La visión económica de Francisco, bajo la lupa de expertos

Un defensor y un crítico discuten qué alternativas ofrece el Papa contra la pobreza y la desigualdad
Ramiro Pellet Lastra
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10 de octubre de 2016  

Las críticas del Papa al sistema económico son bien conocidas. Desde su llegada al Vaticano, Francisco ha cuestionado en incontables audiencias, homilías y entrevistas la "globalización de la indiferencia" y la "cultura del descarte", entre otras plagas modernas, además de reclamar por todo lo alto que el capital "no mande sobre los hombres, sino los hombres sobre el capital".

Pero detrás de esas consignas generales, de fuerte intención humanista, su exacto significado ha sido objeto de debate. Se escribieron libros enteros tratando de explicar lo que realmente sabe, quiere y propone Francisco sobre lo que debe ser la función exacta y la marcha correcta de la economía global.

La duda se centra en qué alternativas ofrece a eso que tanto cuestiona. Luchar contra los males de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, de acuerdo. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Sobre qué base? ¿Con qué herramientas? Según sus críticos, como es bien sabido, su receta de recambio no sería otra que el populismo: un dirigismo con aires de redistribución.

"Me parece que cuando toca temas económicos tiende a usar una retórica populista, lo que también refleja que no parece saber mucho sobre cómo funciona la economía. No estoy seguro de que entienda cómo funcionan los mercados", dijo a LA NACION el norteamericano Samuel Gregg, un politólogo a la vez católico y liberal, durante una visita a Buenos Aires para debatir sobre la visión económica y ambiental del Papa.

Gregg, director de investigaciones del Acton Institute -que promueve la libertad política y económica en el marco de una ética cristiana-, comparte los objetivos de Francisco en cuanto al bien común como un ideal. Pero no a costa de librarse del libre mercado, que sería poco menos que matar la gallina de los huevos de oro, como sucedió bajo los regímenes comunistas.

"No discuto los objetivos del Papa. Yo también quiero sacar a los pobres de la pobreza. Pero creo que algunos de los medios que recomienda generalmente no funcionan. Así lo experimentaron en América latina, África y gran parte del mundo. Ahora bien, hay problemas como el materialismo y el consumismo que los mercados no pueden arreglar, porque no son problemas económicos, sino culturales y espirituales. Ahí es donde creo que la Iglesia tiene mucho que decir", señaló.

Incluso los devotos de Francisco deben admitir que sus conocimientos sobre la ciencia de la escasez son más bien escasos. Como el economista italiano Stefano Zamagni, profesor de la Universidad de Bolonia y consultor del Vaticano, que en diálogo con LA NACION disculpó esa falta de rigor al señalar que Bergoglio "estudió Química, no Economía".

Para Zamagni, Francisco, de todos modos, sabe lo que quiere: "Se refiere a un tipo de economía que es la economía civil, una economía orientada al desarrollo humano integral. Un modelo de economía que tiene en equilibrio la dimensión del crecimiento con la dimensión relacional y con la dimensión espiritual".

Si al Papa no se lo escucha hablar maravillas del mercado, según Zamagni, no es que rechace su capacidad de generar riqueza. Subraya sus limitaciones, es cierto, pero también conoce sus fortalezas. En una reunión con grandes empresarios italianos en Roma, a principios de año, "les dijo que tienen la vocación de producir riqueza. De producir, no de distribuir. La vocación de realizar las condiciones para el bien común. Ningún papa antes hizo un discurso así a los empresarios".

¿Pero por qué no es igual de expresivo frente al gran público, frente a esas multitudes fervorosas que asisten a verlo en los viajes internacionales y a la Plaza San Pedro? "Lo que pasa es que cuando habla no siempre utiliza las palabras correctas -dijo Zamagni-. Es un problema de vocabulario. Pero va a cambiar. Yo he visto que hay una diferencia entre ahora y hace dos años. Es inteligente y va a modificar su lenguaje, pero no los conceptos, que son siempre los mismos."

Zamagni rechazó asimismo la etiqueta de populista que se le endosa a Francisco: el Papa no es "populista", sino "popular".

"La gente confunde populista con popular -afirmó-. Este papa no es como Benedicto, que no era popular. Benedicto era muy introvertido, quería hablar sólo con pequeños grupos y le daba miedo cuando le daban para alzar un chico. Este papa habla con multitudes. Es popular porque prefiere relacionarse con el pueblo. El populismo es la degradación de lo popular."

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