El silencioso juez que hace temblar a la monarquía española

Provocó una tormenta política en España al imputar a la infanta Cristina
Martín Rodríguez Yebra
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10 de enero de 2014  

MADRID.- Tiene hasta el nombre de un tipo común: José Castro. A los 67 años, este hombre con fama de parco, que suele ir a trabajar en bicicleta, vestido de sport y con los anteojos colgados al cuello, acaba de asestarle el golpe más doloroso a la monarquía española en los 40 años que lleva Juan Carlos I al frente del Estado.

El Día de Reyes -feriado en España- Castro llegó, sigiloso, a su despacho de los tribunales de Palma de Mallorca con un pendrive en el bolsillo. Abrió un archivo de 227 páginas, lo imprimió y dejó firmado el texto que al difundirse, la mañana siguiente, desataría un terremoto político: el auto de imputación de la infanta Cristina por lavado de dinero y evasión fiscal, en relación con los negocios sucios de su esposo, Iñaki Urdangarin.

Era el momento más dramático en la carrera de este juez de provincias a punto de jubilarse. Pasó tres años reconstruyendo la trama del Instituto Nóos, la falsa ONG con la que Urdangarin firmó contratos millonarios con el gobierno de las islas Baleares. Le faltaba dar un paso más. "No iba a pasar a la historia como el juez que no se animó a imputar a la hija del rey", le dijo a un allegado.

Soportó presiones políticas veladas y explícitas, recolectó pruebas durante nueve meses y al final alumbró la decisión de citar a Cristina. Quiere que explique su participación en Aizoon, una empresa sin actividad aparente hacia la que Urdangarin desvío parte del dinero público que obtenía con el Instituto Nóos.

Desde que destapó el caso y sentó en el banquillo de los acusados al yerno del rey, el juez Castro se convirtió en una celebridad a pesar de sí mismo. Nació en Córdoba (Andalucía), recorrió media España en puestos judiciales menores hasta recalar en las Baleares en los años 80. Es divorciado, tiene tres hijos y vive solo.

Insomne, suele pasar las madrugadas puliendo sus escritos, a los que adorna con toques literarios. El auto sobre la infanta está plagado de ironías, como cuando describe los llamativos gastos que los duques de Palma atribuían a su sociedad mercantil como parte de la supuesta maniobra de evasión y blanqueo. "Sobre la factura del 20 de mayo de 2008 por la compra de cuatro libros de Harry Potter se habrá de coincidir en que no ofrecerá discusión quién debía abonarla", escribió.

En otros tramos se quejó por la falta de colaboración de la Agencia Tributaria del Estado y hasta sugirió que había intentado encubrir a la infanta. También le dedicó párrafos al fiscal anticorrupción Pedro Horrach, su antiguo "socio" en la investigación del caso Nóos, pero que ahora rechaza imputar a la hija del rey.

Castro y Horrach descubrieron casi por casualidad el escándalo que hace temblar a la Corona mientras indagaban en un expediente por los sobreprecios en la obra de un velódromo en Palma. Allí apareció un e-mail en el que se intuían irregularidades en contratos que el Instituto Nóos firmó con el gobierno de las Islas Baleares, para organizar eventos de promoción del deporte.

En silencio bordaron una causa que tiempo después reveló la existencia de una red de empresas fantasmas y facturación ficticia para desviar hacia los bolsillos de Urdangarin y de su socio Diego Torres los fondos públicos para "fines benéficos" que captaba Nóos.

A la infanta la citó por primera vez en abril, por tráfico de influencias, pero el tribunal de alzada revocó su decisión. Entonces se encerró a buscar pruebas de posibles delitos fiscales y, en contra de todos los actores del caso, decidió imputarla por lavado y evasión, delitos mucho más graves.

Sus detractores lo acusan de ser "un Robin Hood judicial", populista, en busca de castigar a los poderosos en un país agobiado por la crisis económica y por la corrupción. Además, dicen que es desordenado, caprichoso, egocéntrico.

Él calla. Nunca dio una entrevista. Prefiere encerrarse en su despacho de 15 metros cuadrados, lleno de expedientes, en el que hay un escritorio, un armario y un sofá viejo. Quienes pudieron entrar notan que allí se destacan dos fotos. Una de Joaquín Sabina, que el cantante le envió firmada y con la inscripción "juez y parte". La otra, ironía burocrática, un cuadro oficial del rey Juan Carlos.

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