La promesa chavista dejó de ser creíble

Moisés Naím
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24 de febrero de 2014  

WASHINGTON.- "América latina no es competitiva ni siquiera con sus tragedias", me dijo un cínico amigo. Se refería a que allí la pobreza no es tan infernal como en África, los conflictos armados no son tan amenazantes como en Asia y los terroristas, no tan suicidas como los de Medio Oriente. Por esto el resto del mundo no suele prestarles demasiada atención a los problemas de la región.

En estos días, las horribles imágenes de la represión de las calles de Caracas están en desventaja a la hora de competir por la atención de periodistas y políticos con las que llegan de Kiev. Los eventos de Ucrania son más sangrientos; las imágenes, más dramáticas, y los números, más trágicos. En contraste, lo que ocurre en Venezuela es menos crítico. Para muchos, lo que está en juego es un episodio más del ya largo enfrentamiento entre un gobierno que quiere a los pobres y detesta a los Estados Unidos y una oposición que algunos periodistas suelen describir como una "clase media" que no logra ganar elecciones. Esta descripción es errónea. La mitad de los venezolanos están en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Así lo demuestran las encuestas y los resultados electorales. A pesar de sus documentados abusos y trampas, el gobierno gana elecciones por un margen mínimo.

Además, la "clase media" está muy lejos de ser el 50% de la población. Por lo tanto, la mitad de los venezolanos que demostraron estar en contra del gobierno necesariamente incluye a millones de los pobres que Maduro dice representar. Ésta es la mitad el país cuyos hijos están en las calles protestando contra un régimen que los reprime como si fueran un enemigo mortal. Y quizá lo sean. Representan la avanzada de una sociedad que ya no aguanta más a un régimen que lleva 15 años abusando del poder y cuyos resultados están a la vista: ha llevado a Venezuela a ser el campeón del mundo en inflación, homicidios, inseguridad y desabastecimiento de bienes indispensables. Todo esto a pesar de tener las mayores reservas petroleras del mundo y de que el gobierno tiene el control absoluto de las instituciones del Estado. Usa el poder para comprar votos, encarcelar opositores o cerrar canales de televisión, no para crear prosperidad para todos.

Las protestas de los estudiantes simbolizan la pérdida del principal mensaje político en el que Hugo Chávez basó su popularidad: la denuncia del pasado y la promesa de un futuro mejor. La denuncia del pasado ya no rinde. El chavismo es el pasado. Y los catastróficos resultados de su gestión están a la vista, por lo que las promesas del régimen ya no son creíbles.

Las luchas y sacrificios de los jóvenes podrían tener consecuencias más allá de su país. Enfrentar al gobierno es enfrentar la grotesca influencia de Cuba en Venezuela. Sin la inmensa ayuda económica de Venezuela, la economía cubana ya hubiese colapsado. No hay mayor prioridad para los Castro que tener en Venezuela a un gobierno que siga dando su apoyo. Y, como sabemos, el gobierno cubano tiene décadas de experiencia en el manejo de un Estado policial represivo y experto en manipulación política y la "neutralización" física o moral de sus opositores.

Nunca es más oscura la noche que antes del amanecer. Y Venezuela está pasando por momentos muy oscuros.

Pero quizás esté a punto de llegar al amanecer.

© El País, SL

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