La agenda reformista alcanza a la diplomacia vaticana

Gavin Jones
James Mackenzie
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18 de mayo de 2015  

ROMA.- Las duras críticas del papa Francisco a la globalización y la desigualdad lo mostraron hace largo tiempo como un líder que no teme mezclar la teología y la política. Ahora también está mostrando el poder diplomático del Vaticano.

El año pasado, el Santo Padre ayudó a mediar un acuerdo histórico entre Cuba y Estados Unidos después de medio siglo de hostilidades.

Esta semana, su despacho anunció el primer acuerdo formal entre el Vaticano y el Estado de Palestina, un tratado que da un peso legal al reconocimiento de la Santa Sede al Estado palestino de facto, a pesar de la molestia de Israel.

Francisco crispó los ánimos el mes pasado en Turquía al llamar "genocidio" a la masacre de 1,5 millones de armenios a comienzos del siglo XX, un hecho que Ankara niega sistemáticamente en los foros internacionales.

Luego del introvertido pontificado de su predecesor, el papa Benedicto XVI, Francisco ha vuelto de alguna manera a la diplomacia activa del Vaticano que practicaba el trotamundos papa Juan Pablo II, cuya contribución al fin de la Guerra Fría y al colapso del comunismo es reconocida por muchos.

Gran parte del esfuerzo del papa argentino se ha concentrado en mejorar las relaciones entre los diferentes credos y proteger a los cristianos perseguidos en Medio Oriente, una prioridad de la Iglesia Católica que ha tomado impulso en los últimos meses ante el avance de la brutalidad de Estado Islámico.

Su diplomacia, sin embargo, está menos alineada con un bando que la vista durante los 27 años de pontificado de Juan Pablo II, en un mundo cada vez más fracturado geopolíticamente donde no hay dos bloques claros en disputa.

Esto se ve reforzado porque se trata del primer papa latinoamericano del mundo, una región cuya turbulenta historia, extendida pobreza y una relación de amor y odio con Estados Unidos le han dado antecedentes políticos totalmente diferentes de los de cualquiera de sus predecesores europeos.

"Bajo este papa, la política exterior del Vaticano mira hacia el Sur", dijo Massimo Franco, un reconocido analista político italiano y autor de varios libros sobre la Santa Sede.

Franco dijo que el Santo Padre ha sido cuidadoso de apoyar a un bando en temas como Ucrania, donde nunca ha definido a Rusia como un agresor, pero siempre se ha referido al conflicto entre el gobierno y los rebeldes respaldados por Moscú como una guerra civil.

Ese enfoque busca garantizar que Francisco mantenga su credibilidad en países como Siria, Rusia o Cuba, todas naciones en las que el Sumo Pontífice siente que puede ayudar a los cristianos locales de mejor manera al mantener un rumbo independiente.

Francisco ha iniciado una serie de reformas dentro de la compleja burocracia vaticana después de una serie de escándalos financieros y de las denuncias de abusos sexuales de sacerdotes a menores de edad que datan de décadas.

Pero profundamente comprometido con el mundo más allá de los muros del Vaticano, el Papa se muestra determinado a usar su posición y la enorme audiencia global que comanda para desafiar delicadas y arraigadas posturas diplomáticas.

"Es un hombre capaz de rezar en la mezquita azul de Estambul y luego referirse al genocidio armenio. Es alguien que no está atado a la corrección política -dijo el ex canciller italiano Franco Frattini-. Es la diplomacia de un verdadero líder."

Muchos católicos conservadores están descontentos con la atención que el Papa ha puesto en asuntos como la injusticia económica y su tono relativamente tolerante con temas sociales sensibles como la homosexualidad y el estatus de las personas divorciadas, por lo que posturas marcadas en temas diplomáticos delicados podrían provocar más división en la Iglesia Católica.

En ese punto, Jorge Bergoglio enfrentará una prueba en septiembre, durante su próxima visita a Estados Unidos, donde algunos católicos conservadores del país son abiertamente hostiles a su pontificado, que comenzó en marzo de 2013 tras la renuncia al trono de Pedro del alemán Joseph Ratzinger.

Después de ayudar a propiciar el acuerdo del año pasado para restaurar las relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington, Francisco recibió críticas de varios conservadores norteamericanos, incluido el senador Marco Rubio, un candidato a la nominación presidencial del Partido Republicano.

Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y un católico practicante, evitó exhortar directamente al papa Francisco, pero dijo que el Santo Padre debería "asumir la causa de la libertad y la democracia" en Cuba.

Ese tipo de críticas veladas de un político que normalmente sería considerado un férreo aliado de la Iglesia Católica refleja la incomodidad que algunos católicos sienten con el cambio que Francisco ha introducido en una de las instituciones más conservadoras del mundo.

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