La amenaza no es Grecia, es Rusia

Moisés Naím
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13 de julio de 2015  

WASHINGTON.- Las decisiones que se tomen en Atenas van a afectar a Europa. Pero no tanto como las que se tomarán en Moscú. El gobierno de Vladimir Putin tiene los recursos, las armas y los incentivos para desestabilizar a Europa -y más allá-.

Las malas relaciones entre Europa y Rusia aún no han llegado al nivel de crisis que existe con Grecia, pero de continuar las tendencias actuales los conflictos con Rusia harán palidecer a la actual crisis griega. Entre otras cosas porque las fricciones con Grecia son esencialmente económicas, mientras que los problemas con Rusia emanan de profundas diferencias con respecto al significado y el valor de la democracia.

Según Strobe Talbott, un respetado experto, "Putin ha dañado la economía de Rusia, disminuyó su influencia internacional, contuvo su modernización, transformó vecinos en enemigos y revitalizó a la OTAN". Serguei Ivanov no está de acuerdo. Para este ex agente de la KGB, ahora jefe de gabinete de Putin, "Estados Unidos y sus aliados son una amenaza para Rusia. Con la excusa de promover la democracia lo que realmente buscan es derrocar regímenes que no pueden controlar".

Las razones para que las fricciones continúen son muchas, pero la principal tiene que ver con la brecha en la percepción que existe entre Rusia y las democracias occidentales de las razones por las que han proliferado las protestas callejeras antigubernamentales. Putin y la élite política de su país están convencidos de que estas protestas son artificiales y parten de un endiablado y secreto plan de Estados Unidos y sus aliados europeos.

Iván Krastev, un agudo observador, notó que el temor del Kremlin a las protestas de su propia gente ha hecho que "Moscú, que una vez fue el combativo centro de la revolución comunista mundial, ahora se haya transformado en el más feroz defensor de los gobiernos cuyos ciudadanos protestan en las calles".

Según Krastev, lo que Rusia exige de las democracias occidentales es algo que ningún gobierno democrático puede prometer: que la Rusia de Putin no va a ser sacudida por las masivas protestas de una población que rechaza el modelo político y económico impuesto. Y que, de darse estas protestas, los gobiernos occidentales y los medios de comunicación las van a condenar. La premisa de esta exigencia es que estas protestas jamás podrían ocurrir de manera espontánea.

De Hong Kong a Brasil, y de Túnez a México, hay abrumadoras evidencias de que ahí el Kremlin se equivoca. Las protestas suelen ser espontáneas, no tienen una organización jerárquica y no responden a una coordinación central. En lo que Putin y su grupo no se equivocan es en temer que algún día millones de rusos hartos de ellos salgan a la calle a exigir un futuro distinto.

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