Juan Pablo II, gran amigo del pueblo judío

Por Vicente Espeche Gil Especial para La Nación
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27 de marzo de 2000  

Con el calificativo de "gran amigo del pueblo judío y del Estado de Israel", se refirió Shmuel Hadas, primer embajador israelí ante la Santa Sede, al papa Juan Pablo II, durante su actual visita a la Tierra Santa.

Muchos israelíes consideran que ésta es la visita más trascendente que recibió el Estado de Israel en sus 52 años de vida. Para la mayoría, según los más recientes sondeos de opinión, se trata de una figura bienvenida, a la que se admira y cuya presencia es asociada con la paz. Todos quedaron profundamente impresionados por su personalidad, en la que su fuerza interior es más poderosa que sus achaques físicos.

Como puede verse, se trata de aspectos adicionales del perfil del Papa, respecto de los que tal vez más nos llaman la atención al común de los argentinos. En efecto, nosotros vemos al Papa como a un padre, un pastor, un hombre de Dios. La peregrinación que el Santo Padre desarrolló aquí, siguiendo los pasos de Jesús, es vista entonces en forma distinta a los ojos de los judíos, de los musulmanes y de los cristianos.

Consciente de esta triple lectura, el Papa parece haber querido que sus palabras, sus gestos y sus desplazamientos se desarrollaran de manera tal que, al privilegiar el carácter esencialmente religioso de su viaje, se atendieran en forma equilibrada las distintas sensibilidades en juego. Todo ello, sin ceder ante los intentos por instrumentar políticamente sus movimientos y sus expresiones.

Por lo pronto, cabe reconocer que esta visita única tiene su lugar en un espacio público y abierto: desde la plaza de Belén hasta la colina del Sermón de la Montaña en Galilea, y no sólo dentro de los templos de Nazaret o Jerusalén, donde a veces en muchas partes se quiere recluir a la religión. El empleo que el Santo Padre hace de ese espacio público está destinado a la promoción de los valores religiosos y civiles. Ambos contribuyen a la edificación de la persona y a la construcción de la sociedad: desde la libertad hacia la paz, con una justicia que alcance a todos. "La paz interesa a todos los pueblos de la región, no solamente a Israel", dijo.

La personalidad del Papa está al servicio de aquellos valores. No lo hace como un caudillo personalista, sino como quien encarna una tradición espiritual bimilenaria, representa legítimamente al vasto cuerpo eclesial y asume una misión que lo trasciende. Lejos de predisponer los ánimos a las múltiples y cruzadas reivindicaciones que ahondan la división, Juan Pablo II hizo preceder su peregrinación con una notable invitación a que las personas y los pueblos, en este año jubilar, hagan uso de la memoria para reconciliarse entre sí.

Los límites que frenan la expansión del diálogo, particularmente entre judíos y musulmanes, no han sido óbice para que éste fuera propuesto paciente e insistentemente por el Papa.

La visita de Juan Pablo II marcó un antes y un después. Aun quienes se profesan agnósticos quedaron admirados por su testimonio y por su enérgica prédica en favor de la dignidad de toda persona. En este sentido, las imágenes y las palabras pronunciadas por el Papa en el Museo Yad Vashem, de Jerusalén, se grabarán con fuerza en el recuerdo de los israelíes, así como entre los palestinos la visita que hizo al campo de refugiados en Belén.

Cargado de sentidos

Por ello, la visita no fue histórica simplemente porque ocurrió o porque fue la primera, sino porque el Papa quiso hacer de ella un acontecimiento cargado de sentidos. Juan Pablo II rezó por una renovación de la fe de todos los hijos de la Iglesia en el espíritu de las bienaventuranzas, abogó en defensa de la familia contra las amenazas a su naturaleza, su estabilidad y su misión; promovió y llevó a cabo el diálogo interconfesional, defendió la vida y la vigencia de los derechos de todo ser humano y predicó la paz y sus exigencias de justicia.

Por último, ha sido emocionante ver que en el mar de colores que ondeaba entre las multitudes en Belén y en Korazim flamearan también banderas argentinas, desplegadas por cientos de jóvenes y entusiastas peregrinos provenientes de nuestro país, tanto como por religiosos argentinos que cooperan en forma regular con la pastoral de la Iglesia en Medio Oriente.

Esas banderas nos hicieron ver, desde la distancia, que la misión del Papa en la Tierra Santa significaba también un mensaje de respeto, comprensión, diálogo y amistad para los creyentes de las distintas familias religiosas en la Argentina.

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