La traición del talibán californiano

Por Mario Diament
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26 de enero de 2002  

MIAMI .- En vista de la imposibilidad de capturar a Ben Laden, los norteamericanos parecen haber encontrado un sucedáneo en la figura de John Walker Lindh, el californiano de 20 años detenido en Mazar-e-Sharif cuando combatía con las fuerzas de Al-Qaeda.

En los Estados Unidos, el público ha reaccionado con una mezcla de asombro y fascinación a la historia de Lindh, hijo de una familia de Marin County, una próspera localidad próxima a San Francisco, que a los 16 años abrazó el islam, se marchó a Yemen para aprender árabe y terminó uniéndose a las fuerzas de Ben Laden en Afganistán.

La especulación acerca de los motivos que podrían haber empujado a un joven californiano a abrazar una causa tan excéntrica como la de los talibanes adquirió una nueva e inesperada dirección cuando el semanario sensacionalista The National Enquirer reveló que Frank Lindh, el padre de John, había dejado a su esposa "por otro hombre".

El descubrimiento de la homosexualidad del padre, del que también se hizo eco la prensa seria, habría, según estas teorías, empujado a John Walker a una corriente religiosa donde el adulterio y la homosexualidad son percibidos como delitos punibles con la muerte.

Un adolescente confundido

Pese a las extremas medidas de seguridad que rodearon la llegada de Walker a los Estados Unidos, no existen evidencias de que personalmente se hubiera involucrado en alguna actividad que pusiera directamente en peligro la vida de ciudadanos norteamericanos o que cometiera actos de traición.

Pero esto no parece disuadir a John Ashcroft, el fiscal general, para quien la traición de Walker no tiene atenuantes puesto que ya en junio Walker sabía que grupos kamikaze de Al-Qaeda se encontraban planeando un ataque de envergadura en los Estados Unidos y no hizo nada para evitarlo o prevenir a los norteamericanos.

Por ello, Walker enfrenta cargos de conspiración para matar norteamericanos en Afganistán, provisión de apoyo material y recursos a organizaciones terroristas extranjeras, participación en transacciones prohibidas con los talibanes y provisión de bienes y servicios a y en beneficio de los talibanes.

Sus padres alegan que cuando se marchó hace cuatro años, John era un adolescente confundido en busca de una causa, pero Ashcroft, que cada día se parece más al implacable Javert de "Los Miserables", responde a esto sentenciando: "La juventud no es una absolución de la traición y el autodescubrimiento personal no puede ser tomado como excusa para tomar las armas contra el país de uno."

El caso contra Walker es, en si mismo, un embrollo legal donde ni siquiera está claro si él sigue siendo norteamericano, mucho menos si sus delitos corresponden al crimen de traición a la patria.

Una de las paradojas de la situación es que cuando Walker se unió a los talibanes, esa organización contaba con el apoyo de los Estados Unidos en su guerra contra la Alianza del Norte, la misma que Washington decidió apoyar cuando se lanzó a la caza de Ben Laden.

La defensa no se privará tampoco de citar un libro recientemente aparecido en París, "Ben Laden: La Verdad Prohibida", de Jean-Charles Brisard, un ex funcionario de la inteligencia francesa y del periodista Guillaume Dasquie, donde los autores alegan que George W. Bush obstruyó una investigación sobre las actividades de los talibanes, bajo presión de compañías petroleras.

El libro cita el testimonio de John O´Neill, un ex subdirector del FBI que pereció en el atentado del 11 de septiembre a las Torres Gemelas, quien había renunciado dos meses antes en protesta por estas interferencias.

El libro denuncia que Bush obstaculizó la investigación de las agencias de inteligencia al mismo tiempo que presionaba a los talibanes para que entregaran a Ben Laden a cambio de reconocimiento político y ayuda económica.

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