La desintegración de un mundo que no llega a ver sus peligros

Roger Cohen
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17 de septiembre de 2014  

NUEVA YORK. -Tiempos de odio y de debilidad, de desorientación y de dudas, en los que nadie alcanza a ver los desastres que acechan.

Era un tiempo de desintegración. Mucho después, entre las ruinas, la gente se preguntó: ¿cómo pudo pasar?

Era un tiempo de decapitaciones. Con un movimiento de serrucho de su mano izquierda, bajo un sol abrasador y con el desierto como telón de fondo, un musulmán de acento inglés cercenó las cabezas de dos periodistas norteamericanos y de un voluntario británico. El jihadista parecía hacer a gusto su tarea, sin apuro. Sus víctimas estaban quebradas.

El terror es teatral. Rascacielos en llamas, cabezas cercenadas: los terroristas toman imágenes de cine de una liviandad insoportable y les confieren peso suficiente como para que queden grabadas a fuego en nuestra psiquis.

Eran tiempos de agresión. El líder de la mayor nación del planeta declaró que su país estaba sitiado, incluso humillado. Anexó parte de un país vecino, el primer acto de ese naturaleza en Europa desde 1945, y estimuló una guerra en el resto del territorio que codiciaba. Sus protegidos derribaron un avión con pasajeros civiles. Las víctimas, muchas de ellas europeas, quedaron pudriéndose al sol durante días. El presidente negó cualquier participación en los actos de violencia, como un titiritero que niega tener algo que ver con los movimientos de sus marionetas. Invocó la ley para poder pisotearla todavía más. Invocó la historia para convertirla en una farsa. Le recordó a la humanidad que el único idioma que conoce el fascismo es una falacia tan grotesca que engendre el sinsentido.

Eran tiempos de ruptura. La unión más exitosa de la historia, forjada en una isla del Mar del Norte, en 1707, se encaminaba hacia su posible disolución, no porque hubiese fracasado (hay refugiados de todo el mundo clamando por ingresar en ella), y ni siquiera porque se agitase un nuevo odio entre sus pueblos. Los ciudadanos del Norte estaban aburridos. Estaban contrariados. El Sur, con su capital adinerada, para ellos emblema de la globalización y la desigualdad, los irritaba insidiosamente. Imaginaban que debían controlar su Sistema Nacional de Salud para salvarlo, aunque ya les habían devuelto su control y hasta podrían tener menos dinero para preservarlo (cuando nunca estuvo amenazado) si se convertían en nación independiente. El hecho de que la moneda, la deuda, los ingresos, la defensa, la solvencia y la pertenencia a la Unión Europea de ese nuevo Estado estuviesen aún en duda, no parecía pesar demasiado en una decisión tomada desde la emoción, la urgencia, la necesidad de ser escuchados en medio de la cacofonía de la modernidad? y al diablo con lo que ocurriera al día siguiente. Si todo fallaba, el petróleo vendría al rescate? a menos que se acabara o fuese propiedad de otros.

Eran tiempos de debilidad. La nación más poderosa del planeta estaba cansada de guerras de largo aliento, con sus arcas y su voluntad vacías ante la ausencia de victorias. Que el ingrato mundo se cuidara solo. Al fin y al cabo, esa nación tenía que reconstruir puentes y arreglar su sistema educativo. Que los árabes se maten en sus guerras civiles. Tal vez incluso los enemigos mataran a otros enemigos peores: una victoria a bajo costo. Que las fronteras de Medio Oriente se diluyan, total, no son más que líneas coloniales artificiales sobre un mapa. Que los chiitas luchen contra sunnitas, y los sunnitas contra chiitas, total, no hay quién los pare. Como las décadas de guerras religiosas en Europa, esas luchas debían seguir su curso. El líder de la nación más poderosa del mundo se mofó de su propio abordaje "flojo, apocado, profesoral" del mundo, diciendo que no era ninguna de esas cosas, por más que lo pareciera. Se propuso objetivos para los que no tenía un plan. Hizo promesas que no cumplió. Y el mundo se dio por enterado. Los enemigos lo fueron sondeando. Los aliados fueron desdeñados, hasta que fueron necesarios para enfrentar a degolladores que hablaban de un califato y se llamaban a sí mismos "Estado". Las palabras como "fuerza" y "determinación" volvieron a formar parte del léxico del mandatario. Pero el mundo ya estaba a la deriva, desanclado por la retirada de la potencia ordenadora. El manual de reglas del juego había sido despedazado.

Eran tiempos de odio. En la tierra que inventó los asesinatos en masa industrializados para los judíos de Europa se escuchaban eslóganes antisemitas. Aterrorizados, los judíos europeos quitaron las mezuzás de sus puertas. Los musulmanes de Europa sintieron el desagradable rebote de la depravación de los degolladores, muy adeptos a postear en Facebook su mensaje. El tejido social se desgarró. La democracia empezó a parecer algo pintoresco o pasado de moda frente a los nuevos autoritarismos. Los políticos, acosados por su propia incapacidad, jugaron con los miedos de la población, que estaba distraída con sus aparatitos o estresada por sus aparatitos. La palabra de moda era la distopía, como lo había sido la utopía en el siglo XX. Las grandes naciones en ascenso, con sus ingentes poblaciones, tenían el mundo en sus manos, pero no parecía importarles.

Eran tiempos de fiebres. La gente de África sangraba por los ojos.

Eran tiempos de desorientación. Nadie podía unir los puntos o leer a Rudyard Kipling sobre las pocas certezas de la vida: "El Perro vuelve a su vómito y la Cerda vuelve a su chiquero / Y el dedo quemado y vendado del Tonto vuelve titubeando de nuevo hacia el fuego".

Hasta que fue demasiado tarde y la gente pudo ver la Gran Desintegración por lo que era y por lo que había causado.

Traducción de Jaime Arrambide

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