La familia real saudita, entre la espada y la pared

Aliada de Washington, enfrenta un creciente sentimiento antinorteamericano
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14 de mayo de 2003  

Los atentados terroristas que mataron a decenas de personas en Riad llegan cuando las contradicciones que envuelven la historia reciente de Arabia Saudita han llevado al país a una encrucijada que hoy parece lejos de resolverse.

Cuna del islam -allí nació el profeta Mahoma- y sede de sus dos ciudades sagradas -La Meca y Medina-, a pesar de ser una monarquía de fuerte identidad religiosa Arabia Saudita ha tejido una larga alianza con Estados Unidos sobre la base de una serie de intereses recíprocos, principalmente económicos y geopolíticos.

Establecida como nación en 1932 por el rey Abdelaziz, en poco tiempo Arabia Saudita dejó de ser un reino subdesarrollado del desierto para convertirse en uno de los países más ricos de la región, tras el descubrimiento de yacimientos petrolíferos que representan la tercera parte de las reservas mundiales.

Si ya en 1938 la producción era controlada por los estadounidenses desde la Compañía Petrolera Arábigo-Norteamericana (Aramco), hoy el reino saudita, gobernado con mano férrea por el rey Fahd -hijo de Abdelaziz-, depende de los expertos occidentales para desarrollar la industria del oro negro, cuyos dividendos representan el 75% de sus ingresos.

¿Por qué ha necesitado Washington a Arabia Saudita? Además de sus intereses comerciales alrededor del petróleo, existe una cuestión estratégica: desde hace más de 50 años Estados Unidos mantiene una presencia militar en territorio saudita, y su alianza con la dinastía sunnita que gobierna (la población del país es mayoritariamente sunnita) sirve como freno a la expansión del islamismo radical en la región.

Pero este matrimonio de interés provocó consecuencias no buscadas por la dinastía familiar Saud, que hoy gravitan en el ojo de la tensión que recorre el país.

La presencia estadounidense en suelo saudita resultó siempre impopular. La mayoría de sus habitantes no comulga con la política pro norteamericana del monarca, y para muchos de ellos constituye una verdadera humillación que su país sea tan dependiente de Estados Unidos. La versión del islam que se practica en el país es la wahabita, que muchos caracterizan por su militancia.

Por otra parte, el estilo de vida de los por lo menos 35.000 estadounidenses que viven en Arabia Saudita -dedicados principalmente a la industria petrolera, pero también a la construcción y a las finanzas- contrasta con las rígidas normas islámicas sauditas en materias que van desde la vestimenta hasta las reglas de comportamiento social.

Como los otros occidentales en Arabia, los estadounidenses no pagan impuestos y viven en lujosos complejos residenciales con piletas y canchas de tenis, rodeados de altos muros y macizas puertas de acceso, como los que fueron atacados ayer.

Allí fluye el alcohol y los sexos se mezclan de tal modo que, para los militantes islamistas, esos verdaderos barrios cerrados simbolizan no sólo la presencia occidental, sino, especialmente, su decadencia.

Además, en un país que tiene un desempleo que oscila entre el 15 y el 20%, los inmigrantes extranjeros representan alrededor del 65% de la fuerza de trabajo activa, y el dato acrecienta los temores de que la juventud desempleada y descontenta se incline hacia los grupos islamistas radicales.

Pico de tensión

Si bien la relación de Arabia Saudita con Estados Unidos resultó siempre fuente de tensión, en 1990 se alcanzó un pico cuando, tras la invasión de Kuwait por parte de Irak, el rey Fahd prestó el territorio como base del ejército norteamericano para liberar el país vecino.

"Estados Unidos ha estado ocupando las tierras del islam en sus lugares más sagrados", rugió Osama ben Laden, líder de Al-Qaeda, saudita como 15 de los 19 pilotos suicidas que participaron de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La negativa de la monarquía a albergar tropas estadounidenses en la última guerra contra Irak, y el reciente anuncio de que Estados Unidos retirará el personal militar hoy apostado en el reino, parecen señales del gobierno saudita para acallar las quejas de los islamistas.

Pero tal vez no sea suficiente. Los atentados de anteayer fueron también un duro revés para un régimen familiar que advierte cómo se resquebraja su poder absoluto mientras crece el sentimiento antinorteamericano de sus súbditos y, peor aún, que el terror puede golpear también en el corazón mismo de su suelo.

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