La extraña guerra sin ganadores

Sergio Romano
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23 de agosto de 2011  

ROMA.- Si, tal como parece, la guerra en Libia ha terminado, ya sabemos quién perdió: el coronel, su clan familiar, los beneficiarios del régimen, las tribus aliadas, los amigos internacionales que apostaron a su victoria.

No sabemos, por el contrario, quién es el vencedor. Los rebeldes lucharon con valor, pero son un rejunte de fuerzas inicialmente compuesta por algunos núcleos islamistas, sanusíes de Cirenaica, nostálgicos del reinado de Idris, una patrulla democrática.

Sus filas se vieron engrosadas cuando la intervención de la OTAN pareció garantizar una victoria segura. Pero el hecho de que muchos hayan mirado los acontecimientos desde sus ventanas durante largos meses y que sólo hayan cambiado de bando en estas últimas semanas demuestra que el resultado del enfrentamiento era incierto y que, en el mejor de los casos, el país será gobernado por una coalición de oportunistas post-khadafianos, cómplices de larga data de quien ha dominado Libia durante casi 42 años.

¿Es un triunfo de los líderes de Occidente que buscaron la intervención militar?

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, tenía dos objetivos. En primer lugar, esperaba que un rápido éxito en Libia le permitiera ahuyentar el recuerdo de su vergonzante amistad con los regímenes de Egipto y de Túnez. Y contaba también con convertirse en el socio privilegiado de la mayor potencia petrolera de Africa septentrional.

Después de una guerra mucho más larga de lo previsto, Nicolas Sarkozy constatará probablemente que un país ingobernable y arrasado es el peor de los socios posibles.

El primer ministro británico, David Cameron, obedeció a alguna especie de tic imperialista y hoy tiene huesos más duros de roer. Barack Obama no cree que la intentona en Libia pueda ayudarlo para su reelección y dio un paso atrás no bien la operación empezó a complicarse y alargarse.

Tiempo y dinero europeos

¿Será una victoria de la OTAN? Sus voceros sostienen que la organización tuvo un papel decisivo. Pero ha vencido, técnicamente, sólo para evitar que su salida del campo -después del fallido operativo humanitario y la distorsión de los objetivos iniciales de la intervención militar- se convirtiera a los ojos del mundo en la prueba de su impotencia.

Más tarde o más temprano, alguien se preguntará si la mayor alianza militar del mundo debía gastar tiempo y dinero en instalar en el poder libio a un partido cuya composición y programa de gobierno se desconocen.

El carácter incierto del resultado alcanzado en Libia hará que la política de Europa y de Estados Unidos respecto del norte de Africa y el Medio Oriente sea todavía más ineficaz.

Frente a una transición que está demostrando ser más ambigua y trabajosa, Occidente ya ha quemado la carta última de la intervención militar.

Los Hermanos Musulmanes, de Egipto; Bashar al-Assad, en Siria; Hezbollah, en el Líbano; Ali Abdullah Saleh, en Yemen; Omar al-Bashir, en Sudán, y naturalmente Mahmoud Ahmadinejad, en Irán, saben que Occidente, consumido por su actual crisis económica y financiera, sólo podrá predicar democracia y amenazar con sanciones: dos armas que han demostrado ser, casi siempre, totalmente inútiles.

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