La paz no llegó a Afganistán

Todavía quedan mujahidines y células de Al-Qaeda
Todavía quedan mujahidines y células de Al-Qaeda
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27 de enero de 2002  

KABUL.- "Estamos entrando en Afganistán, vuelvan a sus asientos y abróchense los cinturones. Desde este momento volamos en territorio de guerra."

La orden del comandante Vittorio Maccabruni, piloto del C-130 J de la fuerza aérea italiana con destino a Kabul, se oye con dificultad. El ruido de los motores del "camión de los cielos", como llaman al Hércules, es ensordecedor. "Si disparan un misil, como el sistema de autoprotección está activo, podemos engañarlo", explica el comandante. El paisaje es lunar: montañas desérticas color ocre, una geografía imponente, árida como el noroeste argentino, inquietante. Al Norte, la majestuosa cadena del Hindu Kush, totalmente nevada, quiebra el horizonte.

El C-130 comienza a descender, escoltado por otro aparato cuya sombra se dibuja en una colina y, en medio de una planicie, saltan a la vista retazos de tierra labrados. Son los antiguos viñedos de Kabul, destruidos como todo el resto del país, no sólo por una sequía atroz, sino por 23 años de guerra. Viñedos secos y abandonados porque los talibanes prohibían la cultivación y la irrigación. Viñedos donde, según cuentan, los seguidores del mullah Omar han dejado centenares de minas antipersonales. Trampas que, crónicamente, dejan mutilado a algún pobre afgano en busca de leña.

Así de brutal es el Afganistán de la era postalibán. Un Afganistán aún lleno de incógnitas y tensión, donde la paz todavía es un espejismo y donde cualquier cosa puede pasar en cualquier momento.

El Hércules en el que viajamos no lleva comida, medicamentos, o materiales como para reconstruir un país en ruinas. Lleva un blindado del ejército italiano y alambre de púas. Además de este cargamento, en el C-130 viaja una tripulación de cinco personas de la 46 Brigada Aérea, tres periodistas italianos y esta enviada.

El aterrizaje en el aeropuerto de Kabul, una estación aérea destruida durante los bombardeos norteamericanos, que volvió a funcionar hace ocho días, es difícil porque es a vista, explican los miembros de la tripulación, y es posible sólo cuando no hay nubes porque no hay instrumentos. El avión tiene que sortear montañas de 6000 metros de altura y bajar en una suerte de cuenca a 1700 metros.

En el aeropuerto el frenesí es total. Hay centenares de efectivos de los distintos contingentes de la ISAF -Fuerza Internacional de Seguridad y Asistencia, creada a fines de año por resolución de la ONU-, y el tránsito de cargueros es continuo. Alrededor se ven decenas de restos de viejos aviones rusos despedazados.

Cuando el coronel Giorgio Battisti, comandante del grupo táctico italiano, y Fabrizio Centofanti, el public information officer , escoltan a los recién llegados hacia la salida, sucede el primer episodio que recuerda que aquí la guerra todavía no terminó. " ¡Go back! ¡Go back! Behind the wall! ", gritan desaforados unos soldados británicos. Corremos atrás de la construcción señalada, y segundos después, se oye una fuerte explosión: una mina.

Los militares italianos no ocultan que ésta es una misión de alto riesgo. "En Kabul todavía hay mujahidines para desarmar, y no podemos excluir atentados de células de Al-Qaeda aún escondidas en las montañas", afirman. Tanto es así que ayer estaban armando un eventual plan de evacuación de periodistas.

Disparos cotidianos

"Todas las noches oímos disparos", cuenta un cabo de 21 años que prefiere no dar su nombre, que aún aguarda que el llamado cuartel 57, donde se supone que se alojará el contingente, esté en condiciones de habitabilidad. Se trata de un edificio destartalado, con las paredes aún llenas de graffiti pintados por los talibanes, húmedo, maloliente, sucio y con las paredes descascaradas.

Cae la noche en Kabul, ciudad en ruinas, y un frío gélido empieza a penetrar en los huesos. El termómetro marca 19 grados bajo cero, algunas mujeres con burka, descalzas, se calientan las manos en improvisadas fogatas y es tensión lo que se respira en el ambiente. Hay toque de queda de 10 de la noche a 6 de la mañana, sin contar que de día tampoco se puede salir de la ciudad. "Es muy peligroso", advierten los militares italianos. Los caminos aún están en manos de bandas listas para asaltar y matar, y lo que excede Kabul, donde la ISAF no tiene mandato, es tierra de nadie.

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