Las guerras de la religión

Por Narciso Binayán Carmona
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28 de enero de 2002  

Una vez más (y son muchas), Juan Pablo II, viejo y frágil, pero no débil, ha demostrado su poder y, una vez más, ha puesto en evidencia la candorosa ingenuidad de Stalin con aquella histórica frase: ¿cuántas divisiones tiene el Papa? En esta ocasión en Asís no ha necesitado movilizar sus pacíficas tropas -como en Polonia hace unos lustros- pero ha logrado algo más difícil al reunir a los dignatarios de casi todas las religiones del mundo, y no sólo a los creyentes en la fe de Abraham: judíos, cristianos y musulmanes, sino también a los budistas y a los paganos (parecen haber sido excluidos los cultos americanos precolombinos). El objetivo era inobjetable: rogar por la paz.

Trae este encuentro a la memoria algunos precedentes menos generales, pero no por ello menos valiosos, y en primer término la famosa definición del Gran Khan Mongka (nieto de Genghis Khan) en Karakorum (Mongolia), el enviado de San Luis, el franciscano Guillaume de Rubrouck: "Todas las religiones son como los cinco dedos de una mano" (luego la completó diciendo que el budismo era la palma). Y, en especial, el debate del 20 de mayo de 1254 en que, unido a sus hermanos en la fe en el Dios único, los musulmanes, derrotó a los teólogos budistas.

Más conmovedor resulta el que nos cuenta el gran viajero marroquí Ibn Battuta cuando, en Damasco, "en los días de la gran peste" (la peste negra) en julio de 1348, tras tres días de ayuno, "salieron todos caminando con coranes en la mano... los judíos con su Torah, los cristianos con su Evangelio.Y todos llorando, rogando en procura del auxilio divino. Y Dios el Altísimo los alivió".

Sin señales de amainar

Ahora, en 2002, la guerra sigue siendo -como entonces- una calamidad mayor que cualquier peste. Y, desgraciadamente, no da señales de amainar. Al contrario.

En la misma Europa la varias veces centenaria guerra entre los irlandeses y sus conquistadores ingleses continúa metamorfoseada en guerra de religión: católicos contra protestantes (aunque, ironía cruel, fuera Adriano IV (1154-1159), el único papa inglés, quien legitimara por una bula la invasión y conquista). Pero la guerra continúa. Y en Bosnia, donde cristianos y musulmanes convivían en paz, resurgió en forma inesperadamente cruel en la década pasada tras la disolución de Yugoslavia.

Las guerras de religión continúan también, esporádicamente, en Africa, tanto entre los negros (musulmanes contra cristianos al norte de Nigeria) como entre los blancos (musulmanes contra musulmanes considerados apóstatas en Argelia) e incluso allí también contra cristianos.

Hace un poco más de medio siglo nacieron dos nuevos países confesionales: Israel, fundado sobre la base del judaísmo, y Paquistán, sobre la del islam. En uno y otro caso la guerra los acompañó hasta ahora, e incluso cuando la realidad geográfica y étnica se impuso y Paquistán se dividió dando lugar a Bangladesh, fue a través de una guerra. Y todo ello sin entrar en detalles como Cachemira o los conflictos de tipo religioso en el sudeste asiático.

Y se contrapone la esperanza que llevó al Santo Padre a convocar al encuentro de Asís para rogar a Dios en conjunto, con la triste realidad de que pueda estallar una guerra entre judíos y musulmanes en Palestina, o entre musulmanes e hinduistas (y también musulmanes) en el subcontinente indio. Todo se podría evitar si los protagonistas siguieran sus propias Escrituras. Pero, ¿las seguirán?

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