La peor catástrofe, a la vuelta de la esquina

Paul Krugman
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12 de junio de 2012  

NUEVA YORK.– ¡Guau! Otro rescate bancario, esta vez en España. ¿Quién lo hubiera dicho? La respuesta, obviamente, es todo el mundo. De hecho, toda esta historia se empieza a parecer a un paso de comedia: una vez más, decae la economía, se dispara el desempleo, los bancos se meten en problemas, los gobiernos corren al rescate… pero, por algún motivo, los únicos rescatados son los bancos, y no los desocupados.

Seamos claros: es cierto que los bancos españoles necesitaban el rescate. España estaba al borde de un "círculo vicioso": un proceso archiconocido en el cual la preocupación por la solvencia de los bancos los obliga a vender sus activos, lo que hace bajar su precio, lo que a su vez alimenta la inquietud por la solvencia de esos bancos. Los gobiernos pueden cortar ese círculo con una inyección de dinero. En este caso, sin embargo, la que está en duda es la solvencia del gobierno, por lo que el dinero tuvo que venir de un fondo europeo más amplio.

Así que no hay nada necesariamente malo en este último rescate (aunque habrá que ver la letra chica). Lo más sorprendente es que los mismos líderes europeos que con una mano acordaban juntos el salvataje, con la otra daban enérgicas señales de no estar dispuestos a modificar las políticas que dejaron a casi un cuarto de los españoles sin trabajo.

Y lo que es más notable aún: la semana pasada, el Banco Central Europeo (BCE) se negó a rebajar las tasas de interés. La decisión no sorprendió a nadie, pero que fuese esperable no debería impedirnos ver que fue sumamente rara. El desempleo en la eurozona está por las nubes, y todos los indicadores señalan que el continente está entrando de nuevo en recesión. Mientras tanto, la inflación se desacelera y se hundieron las expectativas de los mercados sobre la inflación futura. Para cualquiera de las leyes más usuales de política monetaria, la situación está pidiendo una fuerte rebaja de las tasas de interés. Pero el BCE no se mueve.

Ni siquiera se toma en cuenta el creciente riesgo de un colapso del euro. Durante años, España y los otros países europeos en problemas escucharon que sólo podrían recuperarse con una combinación de austeridad fiscal y "devaluación interna", lo que significa un recorte de salarios. A estas alturas, ya quedó ampliamente demostrado que esa estrategia sólo funciona con un fuerte crecimiento económico y, además, con una moderada tasa de inflación en el "corazón" de Europa –sobre todo Alemania–, una razón más para mantener bajas las tasas de interés e imprimir un montón de dinero. Pero el BCE no se mueve.

Mientras tanto, los funcionarios de alto rango aseguran que si la gente realmente creyera que son necesarias, la austeridad y la devaluación interna funcionarían. Por ejemplo, Jörg Asmussen, representante alemán en el comité ejecutivo del BCE, que dijo: "La diferencia fundamental entre Letonia y Grecia radica en el grado de aceptación nacional del ajuste, no sólo por parte de la clase política letona, sino de la población".

Cabe aclarar que Letonia se convirtió en el ejemplo por seguir de una supuesta austeridad exitosa, lugar que hasta hace un tiempo ocupaba Irlanda. Lástima que la economía irlandesa se niega a recuperarse.

Se trata de un abordaje de la política económica a lo Darth Vader: lo que Asmussen les está diciendo de hecho a los griegos es: "Su falta de fe me resulta de lo más inquietante".

Ah, y ese éxito de Letonia consiste en un año de crecimiento bastante bueno, después de tres años de depresión. Es cierto que un 5,5% de crecimiento es mejor que nada. Pero en 1934, como efecto rebote de la Gran Depresión, la economía norteamericana creció casi un 11%. Y, sin embargo, la depresión estaba lejos de haber llegado a su fin.

Sumado todo esto, lo que tenemos es el cuadro de una elite de planificadores europeos siempre listos a pasar a la acción para defender a los bancos, pero que no tienen la menor intención de admitir que sus políticas están fracasando con las personas.

Entonces, ¿qué tanto mejor estamos? En el corto plazo, las perspectivas para Estados Unidos no son tan acuciantes como para Europa, pero los pronósticos de la Reserva Federal (Fed) prevén baja inflación y un desempleo alto durante los próximos años, que son precisamente las condiciones ante las cuales la Fed debería entrar en acción para estimular la economía. Pero la Fed no se mueve.

¿Cómo se explica esta parálisis transatlántica frente a un desastre humano y económico en curso? La política es parte de la explicación: digan lo que digan, es evidente que a los funcionarios de la Fed los intimidaron con advertencias de que la aplicación de cualquier política expansiva sería vista como una medida para rescatar a Barack Obama. O sea que existe, además, una mentalidad que considera que el sufrimiento económico tiene algo redentor, una mentalidad que un periodista británico una vez llamó "sadomonetarismo".

Por profundas que sean las raíces de esta parálisis, queda cada vez más claro que hará falta la peor de las catástrofes para que se ponga realmente en práctica alguna medida que no sea salir al rescate de los bancos. Pero no hay que desesperar: al paso que van las cosas, en especial en Europa, la peor de las catástrofes podría estar a la vuelta de la esquina.

Traducción de Jaime Arrambide

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