La necesaria llegada de un tsunami espiritual

Elisabetta Piqué
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27 de noviembre de 2013  

"Quien quiera juzgarme, podrá hacerlo por la exhortación apostólica, no por la encíclica." Así les dijo a personas de su confianza Francisco en julio pasado, cuando se publicó "Lumen Fidei", su primera encíclica que, en verdad, es un documento escrito en su mayoría por su predecesor Benedicto XVI, papa emérito, y completado por él.

"La alegría del Evangelio", un título que lo dice todo, es el primer gran documento de Francisco, en el que, por si no había quedado claro en estos ocho meses de pontificado en los que parece que hubieran pasado años, indica claramente que es necesario un cambio para que la Iglesia Católica vuelva a encender los corazones. Y confirma que con Jorge Bergoglio al frente de una Iglesia vista como hospital de campaña luego de la batalla, preparada para curar a los heridos de este mundo -donde el dinero ya no debe gobernar, sino servir-, empezó un "tsunami espiritual", una verdadera revolución.

Con ese estilo claro y directo que desde la noche del 13 de marzo sorprendió al mundo, el papa argentino confirma que ya nada será como antes y que su llegada al Vaticano marca un giro de 180 grados, un antes y un después en la historia de la Iglesia.

El Papa repasa todos los temas que tocó en estos últimos meses en los que no se cansó de llamar a la Iglesia a salir al encuentro de los últimos, a abrir sus puertas y a retornar a la esencia del Evangelio, que debe ser transmitido con una sonrisa, con alegría, con entusiasmo. Confirma que inauguró un estilo de ejercer el papado distinto al que hubo en los últimos siglos: ya no monárquico, ya no verticalista y eurocéntrico, con pompa, alejado de la gente. Así como en estos ocho meses dijo una y otra vez que es un pecador y que no es infalible, Francisco, obispo de Roma, llama a implementar la colegialidad y la sinodalidad impulsadas por el Concilio Vaticano II.

"No creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan la Iglesia en el mundo", afirma. "No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable descentralización."

Francisco habla de la "transformación misionera de la Iglesia", de renovación eclesial, de "conversión del papado". Sin pelos en la lengua, sentencia que una excesiva centralización "más que ayudar complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera". E invita a todos, religiosos y laicos, a ser audaces y creativos al repensar objetivos, las estructuras y el estilo y los métodos evangelizadores. Si por un lado reitera su rechazo absoluto al aborto, por otro critica que la Iglesia no ayude a los que recurren a esta práctica.

Si Francisco desde el 13 de marzo ha descolocado a la jerarquía eclesiástica, sacudida por la llegada de un papa que predica con el ejemplo y atrae, en la exhortación apostólica, deja en claro que no por casualidad eligió ese nombre, Francisco, el poverello de Asís llamado a reconstruir o reparar la Iglesia.

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