La calurosa recepción de un país necesitado de referentes

Luiz Paulo Horta
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23 de julio de 2013  

RÍO DE JANEIRO.- Con la presencia del papa Francisco, comienza hoy la parte central de la Jornada Mundial de la Juventud. Brasil ya no es más un país tan católico como supo ser y no hay que descartar que se produzca alguna marcha de protesta, pero sin duda alguna durante los próximos días el líder máximo del catolicismo será arropado por una ola de cariño bien brasileño.

Primero, por ser papa, el "pai". A pesar de los interminables debates sobre la crisis de la Iglesia, la mística del papado sigue viva y con todo vigor, como pudo verse durante el reciente proceso de sucesión pontificia. En esa mística entran a tallar factores que van más allá de lo religioso y que sólo los psicoanalistas podrían explicar.

En segundo lugar, por ser quien es. La revista Time acaba de dedicarle su portada: "El papa del pueblo". La paradoja del papa Bergoglio es que parece ser tan simple y al mismo tiempo tan sutil. Da en el blanco a la hora de comunicar, sin dar la menor impresión de estar haciendo marketing. Es simplemente auténtico, y eso, en nuestros días, vale su peso en oro.

Tercero: es un punto de referencia, otro rasgo precioso en esta época que ha perdido a sus referentes.

Valga aquí una comparación con la crisis política brasileña. Los jóvenes están en la calle reclamando por algunos temas básicos: transporte, educación, salud, lucha contra la corrupción. La lista puede extenderse. Pero por debajo de esas reivindicaciones está la demanda de un canon, de un modelo aceptable de convivencia social.

Ese canon era el que antes proporcionaba la educación tradicional. Hasta hoy, sobre todo en el contexto de la pequeña clase media, es posible encontrar esos valores en razonable estado de conservación, por ser un estrato social que depende de su propio esfuerzo para "llegar". Se trata de una clase que no acostumbra tener padrinos fuertes ni "dirigentes", que sabe el valor que tiene una buena educación y que llegó a aprender a respetar a sus mayores, a ayudar a un familiar que no hace pie en la vida. Son valores que pueden estar relacionados con una educación religiosa. Toda religión supone un canon. El mundo judeocristiano comienza con la ley mosaica bajada de las alturas del Sinaí, cuya parte más famosa son los diez mandamientos: no matarás, no robarás, honrarás a padre y madre? Normas que no sólo atañen a la religión, sino que también apuntalan la convivencia social.

El cristianismo corrige el enfoque de esas normas haciendo una sorprendente reivindicación de los humildes: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos? bienaventurados los afligidos, porque serán consolados?". Según esa visión, el pobre será el dueño de la Tierra, porque no se dejó engañar por la ilusión (la "vanidad de vanidades" de la que habla el Eclesiastés) y porque es capaz de dar gracias por lo poco que le tocó.

Claro que no todos los pobres son así. Pero si Cristo se dirigió inicialmente a los humildes pescadores de Galilea y no a la elite culta de Jerusalén, ¿no fue acaso porque en ese terreno su mensaje sería entendido más fácilmente?

Como consta por escrito en el libro de los Hechos de los Apóstoles, ésos eran la situación y el contexto de las primeras comunidades cristianas: gente que tenía poco y que se ayudaba entre sí en la medida de sus posibilidades.

Después, la Iglesia fue sustituyendo -incluso por necesidad- a las corruptas estructuras del viejo Imperio Romano con obispos que se convirtieron en verdaderos príncipes, por no hablar de los cardenales? Hubo un tiempo en que los papas coronaban y destronaban a los reyes. Uno de los más poderosos, Inocencio III, recibió la visita de un tal Francisco, que iba a pedirle permiso para fundar una congregación en la que los hermanos vivieran realmente como pobres. Algo que parecía una curiosidad y que, como hoy sabemos, terminó siendo la salvación de la Iglesia medieval.

Tal vez con tono menos dramático es lo que parece decidido a hacer el papa Francisco, que cuando era cardenal viajaba en colectivo, pagaba sus propias cuentas y cocinaba su propio almuerzo. Muchas novedades para un Vaticano que, sin ser una corte renacentista, estaba acostumbrada a un ritual sumamente refinado.

El nuevo papa es la más improbable de las sorpresas: un hombre común (o que lo parece), al mando de la más antigua y misteriosa institución de la Tierra. Por sí solo, él ya es un canon.

Traducción de Jaime Arrambide

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