventilada respuesta de Israel, parece que nada les resulta más desconcertante. Y nada es más necesario. Unas pobres referencias a lo ocurrido en 1938 constituyen un pobre modelo para el Israel del siglo XXI.

Traducción de Jaime Arrambide

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