La falta de respuesta al racismo, un límite al sueño americano

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4 de junio de 2020  

El último sábado, mientras en el sur de Estados Unidos se ultimaban los preparativos para el despegue de la cápsula Dragon hacia el espacio, en el norte del país el gobernador de Minnesota ordenaba la movilización de toda la Guardia Nacional para hacer frente a los disturbios por la muerte de un afroestadounidense a manos de la policía. Por primera vez en la historia del estado, un gobernador de Minnesota se atrevió a movilizar a sus fuerzas para guardar el orden.

Si existe un estado donde podría pensarse a priori la ausencia de conflictos raciales, ese estado es Minnesota. Habitada desde sus comienzos por escandinavos y alemanes que escapaban de Europa tras el fracaso de las revoluciones de 1848, Minnesota es un lugar orgulloso de su multiculturalismo y progresismo.

Con una política de refugiados que les ha abierto las puertas a africanos y asiáticos, el transporte público estatal presenta cartelería en idiomas somalí y hmong (la etnia a la que se hace referencia en Gran Torino, de Clint Eastwood), además de español e inglés. Es el único estado donde Ronald Reagan no ganó nunca, y desde 1976 ha sido dominado por los demócratas. El nivel de vida y educación de Minnesota es de los más altos del país.

Pero entonces, si ni siquiera en la tierra de Bob Dylan y la familia Ingalls, que parece encarnar el espíritu del sueño americano, se han podido superar los problemas raciales, ¿cuáles son las raíces y las claves para entender este conflicto que Estados Unidos no ha podido resolver en sus casi 250 años de historia?

Tras el fin de la Guerra Civil, el norte victorioso intentó transformar a los exestados confederados a través del programa de reconstrucción, que acabó con los remanentes de secesión y con la esclavitud, pero que dejó vigentes, en cambio, las famosas Jim Crow Laws, un conjunto de leyes estatales y locales que reforzaban la segregación racial.

La segregación escondía un trato inherentemente desigual, pues además de permitir un acceso casi nulo a lo votación, perpetuaba alojamientos y servicios inferiores para los afrodescendientes. La Corte Suprema avaló esta política en 1896 a través de la frase "separados, pero iguales". El estado federal se desentendía de la suerte de los afroamericanos en el sur. Y esa suerte no solo estaría en manos de una legislación adversa, sino también de grupos violentos como el Ku Klux Klan, hijo también de la reconstrucción y sostenedor de la supremacía blanca.

Recién en la década de 1950 comenzarían los cambios. A las acciones de los activistas por los derechos civiles se sumó una nueva convicción de los funcionarios, conscientes de que la segregación y el racismo minaban la imagen del país, sobre todo tras los horrores del Holocausto.

El famoso caso Brown contra el Consejo de Educación, de 1954, fue el primer hito de esta lucha al declarar inconstitucional la segregación en escuelas públicas. Sin embargo, para que la nueva ley tuviera efecto, fue necesario que Ruby Bridges, de solo seis años, fuera escoltada por cuatro agentes federales cada día que iba a su escuela de Nueva Orleans en 1960.

La lucha continuó y tuvo su liderazgo más visible en Martin Luther King, que, desde el boicot a las empresas de transporte de Alabama en 1955 hasta la Marcha a Washington de 1963, puso de relieve los límites raciales del sueño americano. "Yo tengo un sueño" sigue hoy leyéndose en todo el mundo como un alegato contundente contra la discriminación.

Junto con la cuestión racial, una multiplicidad de conflictos hizo eclosión en los 60. Luchadores por derechos de género se mezclaban con activistas antibélicos, mientras los primeros baby boomers llegaban a las universidades. Los intelectuales discutían si el racismo era una ideología que respondía a una coyuntura particular o si siempre tendrían que lidiar con él. Algunos hasta viajaron a Brasil porque creían que encontrarían allí una solución racial. No la encontraron.

La ley de derechos civiles de 1964 pareció poner fin al problema. Prohibía la discriminación racial. Pero aún faltaba. King y su grupo debían convencer a los afroamericanos de que el sistema que siempre les había dado la espalda podía incluirlos. Había que votar y ocupar espacios que los blancos habían decidido exclusivos. Basados en el ejemplo de Mahatma Gandhi, respondieron sin violencia a situaciones de violencia. Y esta llegó en forma contundente en 1968, cuando el propio King fue asesinado. Habría que seguir esperando.

La llegada al poder de Barack Obama, en 2009, pareció ser el fin del camino. Sin embargo, muchos sintieron que los cambios no fueron los esperados. Hoy, el brutal accionar del policía Chauvin contra George Floyd en Minnesota los lleva a entender que la cuestión no solo sigue guardando plena vigencia, sino que tampoco es privativa del sur.

La legislación puede cambiar, pero esta sola no transforma. Permanentes acciones, como las de Ruby Bridges, las de Martin Luther King o las de muchos otros, son necesarias para que la realidad se pueda convertir en sueño.

El autor es profesor de Historia de Estados Unidos de la Universidad Nacional de La Plata y exprofesor visitante en la Universidad de Minnesota

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