La crisis le abre una puerta a la competencia aeronáutica china

Frente a la catedral de Addis Abeba continúan los funerales de las víctimas
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Pekín lanzará en 2021 el Comac C919, que aspira a romper el dominio de Airbus y la empresa estadounidense
Adrián Foncillas
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18 de marzo de 2019  

PEKÍN.- A Boeing se le intuye una larga travesía por el desierto en una industria que prioriza la credibilidad. Sus flamantes 737 MAX permanecerán en tierra durante semanas, en el mejor caso, y su departamento de relaciones públicas acumula horas extras para salvar pedidos de más de 5000 unidades. Sus dos aviones caídos en cinco meses por supuestas fallas técnicas suponen una crisis elefantiásica que beneficiará a Airbus, el rival europeo con el que se ha repartido los cielos durante décadas. Y tampoco perjudicará al constructor nacional chino, Comac, que prevé iniciar sus vuelos comerciales en 2021 y ha encontrado un entusiasmo comprador limitado.

China encabezó la suspensión global de los 737 MAX y algunos han sugerido razones comerciales espurias. Es evidente que los problemas del más potente competidor en un mercado tan cerrado ayudan al resto, pero inferir que Pekín busca el rédito en una tragedia parece más un prejuicio.

El cliché atribuye a China una laxitud en cuestiones de seguridad que la hemeroteca desmiente. Su sector aéreo, solo superado en volumen por Estados Unidos, no ha registrado ningún accidente importante en casi dos décadas. Pekín, consciente de su reputación, se desvela por reducir los riesgos que torpedearían sus futuras exportaciones.

El constructor estadounidense y Pekín disfrutan de relaciones sinérgicas. China es el principal mercado de los 737 MAX, con 97 de las 371 unidades totales, y compra el 25% de los aviones de Boeing. Esta ha levantado una planta de fabricación en China y firmado varias joint ventures con empresas nacionales que suministran sus componentes. La actividad de Boeing supuso mil millones de dólares en 2015 para la economía china, según cuentas de la constructora. No es probable, pues, que a Pekín le interese su ruina.

El C919 de Comac, la compañía estatal con base en Shanghai, peleará con el Boeing 737 y el Airbus A320 en el segmento de medio y largo radio. Tiene un pasillo único, capacidad para 168 pasajeros y una autonomía de vuelo de 5555 kilómetros. Está diseñado y fabricado íntegramente en China y representa el bastión de la aeronáutica nacional. Es uno de los diez sectores señalados por el presidente Xi Jinping en su plan Made in China 2025, que pretende alcanzar ese año la autosuficiencia tecnológica. En 2017, con tres años de retraso respecto del plan inicial, completó su vuelo inaugural. Ha acumulado cambios de estrategia y diseño para adecuarlo a las normativas de seguridad internacionales, la escasez de personal experto y el retraso en la llegada de componentes extranjeros obligaron a crear un departamento para acelerar los trámites burocráticos.

China ha dejado atrás años de fracasos en los que se estrellaba contra la falta de derechos de propiedad intelectual de componentes sin los que un avión no puede separarse del suelo. El avión cuenta con tecnología extranjera para sus zonas delicadas. Los motores, por ejemplo, han sido fabricados por la estadounidense General Electric y la francesa Safran.

La viabilidad económica no será un problema para el C919. Cuenta ya con 815 órdenes de compra, en su amplísima mayoría de las potentes aerolíneas nacionales. Ofrece más dudas su papel en el campo internacional. Solo un puñado de pequeñas compañías de países pobres y con fuerte dependencia de China han mostrado interés.

Al avión lo favorece su precio, casi la mitad que el de sus competidores, pero tendrá que mejorar aún su eficiencia energética en un mercado que busca la máxima reducción de costos. Comac pretende que el próximo año los reguladores chinos le den luz verde. También Europa se comprometió en abril a empezar el proceso de certificación.

China ingresará así en el elitista club de países que cuentan con aviones de pasajeros propios, junto a Estados Unidos, Rusia, Brasil, Canadá, Reino Unido, Francia y Alemania.

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