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Juan Pablo II: Jerusalén debe ser un símbolo de la paz

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30 de marzo de 2000  

ROMA (De nuestra corresponsal).- Como siempre ocurre luego de sus viajes, el Papa recordó ayer, en la audiencia general de los miércoles, las emociones y la alegría que vivió durante su trascendente peregrinaje jubilar a Tierra Santa, al que definió como "una experiencia inolvidable".

En la Plaza de San Pedro y ante una multitud de 60.000 fieles, Juan Pablo II recordó cada una de las etapas del viaje que siempre quiso hacer, y que se convirtió en el más importante de su Pontificado. "Es inexpresable la alegría y el reconocimiento que llevo en el alma por este don del Señor, por mí tan deseado", dijo.

Tras agradecer a las autoridades jordanas, israelíes y palestinas, que lo recibieron por el buen resultado del peregrinaje que terminó el domingo último, el Pontífice habló de su visita al Monte Nebo, el sitio desde el cual Moisés contempló la Tierra Prometida, en Jordania, a Belén, ciudad bajo autoridad palestina "donde con emoción me arrodillé en la Gruta de la Natividad, donde sentí espiritualmente presente a toda la Iglesia y a todos los pobres del mundo", así como de su paso por el campo de refugiados palestinos cercano a esta ciudad, cuna del Salvador. Al aludir a los tres millones de prófugos palestinos, el Papa llamó a que "el empeño de todos pueda conducir finalmente a la solución de este doloroso problema".

En el Santo Sepulcro

Tras contar que "el recuerdo de Jerusalén es indeleble en mi alma", el Papa recordó que celebró la eucaristía en el Cenáculo, donde nació el sacerdocio cristiano, que oró en la huerta del Getsemani, donde Jesús rezó al Padre antes de ser crucificado y, en modo especial, su paso por la Iglesia del Santo Sepulcro, el lugar de la pasión y resurrección de Cristo, el domingo último. "Ese fue el momento en el cual mi peregrinaje alcanzó su cúlmine", dijo. "Por eso sentí la necesidad de volver a rezar una vez más a la tarde en el Calvario", agregó, al aludir a su sorpresivo regreso al sitio más sagrado del cristianismo, que descolocó a los agentes de seguridad israelíes.

No evitó el espinoso tema del status de Jerusalén, ciudad sagrada para cristianos, judíos y musulmanes, que Israel considera su capital "única e indivisible", y que los palestinos también reivindican como su capital. "Pese a las dificultades, Jerusalén está llamada a convertirse en el símbolo de la paz para los que creen en el Dios de Abraham y se someten a su ley. Puedan los hombres acelerar el cumplimiento de este diseño", exhortó.También recordó su misa en Galilea ante 100.000 jóvenes, el encuentro ecuménico, su reunión con los representantes de las otras dos religiones monoteístas, así como su trascendente visita a Yad Vashem, memorial del Holocausto israelí, donde rindió un emotivo homenaje a los millones de víctimas judías del nazismo.

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