La "democracia iliberal" termina como en Venezuela

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3 de febrero de 2019  

WASHINGTON.- Basta con observar las alianzas internacionales que se han formado en torno a Venezuela para comprobar definitivamente que el lenguaje ideológico del siglo XX es insuficiente para describir las realidades políticas del siglo XXI.

En los últimos días, Venezuela funcionó como una especie de test de Rorschach, una mancha amorfa sobre la que muchas personas quieren proyectar sus propias visiones políticas.

Algunos insisten en situar al país en función de un eje izquierda/derecha, ya sea para defender la retórica "socialista bolivariana" utilizada por su exlíder, el fallecido Hugo Chávez , así como por su actual presidente fallido, Nicolás Maduro , o para denunciarla sin ambages.

Otros declararon que cualquier apoyo extranjero al líder opositor Juan Guaidó -el presidente de la Asamblea Nacional que se autoproclamó presidente interino del país hasta que se celebren nuevas elecciones- es sinónimo de "imperialismo norteamericano" o de "golpe de la derecha".

Esta afirmación sin sentido ignora el hecho de que muchos de quienes apoyan a Guaidó en el exterior pertenecen al arco de la centroizquierda -Canadá, España, Perú-, y la mayor parte de ellos son europeos o latinoamericanos.

Es más, Venezuela no es una mancha amorfa: es un Estado que colapsó. Y ese colapso fue causado no solo por una forma rapaz de "socialismo" ideológico (y de ningún modo por el "imperialismo norteamericano"), sino también por líderes políticos que privatizaron y colonizaron las instituciones del Estado. Recientemente, dos distinguidos periodistas venezolanos, Moisés Naím y Francisco Toro, escribieron un potente artículo de asuntos internacionales en el que contrastan la Venezuela de la década de 1970 -una de las "democracias más antiguas y potentes" de América Latina, un país con buena infraestructura, verdadera movilidad social y menos desigualdad que sus vecinos- con la Venezuela actual: "una de las naciones más empobrecidas de América Latina", una tierra de escasez, hiperinflación y extrema pobreza.

¿Qué pasó en el medio? La respuesta es el sistema cleptocrático unipartidario de Chávez y Maduro, que se robó el país en nombre del "pueblo".

Venezuela no solo padece la ideología, también padece la falsa ideología codiciosa de un "socialismo" que dejó de brindar atención sanitaria y educación, y de un "populismo" que puso a narcotraficantes en el poder. La tragedia venezolana es el final de partida de una forma de hacer política, el lugar donde podrían terminar muchos de los "demócratas iliberales" de la actualidad. Las acciones de los líderes carismáticos que dicen mentiras rebuscadas, que politizan sus tribunales, restringen los medios de comunicación y reprimen a la oposición suelen estar movidas por una lógica bien fundada: la ausencia de equilibrios y controles democráticos hace que a los políticos que ocupan el poder les sea más fácil robar.

Ese fue el camino que tomaron Vladimir Putin, en Rusia, y Recep Tayyip Erdogan, en Turquía. Ninguno de ellos es socialista, y ambos apoyan enérgicamente a Maduro. Ese es el camino que también están transitando muchos otros, como por ejemplo Viktor Orban, en Hungría, y Rodrigo Duterte, en Filipinas, ambos anticomunistas consuetudinarios. Se trata de líderes que resulta difícil situar en el anticuado eje izquierda/derecha o pronorteamericano/antinorteamericano, pero que claramente se amoldan a un importante patrón contemporáneo, y es importante reconocerlos por quienes son en realidad.

Actores

En todos los casos, estos líderes carismáticos, con su aversión por el Estado de Derecho, también terminan causando una crisis constitucional: en ella se encuentra sumida Venezuela actualmente, y con ella pretende terminar la autoproclamación de Guaidó. Los actores extranjeros pueden ayudar: el reconocimiento europeo-norteamericano-latinoamericano de Guaidó podría ayudarlo a lograr la legitimidad que necesita para terminar con la dominación chavista. Y si lo logra, también podría serle útil tener algunos amigos que puedan ayudarlo a restaurar la democracia, reparar las instituciones civiles y reconstruir lo destruido, es decir, todo lo que va desde los servicios básicos hasta la industria petrolera y el sistema de Justicia.

Esa coalición transatlántica que apoya a Guaidó podría jugar ese tipo de rol, justamente porque sus miembros pertenecen a un espectro que va desde la centroizquierda a la centroderecha. Pero solo tendrán éxito si todos sus miembros comprenden que en última instancia lo que Venezuela necesita no es otra cruzada ideológica, sino un compromiso a largo plazo con la reconstrucción, con la legitimidad democrática y con el Estado de Derecho, así como con un sistema económico viable y saludable. "No será simple, tampoco será rápido", escriben Toro y Naím. Salvar un Estado fallido nunca lo es.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

Anne Aplebaum

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