La región que decidirá el futuro de Bush

La guerra en Irak no condujo a un período pacífico como esperaba la Casa Blanca
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28 de mayo de 2003  

WASHINGTON.- La frase "arco de crisis" fue acuñada por Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del ex presidente James Carter, después de una revolución en Irán y de la invasión soviética a Afganistán.

Describía el fervor religioso, la inestabilidad y la importancia económica y estratégica del mundo desde el sur de Asia hasta el Mediterráneo.

Hoy, esa región está una vez más poniendo a prueba el liderazgo norteamericano en formas que impacientarían y abrumarían a cualquier gobierno. Pero terminada la guerra en Irak y en momentos en que muchos de los colaboradores de Bush esperaban un período pacífico que conduzca hacia una reelección sin tropiezos el año próximo, los problemas parecen particularmente inoportunos.

Los atentados perpetrados en Arabia Saudita este mes hicieron más que destruir partes de tres complejos de viviendas extranjeras en Riad. Hicieron sobresaltar la complacencia norteamericana de que la campaña contra el terrorismo había sido ganada junto con la guerra en Irak y sacaron a la luz nuevas y profundas inquietudes en Washington respecto de la capacidad del gobierno saudita, y acaso de su voluntad, para ayudar a aplastar células terroristas presuntamente enquistadas en él.

Además, está el agudizado dilema respecto de Irán, que a juicio de algunos analistas del gobierno de Bush alberga células de Al-Qaeda que intervinieron en los atentados en Arabia Saudita. Funcionarios norteamericanos han expresado que Irán ya está poniendo a prueba la paciencia norteamericana apoyando grupos militantes chiitas en Irak y acelerando su programa de armas nucleares.

Más allá de Irán y de Arabia Saudita, se cree que Al-Qaeda desarrolla actividades en Afganistán y, más al Este, en Paquistán, donde cuenta con un considerable apoyo popular. Los militares norteamericanos se quejan de la decisión que les impide ir tras células de Al-Qaeda en Paquistán. El temor es que una visible presencia militar norteamericana en Paquistán desestabilizaría al gobierno de Pervez Musharraf.

La credibilidad norteamericana en la región también ha sido minada, según ciertos diplomáticos árabes, porque no se pudo hallar por ninguna parte ni a Saddam Hussein, ni a Osama ben Laden, ni ningún arma no convencional en Irak, motivos que el gobierno norteamericano presentó para ir a la guerra.

Lo único positivo, por ahora, es que el gobierno de Bush finalmente parece haber modificado el tenebroso estado de cosas en Medio Oriente. Lejos se está de asegurar la paz, pero al menos el esfuerzo de paz parece estar más vivo que hace dos años y medio. El fin de semana, la Casa Blanca logró que el premier israelí, Ariel Sharon, aprobara -aunque a regañadientes- su plan de paz, conocido como la "hoja de ruta".

Los nuevos problemas

Pero el plan, que contiene una serie de concesiones recíprocas que supuestamente llevarán en un lapso de tres años a la creación de un Estado palestino, planteó una nueva serie de problemas par el gobierno norteamericano. Sumergió a Bush en lo que sus colaboradores coinciden en señalar que se trata de una nueva y riesgosa etapa de participación directa en la negociación de un acuerdo respecto del más arduo de los problemas, un lodazal que empantanó antes a muchos negociadores, incluyendo al ex presidente Clinton hacia el final de su gestión.

"¿Existen muchas formas en las que esto podría descarrilarse?", preguntó un alto funcionario norteamericano involucrado en las negociaciones para persuadir a Israel para que acepte la propuesta. "Por supuesto", añadió.

Entre las arduas alternativas norteamericanas figuran cuánta presión ejercer sobre Israel en aras de la paz y en qué medida seguir trabajando con los aliados europeos, árabes, y otros, para alcanzar una solución en un terreno donde Estados Unidos siempre ejerció la función predominante.

Otra consecuencia negativa de la guerra en Irak es que los árabes y europeos que apoyaron a Estados Unidos están pasando factura y, a cambio, exigen que Bush dé mayor impulso a la creación de un Estado palestino.

Varios colaboradores de Bush afirman que un Estado palestino nunca fue una máxima prioridad para el presidente. El ala conservadora de su base política -incluidos cristianos evangélicos y muchos judíos- se opone a cualquier decisión de presionar a Israel con el propósito de que haga concesiones respecto de la creación de un Estado de esa naturaleza.

El propio Bush tendrá que decidir en qué medida se involucrará en Medio Oriente. Los diplomáticos europeos, que tentaron al gobierno estadounidense a participar de lo que va del proceso, ahora pretenden mayores compromisos de parte de Estados Unidos.

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