La maldición de ser tres países en uno

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23 de octubre de 2000  

La comparación con Yugoslavia se impone. Si uno multiplica por diez (¿o por cien?) los enredos en aquella creación balcánica, la solución es fácil: Nigeria. John Gunther, el periodista norteamericano, lo resumió en un párrafo claro: "La falta de homogeneidad de Nigeria constituye, y con mucho, su mayor problema político y nacional. La maldición de este gran país representa una monstruosidad geográfica: tres países en uno". Pero en Yugoslavia había al menos un sueño romántico: reunir en un Estado a países pequeños de origen común. La idea tenía una base. Nada de eso se dio en Nigeria y sigue sin darse.

En una de las primeras notas de esta columna se decía al respecto: "El corrosivo humor de George Bernard Shaw habría tenido amplio y delicioso campo si hubiera pensado en la ocurrencia de su prima Flora Luisa Shaw -ni muy cercana ni muy lejana- para la extraña colección de países que su marido Frederick Lugard (luego creado caballero y después lord) había conquistado en Africa para la corona inglesa". Porque aparte de Lugard y su esposa por un lado, y la presencia de su ubicua Inglaterra por otro, prácticamente nada existe en común entre las numerosas naciones de Nigeria.

Pero si uno trata de explicar por qué en la última semana han muerto más de cien personas en violentos enfrentamientos y 200 en 1999, o por qué por lo menos 20.000 han debido huir (muchos más que en la Intifada II) tiene que caer -como siempre- en largas y complicadas explicaciones. Evitarlas no lleva a ningún lado.

Un intelectual guerrero

Usmán dan Fodio (1754-1817), nació en Degel, en el clan fulani de Ba, en el reino hausa de Gobir. Estudió mística, derecho político e historia y fue profesor de los príncipes de Gobir. Tenía 50 años cuando uno de sus ex alumnos, el rey Yunfa, amenazó con detenerlo. Huyó, y el 21 de febrero de 1804 fue elegido por aclamación como Amir al Mouminim, emir de los creyentes (que los castellanos medievales latinizaban en "Miramamolín").

En esa fecha -una de las más clave de la historia moderna- comenzó la Guerra Santa en Africa Central. Inflamados por la fe y la devoción musulmana -afianzados por su prestigio intelectual- de Usmán, sus hermanos los fulani, pueblo guerrero y orgulloso, atacaron, llenos de celo, los reinos hausa. Cierto es que eran musulmanes, pero se los acusa de muchos abusos y de inclinarse a tolerar el paganismo (Elizabeth Isichei, historiadora ibo, anota, objetivamente, que acaso las explicaciones se parezcan a las que daban los bolcheviques sobre la Rusia zarista y que poco, si algo, tenían que ver con la realidad).

En todo caso, Usmán cambió toda la estructura del poder en la región. En el país hausa, casi todos los reinos vieron nacer dinastías fulanis -que siguen hasta hoy- inspiradas por los principios que él sostenía: no favorecer o mostrar simpatía a un grupo sobre otro; "combatir todo motivo de corrupción", "cuidar los asuntos de los pobres y los necesitados".

Uno de estos reinos fue Ilorin, donde la situación era desastrosa: en el siglo XVIII ningún monarca había fallecido de muerte natural: todos fueron envenenados u obligados a suicidarse. Un fulani, Alimi, fundó la actual dinastía y murió en batalla.

Desde entonces, cuando nació la Nigeria del norte actual, hausas y fulanis se mezclaron entre sí y juntos iniciaron una islamización pacífica. Los musulmanes eran 50 por ciento en 1900 y 95 por ciento en 1964, por ejemplo. En Ilorin pasaron de 21 por ciento (1921) a 75 por ciento (1963). Y son cifras parciales y ya de hace casi cuarenta años.

El sudoeste, tierra de los yoruba, no es menos orgulloso ni guerrero, y ve con desagrado el avance de los hausas-fulanis. Este no es militar y se limita a trabajadores -es decir, a competidores laborales-, a comerciantes -competidores económicos- y al Islam, que socava con éxito a su religión nacional pagana, el vudú . No es de extrañar, por tanto, que el año pasado y éste las cosas hayan salido de cauce.

Por algo los estallidos de violencia han sido mayores en Lagos, la capital, centro de inmigrantes, y en Ilorin, baluarte fulani en tierra yorubo (curiosidad: desde Alimi hasta hoy el rey local se ha mezclado tanto que es más hausa que fulani, y así lo ven sus súbditos).

Los hausas, por su parte, no son menos orgullosos ni guerreros que los demás. Sus reyes se tenían por descendientes de los Califas de Bagdad, tan afamados en "Las mil y una noches". Los ingleses estaban encantados con ellos y llegaron a falsificar el censo de 1963 a tal punto que, se dice, añadieron al Norte nueve millones de almas inexistentes (sic), con lo que llegó al 54 por ciento de toda Nigeria. Los emires y sultanes habían amenazado, en caso contrario, con separarse y declarar su independencia.

De lo seriamente que debe tomarse este factor, puede recordarse los millones de personas que murieron en la fracasada separación del país ibo (Biafra). Más, por supuesto, su importancia como productor de petróleo.

De lo que no hay duda es respecto de la gravedad de los choques de ahora y de la posibilidad, nada irrazonable, de que crezcan y se agraven. Y Nigeria no es un país ni chico ni débil ni marginal. Es el más poblado de Africa.

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