La revolucionaria visión del primer papa global

Andrea Riccardi
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29 de julio de 2013  

MILÁN.- El viaje de Francisco a Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud llamó la atención por algunas curiosidades: el Papa subiendo al avión maletín en mano, la multitud que casi aplasta el "utilitario" en que se desplazaba y que se había equivocado de calle...

Pero también está lo otro. Un viaje, para un papa, es un descubrimiento, especialmente el primero: ve de otro modo la Iglesia y el mundo. Le ocurrió a Juan Pablo II en México en 1979, y Wojtyla se convenció de la crucial importancia de viajar de ese modo.

En Brasil, Bergoglio se encontró con enormes multitudes. Su popularidad no es sólo un fenómeno italiano, sino que comprende también a América latina, donde el éxito de un argentino no se daba por sentado. Se confirma así que el "pueblo" está con el Papa. Y sucede justo cuando en los ambientes eclesiásticos, aunque cautamente, surgen críticas sobre la forma de gobierno de un papa demasiado distinto.

Para Francisco, el "pueblo" no es un contorno pasivo. No se restringe sólo a los cristianos practicantes y comprometidos. La suya es una "teología del pueblo" (distinta de la teología de la liberación, fundada sobre la lucha de clases): para Bergoglio, el pueblo, aunque sea sencillo, es portador de una experiencia humana y religiosa, portador de una intuición de la fe. Lo dijo en el santuario de la Aparecida, corazón popular de Brasil: "Puede decirse que el documento de Aparecida nació justamente de ese entrecruzamiento de la labor de los pastores y de la fe sencilla de los peregrinos". Ese entrecruzamiento es vital para el Papa, y así lo vivió durante sus días en Brasil.

No es populismo. El documento de Aparecida, en el que Bergoglio tuvo una participación directa (es suya, por ejemplo, la parte dedicada a las condiciones de los ancianos), habla de una Iglesia de las calles y de la periferia, y cercana a los pobres. Es la Iglesia de Francisco en un mundo que ha cambiado mucho, pero mucho más de lo que somos conscientes en Europa.

La Iglesia debe recolocarse en un mundo que ha perdido su centro a todo nivel: desde la existencia de las personas reducida a algo periférico, pasando por el tema de la crisis de Europa y Occidente, hasta las naciones que se ven despojadas de su identidad por la globalización. Francis Fukuyama, en los albores de la globalización, habló del "fin de la historia". A la pérdida se suele responder colocándose uno mismo o un pequeño mundo en el centro, casi para negar la irrelevancia y la "periferización". Parecería que la historia se detuvo, a pesar de la abundancia de crónicas. Para Bergoglio, en cambio, la historia vuelve a ponerse en movimiento con una vibración profunda: "La fe", les dijo a los jóvenes en Río, "realiza en nuestras vidas una revolución que podríamos llamar copernicana, porque nos quita del centro y se lo devuelve a Dios. La fe nos sumerge en su amor, que nos da seguridad, fuerza, esperanza. En apariencia nada cambia, pero en lo profundo de nosotros cambia todo".

La revolución de Bergoglio es poner a Dios en el centro: así se reconstruye una comunidad humana también en los mundos periféricos. Viendo la crisis de los países emergentes, como Brasil, de los países opulentos, y de las penurias de los más periféricos, Bergoglio cree que hay que ir al fondo: alentar las energías espirituales latentes en la gente y en los pueblos.

El Papa siente el límite de la sociedad, signado por la avanzada globalización financiera. Propone una apertura: "La medida de la grandeza de una sociedad está dada por el modo en que trata al más necesitado...".

Con su mensaje, Francisco busca crear un centro en un mundo sin centro. Les dijo a los jóvenes: ¡hoy Río es en centro de la Iglesia! Cree que los mundos periféricos están ligados. En los lugares pobres de Brasil repitió: "¡Ya no están solos!". Porque quien se abre a Dios reencuentra con otros un centro en la vida y se abre también a los pobres.

Puede parecer un deseo piadoso y nada más. Por cierto no es un proyecto político. Pero así el Papa enfrenta las raíces de la crisis antropológica y política de nuestro tiempo. Sin espíritu nos deshumanizamos: ése es el humanismo evangélico de Bergoglio, que como el de los franciscanos no se fuga de la realidad. Es una propuesta espiritual, antigua y nueva al mismo tiempo, la propuesta de quien es, en efecto, el primer papa global.

Traducción de Jaime Arrambide

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