Las tres crisis que desafían a todos los brasileños

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
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18 de abril de 2016  • 01:19

SAN PABLO.- Una presidenta en la puerta de salida de emergencia, un Congreso que festeja con euforia el trauma político que divide a Brasil , un oficialismo que define como "golpe" un procedimiento previsto por la Constitución, un eventual nuevo mandatario también sospechado de corrupción.

Si los dos dígitos de las tasas de desempleo y de inflación o la cifra negativa de crecimiento de los últimos años son los indicadores irrefutables de recesión, entonces esta noche es la señal más tangible de que Brasil vive una de las peores crisis políticas de su historia.

Como si eso no fuera poco, detrás de la recesión o la debacle política, hay otra crisis, incluso más profunda.

"Por primera vez, Brasil tiene tres crisis a la vez. La primera es económica; la segunda es la política, que agravó el problema, y la tercera, es la crisis moral, que tiene que ver con la corrupción", dijo a LA NACION Rubens Barbosa, analista político y ex embajador brasileño en Estados Unidos.

Ante el aplastante resultado de la votación de ayer, es previsible que también el Senado se incline por abrir el juicio político contra Dilma Rousseff . La mandataria deberá entonces apartarse del poder por 180 días, mientras dura el proceso.

La tarea de enfrentar, aplacar y hasta tal vez solucionar de raíz esas tres crisis recaerá entonces en Michel Temer , el ambicioso líder del partido de mayor alcance territorial de Brasil y probable nuevo presidente a partir de mayo, cuando comience el impeachment .

El desafío no será sólo para él; lo será para toda la clase dirigente, para todos los brasileños. El riesgo de no enfrentar el desafío es que Brasil se deslice rápidamente por su empinado tobogán político, económico y social.

Temer tendrá a su favor el alivio que llega ante la percepción del fin de un conflicto –el de la ofensiva por el impeachment - y el optimismo que nace con una etapa nueva.

En contra, tendrá varios escenarios más. Por un lado, como Dilma o Lula, el vicepresidente no es ajeno a las investigaciones del juez Sergio Moro sobre el esquema de corrupción de Petrobras. La pesquisa, por ahora, continúa y el magistrado no parece dispuesto a detenerse ante nada ni nadie.

Temer tampoco es extraño al estilo de política que empieza a cansar a los brasileños y a tentarlos con un "que se vayan todos".

Ese estilo quedó en evidencia en los últimos días. El vicepresidente se embarcó en un verdadero negocio en el que cada voto a favor del impeachment era cambiado por puestos en su eventual gobierno.

El vicepresidente se embarcó en un verdadero negocio en el que cada voto a favor del impeachment era cambiado por puestos en su eventual gobierno

Cuando empiece su mandato, llegarán sus acreedores políticos, mientras el Partido de los Trabajadores lo sigue con celo.

La sombra y el peso de la crisis política y de la investigación del Lava Jato tal vez lleven a Temer a pensar que lo más fácil será dedicarse a revertir la recesión y devolver la esperanza de bienestar a los brasileños.

También allí el vicepresidente podrá toparse con más de un obstáculo.

Un reciente informe del Instituto Petersen para la Economía Internacional indicó que el escenario más optimista para Brasil habla de una recuperación en cinco años; el más pesimista apunta a diez.

Si para Temer el desafío estará en sobrevivir a sus propias artes políticas y a la investigación de corrupción y dar vuelta la economía, para los brasileños estará en mantener la misma vigilancia cívica sobre sus políticos, que los sacó a las calles en los últimos meses y, fundamentalmente, en junio de 2013.

En ese momento, sin divisiones ideológicas o sociales, millones salieron a las calles para protestar por el aumento en el precio del transporte. Fue, para muchos, un despertar del poder cívico de los brasileños. Las tres crisis que dominan Brasil reclaman que ese poder no se adormezca.

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