La democracia imperfecta

Enrique Krauze
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1 de julio de 2012  

CIUDAD DE MEXICO.– La opinión pública internacional ha sido demasiado severa con México estos últimos años. Tras sucesivas crisis económicas hemos aprendido a manejar con responsabilidad las finanzas públicas, tenemos programas reconocidos de salud pública y de apoyo a la población más necesitada. Las democracias occidentales tardaron siglos en consolidarse. Nosotros, sin experiencia previa, lo estamos haciendo en años.

Hoy se espera que alrededor de 45 millones de mexicanos (64% del padrón, en un país de 110 millones de habitantes) acudan a votar. Según la mayoría de las encuestas, el probable triunfador será Enrique Peña Nieto, el joven candidato del viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI), asociado con la figura de un dinosaurio.

Si no ocurren imponderables, dos preguntas rondarán las mentes de muchos mexicanos: ¿viviremos la restauración del antiguo régimen que Mario Vargas Llosa llamó "la dictadura perfecta"? ¿Modificará el próximo gobierno la estrategia de Felipe Calderón contra el narco y el crimen organizado? La respuesta a ambas preguntas es, esencialmente, no.

Vargas Llosa tenía razón: sin usar más que por excepción la coerción física o ideológica, el PRI funcionó como una aceitada maquinaria de movilidad social, cooptación y control electoral. Cada seis años el presidente saliente ungía a su sucesor, con poder absoluto. El "sistema" –como se le llamaba– dio al país estabilidad, orden y crecimiento, todo a costa del desarrollo político. México era una monarquía (con ropajes republicanos) que engendró despilfarro, corrupción y un terrible cáncer que se desarrolló invisible en el cuerpo social: la complicidad con el narcotráfico.

Pero la "dictadura perfecta" murió, sin llantos ni obituarios, el 1° de julio de 2000. México se ha vuelto algo más normal, una democracia imperfecta.

Ahora el presidente sólo ejerce sus poderes constitucionales. El Congreso es plural. La Suprema Corte de Justicia es independiente. Una ley de transparencia limita la corrupción en el gobierno federal. La libertad de expresión es absoluta. Las elecciones no las organiza el gobierno, sino el Instituto Federal Electoral, manejado por ciudadanos. El Banco de México es autónomo. Por todo ello, la vuelta de la "dictadura perfecta" es imposible.

Eso no significa que el PRI sea un partido moderno. Sus "dinosaurios" se han refugiado en los estados y en los gigantescos sindicatos públicos como el petrolero. Los monopolios privados también son una supervivencia del pasado. Peña Nieto habla de un "PRI renovado", pero no explica cómo desmontaría esas estructuras y prácticas.

Para abatir la pobreza, México necesita crecer a un ritmo acelerado. El crecimiento actual del 3,9% no es despreciable pero sí insuficiente. Necesitamos un conjunto de reformas estructurales que abran el sector petrolero a la inversión externa y desregulen el mercado laboral. Y se necesita también una reforma política que, entre otras cosas, permita la reelección de diputados, senadores y presidentes municipales.

Muchas de estas reformas son contrarias al ADN del viejo dinosaurio, que siempre vivió de su cultura clientelar. No está claro que Peña Nieto tenga la voluntad política y el liderazgo persuasivo para ir contra esos vastos intereses corporativos. Menos aún si enfrenta en las calles –como probablemente ocurrirᖠla fiera oposición de la izquierda nacionalista ligada a López Obrador, cuya plataforma es contraria a la liberalización y la apertura económica. ¿Procesará México sus diferencias sin caer en la violencia política? Eso confío.

Pero es la otra violencia, la de los delincuentes y narcos, lo que más preocupa a los mexicanos: arroja un saldo de casi 60.000 muertos en seis años. Algunos grupos criminales amenazan a los gobiernos locales y buscan suplantarlos. Las imágenes criminales a través de las redes sociales son espeluznantes. En el siglo XIX y XX, México controló la violencia con regímenes autoritarios. En una democracia, esa salida es imposible.

La propia democracia, con todas sus bondades, trajo consigo un hecho paradójico: descentralizó el poder y con ello fortaleció a los grupos criminales. Ahora el problema mayor para reducirlos es la falta de una policía profesional, otra herencia maligna de tiempos del PRI, cuando la policía era el brazo represor del "sistema", no el cuerpo de seguridad que defendía al ciudadano. En el sexenio de Calderón se han formado más de 30.000 miembros profesionales en el nivel federal. El país requiere varias veces más. La primera prioridad (aceptada por Peña Nieto) será acelerar ese proceso.

Mientras tanto hay tareas de largo plazo (programas educativos, culturales, de rehabilitación social), otras urgentes (mayor y mejor cooperación de inteligencia con Estados Unidos) y tácticas que reclaman continuidad (como la ocupación territorial del ejército en zonas de conflicto). Y se requiere un control estricto de puntos nodales, como las aduanas y las cárceles.

México no ha perdido estos doce años. Con todos nuestros lastres, nuestra democracia avanza.

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