La hora de salvar inmigrantes y la unidad de Europa

Franco Venturini
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5 de septiembre de 2015  

MILÁN.- Luego de la pérdida de demasiadas vidas, el ciclón de migrantes que se abate sobre Europa ha redundado finalmente en propuestas concretas, tanto sobre la obligatoriedad del cupo de acogida de cada país de la Unión Europea (UE), como sobre la adopción de reglas comunes para el otorgamiento de asilo.

Formalmente, la iniciativa surge de un acuerdo franco-alemán, pero no es un misterio para nadie que en realidad fue Angela Merkel la que convocó al presidente francés. Italia, excluida esta vez de la fórmula tradicional del eje París-Berlín tras el documento suscrito un día antes por los ministros de Relaciones Exteriores de los tres países, puede igualmente darse por satisfecha al ver que fueron escuchados sus reclamos de meses y años atrás.

Ahora, en Europa se abrirá un debate que no garantiza ningún éxito, pero el tono usado por la canciller alemana confirma que tal vez haya que agradecerle a la crisis migratoria la aparición de esta nueva y flamante versión de Merkel.

Es una Merkel urgida, valiente y dispuesta realmente a arriesgar, más solidaria y menos rígida en cuanto a las reglas de todo lo que pudimos ver antes en el campo económico y financiero. Y algunas de las razones de este giro son fácilmente imaginables.

Alemania recibirá este año 800.000 pedidos de asilo, y en los últimos años ya aprobó más peticiones que ningún otro país de Europa, así que es comprensible que pretenda una redistribución. Con la suspensión, para empezar, de la cláusula de Dublín a favor de los refugiados sirios, entre otras cosas, Berlín recupera su autoridad moral, tan cuestionada por su intransigencia frente a la crisis socioeconómica de Grecia.

A eso se le suma un tema de imagen personal, después de que la canciller hizo llorar sin querer a una chica siria y el hecho fue visto por televisión. Todo eso es verdad.

¿Pero alcanza para explicar a esta "nueva Merkel"? No creo. Se diría más bien que gracias a los migrantes, Merkel dio ese paso corto pero decisivo que separa a los líderes de los estadistas. Y que lo hizo después de haber mirado a su alrededor y de haber constatado que el influjo migratorio tiene todos los elementos que hacen falta para destruir una construcción europea que ya de por sí trastabilla.

Un estadista sabe mirar más allá de la línea del horizonte cuando, como en este caso, es imposible prever la duración y el alcance de los problemas a futuro. Y Alemania, más allá de todas las críticas que recibió y en parte mereció, no está dispuesta a bajar los brazos con Europa. Si los otros viven el día a día o a la espera de que los guíen, Merkel decidió que le tocaba a ella combatir la ardua batalla contra la implosión de Europa. ¿O acaso no es cierto que en Francia el Frente Nacional le debe gran parte de su fortuna política a sus posturas contra la inmigración?

¿Y qué decir de los conservadores británicos y sus guiños de aprobación a los xenófobos del UKIP, o de los neonazis de Amanecer Dorado en Grecia, de las posiciones de la Liga Norte y de las Cinco Estrellas en Italia, que afortunadamente se dividen entre dos partidos la hostilidad hacia los inmigrantes? Esa lista podría continuar, para incluir a todo el archipiélago político en crecimiento que suele englobarse bajo el nombre de "populismo". ¿Hace falta recordar que si no se hace nada de fondo, el Acuerdo de Schengen morirá, y que el destino del Eurogrupo está en veremos?

Si como decimos Merkel ha mirado a su alrededor, debe haber entendido que sin reglas nuevas esta crisis migratoria habría sido el tiro de gracia para Europa, y que era necesario una respuesta de estadista, sin olvidar que el desafío, según sus propias palabras, no será menor que el de la reunificación de Alemania. Una comparación muy esperanzadora.

Traducción de Jaime Arrambide

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