La crítica al capitalismo, con pocas posibilidades de ser escuchada

Luisa Corradini
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27 de noviembre de 2013  

Los financistas, economistas y políticos consideran a Dios "algo incontrolable, incluso peligroso, porque llama al hombre a su plena realización y a la independencia de las esclavitudes de todo tipo". Con esa frase, de una energía explosiva, el papa Francisco mostró cuál es la orientación real que pretende imprimir a su pontificado.

Los fundamentos de su programa doctrinario, que será en definitiva lo que conservará la historia, están contenidos en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium , distribuida ayer por el Vaticano. Ese documento, de 142 páginas, tiene una doble importancia porque es su primera reflexión verdaderamente personal desde que asumió el pontificado, hace ocho meses, y porque pone a la injusticia económica y al imperio del dinero en el centro de sus preocupaciones.

"¿Cómo es posible que no sea noticia cuando un anciano sin techo muere de frío en la calle, mientras que sí lo es una caída de dos puntos en la Bolsa?"

Ese interrogante, incluido ayer en el texto, resume en pocas palabras veinte siglos de doctrina social de la Iglesia. Ya en el año 340, el arzobispo de Antioquía, Juan Crisóstomo, predicaba: "No hacer participar a los pobres de sus propios bienes es robarles, quitarles la vida. No son nuestros bienes que poseemos, sino los suyos".

Sin embargo, la energía de ese documento distribuido ayer por el Vaticano demuestra -por si todavía hiciera falta- que no estamos ante un hombre de medias palabras, sino ante un pontífice que es capaz de dirigir una feroz crítica al capitalismo contemporáneo, "que idolatra el dinero y genera violencia".

"Así como el mandamiento «no matarás» establece un claro límite para asegurar el valor de la vida humana, hoy debemos decir «no» a una economía de la exclusión y la desigualdad social." El Papa afirma que esa "economía mata" porque prevalece "la ley del más fuerte". Para él, "eso es la exclusión".

La exhortación del Pontífice al mundo económico y político es una piedra angular de su doctrina. Sin temor a la polémica, sin preocuparse por aquellos que lo sospechan de practicar in pectore una teología de la liberación, acusa en forma frontal a los idólatras del crecimiento económico eterno. La "mano invisible" del mercado "no es la mano de Dios", advierte.

Explicitando los términos tradicionales de la Iglesia sobre el destino universal de los bienes y la atención a los pobres, Francisco pone el dedo en las "patologías" contemporáneas: precariedad, miedo, desesperanza, reducción de la esperanza, aumento de las violencias y las indecencias. Todas esas lacras las imputa a "la aceptación del imperio del dinero sobre los seres humanos y sobre la sociedad".

Para este hombre llegado del fin del mundo, que trabajó tantos años en el corazón mismo de la exclusión social, la actual economía del descarte ha creado "algo nuevo". "Vivimos -asegura- una nueva tiranía invisible, con frecuencia virtual" de un "mercado divinizado", en el que reinan la "especulación financiera", la "corrupción ramificada" y la "evasión fiscal egoísta".

Esas "deformaciones" de la economía, a su criterio, dejan al descubierto "la grave deficiencia de su orientación antropológica", que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo.

"Hoy, el ser humano es considerado también un bien de consumo que puede ser utilizado y después desechado."

El Pontífice denuncia "el aumento exponencial del ingreso de una minoría", mientras que el de la mayoría es cada vez más reducido. Y recuerda que "la ética conduce hacia Dios", que se sitúa fuera de las categorías del mercado. Pero "la ética es una categoría que molesta", suele decir.

En esa perspectiva, para el jefe de la Iglesia Católica, es urgente poner en marcha una reforma financiera, que provocaría a su vez un cambio económico saludable.

"El dinero debe servir y no gobernar", sentencia el Papa.

"No vivimos mejor cuando escapamos, nos escondemos, nos negamos a compartir, dejamos de dar y nos encerramos en nuestro propio confort", recuerda Francisco. "Semejante vida no es nada más que un lento suicidio", concluye.

Esa vibrante exhortación tiene, sin embargo, pocas posibilidades de ser escuchada por los actores económicos, sus principales destinatarios.

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