Kabul vive un lento despertar de la pesadilla talibana

Los negocios vuelven a funcionar
Los negocios vuelven a funcionar
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29 de enero de 2002  

KABUL.- Flowers Street. Así se llama la calle del centro de Kabul donde comienzan a notarse las primeras señales de renacimiento después de la noche oscura de los talibanes.

El Beauty Parlor Rockshsor, un salón de belleza que acaba de abrir sus puertas, es el mejor ejemplo. En su vidriera llena de flores de plástico y ruleros, Abdul, pinceles en mano, está dibujando la cara de una mujer con rouge y sin velo. Muy prolijamente, también escribe en árabe "rockshsor", que en dari, la lengua que se usa aquí, significa "rostro".

Cosas impensables hace dos meses, cuando cualquier imagen era un pecado para los "estudiantes" del Corán, y justamente el rostro era lo que las mujeres debían obligatoriamente esconder debajo de la burka para no ser castigadas por la policía del temible Ministerio de la Promoción de la Virtud y Prevención de los Vicios.

Según su interpretación integralista y retrógrada del islam, las mujeres no debían llamar la atención, no podían salir solas, no podían trabajar, no podían estudiar, usar vestidos a la moda ni estar maquilladas.

En el interior de la pequeña peluquería hay olor a nuevo. Las paredes acaban de ser pintadas de color verde claro, en el suelo hay dos alfombras recién compradas y en los estantes hay sprays varios, acondicionadores y champú chino.

Karima, la dueña de la flamante peluquería, cubierta con un pañuelo negro que deja salir un flequillo con brushing impecable, no oculta su entusiasmo. Cuenta que alquiló el local de Flowers Street por 50 dólares al mes del colapso del régimen del mullah Omar. Flowers Street es un lugar seguramente privilegiado de esta ciudad semidestruida tras 23 años de guerra.

Con diploma de la escuela de cosmetología y peluquería, Karima es una entre los cientos de mujeres de esta capital que, pese a la prohibición de trabajar de los talibanes, siguió haciéndolo, pero clandestinamente. "Yo maquillo, corto el pelo, soy estetista, muy conocida en Kabul, así que la gente venía a mi casa. Por supuesto, tenía muchísimo miedo porque todo era en secreto, ilegal y muy peligroso... Si los talibanes se enteraban de mi trabajo, era el fin", recuerda. A todas las clientes que en secreto llegaban a su salón de belleza ilegal, después de pintarlas y arreglarlas, Karima les entregaba una servilleta: así, el maquillaje no se arruinaba al ponerse la burka para salir.

Pese a la clandestinidad, en la era de los talibanes su negocio funcionó muy bien. "Tenía muchísimo trabajo y ganaba entre 40 y 50 dólares por día: los precios habían subido mucho porque los talibanes habían prohibido todos los elementos de belleza... sin contar que mis riesgos eran muy elevados", dice.

Con 27 años, casada y con tres hijos, aunque la pesadilla terminó Karima sigue poniéndose, como el 98 por ciento de las mujeres de Kabul, la burka para salir a la calle. ¿Por qué? "Lo hago voluntariamente. Después de 6 años de imposición, usar la burka se convirtió en un hábito y ahora prefiero esperar. Quizás en un año o en seis meses, cuando más mujeres decidan dejar de usarla, yo también lo haré", explica.

El recorrido por Flowers Street, que se llama así porque hay varias tiendas que venden flores falsas (aquí no llueve desde hace cuatro años), continúa entre el aroma del exquisito pan afgano recién horneado.

Mientras mirando hacia el cielo saltan a la vista algunos barriletes, un inocente juguete también prohibido por los talibanes, como la música, la TV y el cine, otro negocio confirma que en Kabul las cosas han empezado a cambiar. Se trata de la disquería Sohel, donde Najibullah, su joven dueño, está arreglando la mercadería recién llegada en un camión desde Paquistán: videocassettes, televisores Sonny (extraña marca) y hasta DVD.

Los productos importados

Al lado, en el almacén de Mohammed Yor, es impactante la cantidad de productos importados en venta: entre otras cosas, hay té Twinings, chocolates Cadbury´s, quesitos franceses, manteca danesa Lurpak y Toblerone. "Antes no podíamos importar nada, pero desde hace un mes traemos cosas de Dubai, Irán, Paquistán y Alemania", explica Mohammed. "Con los talibanes los negocios iban de mal en peor, mientras que ahora las cosas están yendo bien, y en los próximos meses irán todavía mejor", dice Mohammed, optimista, al destacar, riéndose, "que antes tenía una barba larguísima".

En Chicken Street, otra calle exclusiva de Kabul -donde tiempo atrás se vendían pollos y ahora alfombras, antigüedades y artesanías-, en Sheerzad, una tienda de lindísimos artículos de cuero (muy parecidos a los que se encuentran por la calle Florida para los turistas), encontramos a Ahmed, el único comerciante que, de algún modo, "extraña" a los talibanes.

"Ellos eran mis mejores clientes. Me compraban al por mayor esto", cuenta, mostrando un rebenque. "Lo usaban para pegar, a hombres y a mujeres, sin distinciones", agrega. En los casi seis años de dictadura religiosa, Ahmed vendió más de 2000 rebenques a los seguidores del mullah Omar, a 25 dólares cada uno. "Ahora se los vendo a las televisiones norteamericanas", confiesa, confirmando que en Kabul los tiempos están cambiando.

El periodista amenazado

Las dramáticas imágenes recorrieron ayer el mundo. El periodista Daniel Pearl, de The Wall Street Journal, con un arma apuntándole a la cabeza, esposado y sosteniendo un diario de Islamabad. Son cuatro fotografías que recibieron medios paquistaníes y norteamericanos por e-mail. Sus secuestradores, del supuesto Movimiento Nacional para el Renacimiento de la Soberanía Paquistaní, acusan a Pearl de ser agente de la CIA y piden la repatriación de los combatientes de Al-Qaeda detenidos en la base de Guantánamo, en Cuba.

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