La elaborada farsa que cubría a la compañía

Un escándalo de negocios y política
Un escándalo de negocios y política
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26 de enero de 2002  

NUEVA YORK.- Un cadáver todavía caliente. Ese era el ingrediente que faltaba para convertir al sorprendente caso de la bancarrota de Enron -la mayor en la historia de Estados Unidos- en un escándalo profundo, con complejas aristas financieras, criminales y hasta políticas.

Hasta hace un año, Enron era catalogada como una de las corporaciones modelo de Estados Unidos; su uso de agresivas tácticas al estilo Wall Street en el mercado energético era elogiado por el Financial Times y la revista Fortune. ¿Cómo fue posible entonces que doce meses más tarde el gigante energético norteamericano esté en quiebra y sobre él pesen varias investigaciones legislativas y criminales?

Según los datos que están saliendo estos días a la luz, Enron estaba sumergida en una elaborada farsa. A través de complejas transacciones mentía sobre sus ganancias, que, presuntamente, también eran tapadas con la complicidad de algunos directivos de Arthur Andersen, la auditora que revisaba las cuentas y que ahora está también bajo fuego.

Nacida en 1985 de la unión de la tejana Houston Natural con InterNorth, Enron, fundada por el hoy sospechado Kenneth Lay, pasó de ser una oscura empresa con intereses en gasoductos a convertirse en la mayor compañía del mundo en la comercialización de energía. Enron pronto se expandió a las plantas de electricidad, al sector del agua y a las bandas de telecomunicaciones, con intereses repartidos en 40 países y con más de 21.000 empleados alrededor del mundo.

Relaciones peligrosas

Con ganancias de 101.000 millones de dólares el año pasado -las mismas que hoy están en entredicho-, la compañía hizo generosas donaciones a la campaña de George W. Bush y tenía una estrecha relación con la administración republicana, aunque nunca se privó de cortejar también a los demócratas. Sus acciones llegaron a valer 90 dólares y sus empleados invirtieron sus fondos de pensiones en valores de su propia compañía. Hoy, la mayoría de estos empleados está en la calle y con acciones consideradas "basura", que apenas llegan a valer 67 centavos.

Quienes mantienen sus fortunas, e incluso las incrementaron, son varios de los ejecutivos de Enron, los que, supuestamente sabiendo de antemano la debacle que se venía, vendieron todas sus acciones mientras estaban en alza, por más de mil millones de dólares.

Según se puede saber ahora, en agosto pasado, Sherron Watkins, vicepresidenta de Desarrollo, envió un memo a su jefe máximo, Ken Lay (amigo del presidente Bush), quejándose de peligrosas irregularidades en la contaduría de la firma, que escondía pérdidas en muchas de sus inversiones.

Sociedades secretas

"Vamos a explotar en una ola de escándalos contables", advertía en un escrito, en el que citaba al ahora fallecido J. Clifford Baxter, que había renunciado en mayo luego de quejarse a Watkins de las sociedades secretas que establecía Enron con otras empresas para ocultar pérdidas. Watkins avisó también a Arthur Andersen sobre las irregularidades. Sin embargo, no se hizo nada y la compañía fue directo a un estrepitoso colapso, dejando tras de sí una deuda de US$ 15.000 millones.

En los primeros días del año, mientras en las oficinas de Andersen se destruían documentos clave, la Comisión de Valores norteamericana inició una investigación sobre la compañía y sus ejecutivos. Pronto, republicanos y demócratas en el Congreso se apuraron en alejarse lo más posible de Enron y establecieron audiencias para investigar el caso. Por su parte, el Departamento de Justicia abrió una investigación criminal para establecer si los ejecutivos de la empresa cometieron fraude o negociaron con información interna de la compañía. Los empleados, en tanto, iniciaron juicio luego de perder miles de millones de sus fondos de pensión. Y el FBI fue llamado para custodiar las oficinas del otrora gigante energético y evitar que se destruya evidencia comprometedora.

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