La presidencia de todo el mundo

No hay ninguna nación que pueda compararse con esa formidable conjunción de legitimidad y creatividad
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29 de octubre de 2000  

CUANDO el pueblo de los Estados Unidos elige su presidente, el mundo observa y se agita. No hay, en este último año del siglo XX, ninguna nación (solitaria o asociada con otras) que pueda compararse con esa formidable conjunción de legitimidad constitucional y creatividad en todos los campos de la acción humana. Cada elección presidencial presenta, por lo tanto, esa doble característica que sigue asombrando, con una mezcla de admiración y envidia, a una platea de espectadores, hoy de alcance ecuménico.

La elección presidencial es un símbolo de la Unión, que conserva con fidelidad instituciones y costumbres originarias y, al mismo tiempo, configura un reto para los tiempos venideros. En el otoño de 1788 se designaron por vez primera los electores de un pequeño grupo de Estados. A comienzos de 1789, ese estamento de notables de una sociedad rural con fuertes componentes esclavistas consagró a George Washington como primer presidente.

Doscientos doce años después, se repite la misma ceremonia, también en otoño, manteniendo incólume el método de elección indirecta del presidente mediante un colegio electoral. Nada cambia para que todo cambie. La ley fundamental aparenta una misma identidad; pero al instaurar el "derecho a tener derechos" (según la bella expresión de Hannah Arendt), esas instituciones básicas ofrecieron un marco sólido para poner en marcha transformaciones que parecen no tener fin.

Desde muy temprano, los Estados Unidos marcaron en el mundo el ritmo del cambio (por eso Sarmiento los llamó en 1847 "una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista"). En el punto de partida, el cambio dilató las fronteras de la sociedad y modificó de raíz sus estructuras. Luego, se expandió por todo el planeta.

Esta combinación de poder legítimo e innovación cultural no generó una sociedad plenamente igualitaria y tampoco obedeció a un designio explícitamente planificado. El poder de la presidencia norteamericana no deriva solamente de los enormes recursos militares y fiscales puestos a su disposición, sino de la capacidad espontánea de la sociedad para crear riqueza y doblegar los obstáculos que se yerguen frente a la inventiva de los actores sociales. En última instancia, el poder político es allí un retoño de ese dinamismo, que, como advirtió Schumpeter, genera una potencia equivalente para crear y destruir. Sólo las raíces institucionales han podido encuadrar este fantástico empeño que ya ha cumplido más de dos siglos.

Esta es la tercera elección que tiene lugar en los Estados Unidos a la vuelta de dos siglos. En la primera, en el otoño de 1800, la victoria correspondió a Thomas Jefferson; en la segunda, en el otoño de 1900, el triunfo recayó en Theodore Roosevelt. Si Jefferson abrió las puertas de la alternancia y consolidó el rol legítimo de la oposición, el primer Roosevelt embarcó a los Estados Unidos en la aventura imperial.

En pocos días se conocerá el veredicto de la tercera elección entre dos siglos. ¿Acaso arrastra esta carrera, con final de cabeza a cabeza, liderazgos semejantes a los que protagonizaron las dos anteriores? En principio, la respuesta es negativa. Esta circunstancia tiene antecedentes en la historia norteamericana. A los fuertes liderazgos suceden presidentes que, salvo los historiadores, nadie recuerda.

Pero el aspecto más impactante de estas elecciones, por encima del bajo tono de los candidatos, es el contraste que resulta de poner frente a frente estos estilos políticos con una colosal transformación. Diez años continuos de un crecimiento generado por altísimos niveles de productividad del trabajo han convertido los Estados Unidos en el núcleo planetario de una tercera revolución impulsada por la informática (el vapor y la electricidad desencadenaron, respectivamente, las dos primeras), que, según muchos estudiosos del tema, apenas comienza.

Desde luego, como aconteció en el curso de las revoluciones anteriores, estas mutaciones han provocado desigualdades y un nuevo tipo de marginalidad. En los Estados Unidos los sectores altos mejor educados, asociados a la tecnología, multiplican vertiginosamente sus ingresos, mientras los pobres ignorantes, aun accediendo al mercado de trabajo, ganan cada vez menos. Hasta el momento, ninguna política pública ha logrado torcer esta tendencia, ni tampoco aumentar el ahorro interno frente a la demanda de inversión. Como consecuencia de ello, el déficit en la cuenta corriente no ha decrecido y el mundo entero financia a los Estados Unidos. Pese a ello, el hecho relevante de haber alcanzado la meta del superávit fiscal durante los últimos ejercicios presupuestarios es una lección de buen gobierno que los argentinos nos empeñamos en desconocer.

Sería difícil negar la capacidad de liderazgo del presidente Clinton en este terreno. Pero, más allá de estos logros, la imagen recurrente que parece imponerse es la de una superpotencia sin rivales, donde una política de pasos cortos avanza a la zaga de una sociedad más rápida y mejor entrenada. La sociedad y la cultura marcan el rumbo; la política, por su parte, sigue la estela.

Según la perspectiva que ofrece una sociedad abierta, esta relación asimétrica no es, en sí misma, negativa. Ocurre, sin embargo, que la responsabilidad mundial de los Estados Unidos tiene tanto peso como su responsabilidad doméstica. En los escenarios del sistema internacional, la mediocridad de los liderazgos se agranda como en un espejo deformante.

Las dudas que este cuadro sugiere se acrecientan en nuestra región. Un vacío de liderazgo político puede, en efecto, cristalizarse en estancamiento. De todos modos, no nos adelantemos a los acontecimientos. Muchas veces el ejercicio del cargo (cómo no recordar a Harry Truman) despierta virtudes ignoradas. Habrá que esperar. Lamentablemente, la elección de todo el mundo tiene ese carácter porque todos somos espectadores.

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