La batalla contra los medios

Gobiernos hegemónicos de América latina presionan a la prensa independiente
Natalio Botana
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31 de mayo de 2009  

Los países latinoamericanos están en una encrucijada. Si por un lado se abre paso el convencimiento acerca de una democracia asociada a los beneficios de la libertad de opinión, por otro se acentúa el curso de gobernantes hegemónicos opuestos al libre juego del pluralismo y la crítica. De este modo se está trazando en nuestra región una frontera divisoria entre estas dos clases de democracia.

Por cierto hay diferencias entre los estilos y contextos sociológicos de las experiencias de Ortega en Nicaragua, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador o Morales en Bolivia. Sin embargo, las une una desconfianza creciente hacia los medios de comunicación en manos privadas. Estas actitudes se repiten como pudo comprobarse en esta última semana. Día tras día los medios reciben su correspondiente dosis de agresión.

El argumento que esgrimen estos gobernantes consiste en presentar a los medios de comunicación como productores de un "relato" autojustificador de su propio interés. La palabra relato no significa aquí una narración de lo que acontece sino un acto deliberado para ocultar lo que pasa y desfigurar conscientemente la realidad. El relato es pues un montaje acabado del engaño: falsifica y transforma la opinión pública en un reflejo de aquello que los medios deciden mostrar.

A esta altura de la historia de las democracias es evidente que cada medio de comunicación expresa una porción refutable de la verdad. Porque en democracia no hay verdades absolutas impuestas coactivamente por el Estado, deben correr francas cuantas versiones sean posibles acerca de lo que ocurre. De esta trama se derivan, obviamente, distorsiones y ocultamientos, tal como destacaron las teorías que, en un largo recorrido, abonaron Kant, Madison, Stuart Mill y Tocqueville (y entre nosotros, de más está decir, Mitre y Sarmiento). Dados estos obstáculos inevitables, estas teorías reconocieron que se los debe sortear con más libertad, más discusión, y un Estado constitucional con la suficiente capacidad para no confundirse con las inclinaciones facciosas del oficialismo de turno.

En América latina el ciclo democrático que despuntó en los años ochenta del último siglo no ha logrado aún asumir íntegramente esos conceptos. En parte se ha hecho, pero justo cuando se detectaban signos de que la libertad de opinión comenzaba a rendir beneficios, las prepotencias del poder se han enquistado de nuevo en varios países para cosechar otros frutos.

Si vemos las cosas con perspectiva histórica, los recientes discursos de Chávez y Correa, y las constantes medidas del primero contra cadenas de radio y televisión, son tan poco originales como el anacronismo que las inspira. Quieren, en efecto, añadir otro capítulo a la historia del autoritarismo latinoamericano hoy atemperado por la práctica de una democracia electoral que también muestra fisuras. Del autoritarismo de las dictaduras militares se ha pasado entonces a esta praxis de democracias hegemónicas que han elegido a los medios de comunicación como su enemigo principal.

Esta versión de la dialéctica amigo-enemigo tampoco es novedosa, salvo esta exposición acerca del relato mediático entendido como máscara y encubrimiento. Planteadas las cosas de esta manera, la terapéutica redentora del gobernante se impone por propia gravitación. La "auténtica libertad" es aquella que desde un poder representativo de la esencia del pueblo, rasga el velo de esta conspiración. Al relato unificado del "terrorismo mediático" (como lo llama Chávez en sus momentos exaltados, muy habituales en él) debería suceder el discurso purificador del poder. El primero es tributario de la mentira; el segundo, de la verdad.

Las agresiones al relato falso fraguado por el periodismo ponen al revés, mediante una astuta vuelta de campana, la filosofía de la libertad de opinión. Mientras para esta última la libertad de opinión ayuda a revelar lo que el poder político oculta, para la ideología del relato periodístico de que se vale Chávez y, por carácter transitivo el kirchnerismo, son los propios gobernantes quienes revelan el poder oculto de los medios de comunicación.

Lo que realmente enmascara este juego de palabras es un apetito de dominación y un intento trasnochado de reproducir un régimen capaz de imponer su propia verdad. Estas intenciones aún no se han plasmado del todo. La escena es por ahora la de un conflicto entre las pretensiones del poder y las resistencias de la sociedad civil que coinciden con una política más vasta de nacionalización de empresas. La desopilante anécdota de Chávez confiándole a Lula que Brasil es la excepción a esta política no hace más que confirmar este temperamento.

Nuestro país está ubicado en la frontera oscilante entre la libertad de opinión y su control autoritario. De los resultados del 28 de junio podría depender hacia qué campo se inclinaría nuestro gobierno, lo cual exigiría respaldar una vez más las cláusulas democráticas del Mercosur que imponen un respeto irrestricto, de parte de los países signatarios, a todas las dimensiones de la democracia, incluida desde luego la libertad de opinión.

La orientación que adopte el liderazgo de Brasil en la región adquiere así especial relevancia. En nuestros procesos de integración tan importante es la defensa del interés nacional como la adhesión a los principios compartidos del buen gobierno republicano.

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