La política importa más que nunca

Lydia Cacho
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3 de julio de 2012  

CIUDAD DE MEXICO.– Ver el video del presidente del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, que se colaba en la fila de la casilla (mesa electoral) especial de la sección 4616, en la que un centenar de personas esperaba de manera ordenada, desató la ira de la mayoría. Los gritos de "corruptos, corruptos" recibieron la respuesta de una minoría que coreaba "presidente, presidente". El argumento de quienes lo defendieron fue que en las casillas especiales se estaban acabando las boletas y que es una persona importante.

Varias cosas resultaron notables: que los funcionarios de casilla hayan permitido que el político se colara, que a pesar de los gritos él siguiera sonriente y al salir dijera que las elecciones funcionaban con normalidad. Y sí, para muchos priístas y ex gobernadores que creen ser dueños del país, romper las reglas es normal, y siempre habrá quien los justifique.

Por distintas razones, toda la sociedad añoraba que llegara el 2 de julio, que significa el principio del fin de un desgaste social que sólo nos dejan las elecciones. Y por experiencia de las últimas, desde el fraude de 1988, producto de la "caída del sistema" operada por el PRI, la sociedad se politiza y se involucra más en los procesos electorales y paralelamente se muestra más iracunda, rabiosa, irascible y polarizada.

Hubo dos tipos de votantes: quienes votaron de manera informada, responsable y autónoma, pese a posibles presiones de algún partido, y quienes votaron para avalar y mantener esa cáustica y persistente corrupción que no permitió que el país avance. Sabemos que ningún partido se salvó de las trampas previas, compras de voto y acarreos. Ninguno.

Leo la consigna que dice: "Si hay imposición, habrá revolución", y espero que quienes la repiten se refieran a una revolución de ideas, de conciencia cívica, de fortaleza ética. Porque dada la forma en que funciona ya el sistema electoral y con los candados y equilibrios al interior del Consejo Electoral), la única imposición posible del candidato del PRI sería la producida por una mayoría de votos, por menor que ésta sea.

Todos sabían que un fraude cupular resultaría imposible, que lo que hacía falta era una estrategia puntual para construir durante meses un rosario de corruptas alianzas civiles; un escenario que permitiera que fuese una parte de la sociedad la que se hiciera fraude a sí misma al vender su voto para asegurar un trabajo en las burocracias estatales, aceptar dinero o participar en las pirámides de electores.

Más allá de las connotaciones violentas de esa consigna, que afortunadamente no es más que una potente frase, resulta emocionante darnos cuenta de que una buena parte de la sociedad joven defendió su voto y sus ideas políticas como hacía mucho no lo hacía. Porque más allá de las pasiones ideológicas, lo que sucedió anteayer fue vital para el país: rompió con la manida frase de que a nadie le importa ya lo que hagan los políticos. Nos importa más que nunca. Pero, sobre todo, la gran lección es que a la sociedad le importa lo que puede hacer unida. La democracia la seguiremos construyendo y defendiendo gane quien gane, ésa será la verdadera revolución.

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