Las viudas de Kabul, obligadas a mendigar para poder sobrevivir

Son unas 3000 y viven en total miseria
Son unas 3000 y viven en total miseria
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30 de enero de 2002  

KABUL.- Wahida, que todos los días pide limosna en el bazar debajo de su desteñida burka celeste, es una de las 3000 viudas de Kabul. Como el 40 por ciento del millón de habitantes de esta ciudad que intenta revivir luego de 23 años de guerra, Wahida no tiene nada. A sus seis hijos los alimenta con pan y té y vive en un océano de miseria.

El colapso del régimen de terror del mullah Omar no significó grandes cambios para ella. "La única diferencia es que ahora puedo salir a mendigar sola. Antes tenía que ir acompañada por mis dos hijos mayores. Pero los talibanes me pegaban igual cuando me veían dar vueltas sola", cuenta con ojos llenos de lágrimas.

Wahida vive en lo alto de una de las paupérrimas montañas que rodean Kabul, una ciudad que se levanta en una especie de cuenca, en medio de altos cerros, en una geografía inquietante que recuerda a La Paz.

Como en la capital de Bolivia, en las partes altas, color ocre, se amontonas cientos de atroces viviendas de barro, una encima de la otra, a la buena de Dios. Construidas ilegalmente hace unos 15 años por gente del interior que emigró a la capital en busca de un futuro mejor, se trata de virtuales villas miseria. No hay agua, no hay luz y no hay cloacas. Y el olor a orina es intenso, insoportable.

Tampoco hay calles, sino empinadas sendas en medio de polvo, barro, bloques de piedra y basurales. Más de una vez por día Wahida y sus hijos las recorren, para bajar al bazar a pedir limosna o a buscar agua en baldes que suben al hombro, colgados en los extremos de una caña.

Dollars! ¡Dollars! ¿How are you? ¡Thank you! ", gritan los niños del barrio, alborotados por la extraña presencia de una periodista extranjera, que sube junto a Karima hacia la cima. La nube de chicos, poco abrigados y con la piel llena de escoriaciones pero sonrientes, nos sigue.

Después de 20 minutos de caminata con vistas espectaculares hacia Kabul, llegamos a su casa. Una vivienda de barrio con una sola habitación de tres metros por dos, donde los únicos muebles son algunas viejas alfombras, y una suerte de calentador a carbón, que sirve como estufa. "Ni siquiera tengo para el carbón, y quemo plásticos, o lo que haya, pa calentarnos. A la noche, igual, nos morimos de frío", dice.

En las paredes, sucias y llenas de manchas de humedad, hay un cuadrito con los típicos versos del Corán presentes en todas las casas: "No hay otro dios que Alá, Mohammed es el profeta de dios". El baño, un agujero en la tierra en otra maloliente habitación de adobe, está afuera.

En TV Mountain

Según explica Massud, mi intérprete, la montaña se llama TV Mountain: antes de los bombardeos norteamericanos, en su cima solían estar las antenas de TV de Kabul.

"En el bazar había escuchado que estaba preparándose una guerra. Decían que había pasado algo grave y que los norteamericanos estaban enojados con los talibanes. Pero no sabía que las bombas iban a caer justo arriba de mi casa", dice. "Temblaba todo, caían piedras de la montaña y se rompieron los vidrios."

Wahida, una mujer de 32 años que aparenta muchos más, perdió a su marido en 1998. Se llamaba Khairogul, vendía verduras en un carrito ambulante y fue herido en uno de los tantos enfrentamientos que convirtieron gran parte de Kabul en una ciudad arrasada. Poco después, un infarto terminó de matarlo mientras subía a TV Mountain.

El día de Wahida comienza a las seis de la mañana. "Vamos todos a la mezquita a rezar, después preparo el té, si hay clases, los chicos van al colegio, y si no, bajamos todos a pedir limosna." En un día, si todo va bien, lleva a casa algún pedazo de pan y 10.000 afganis, menos de cincuenta centavos de dólar.

Wahida se considera la más pobre de TV Mountain: "Otros vecinos tienen televisión", dice, mostrando que en algunos techos hay antenas. Odia pedir limosna. Le encantaria conseguir un trabajo, pero para las mujeres de Kabul es algo casi imposible.

Aunque parezca increíble, Wahida, la más pobre de Kabul, no perdió las esperanzas. "Espero encontrar un trabajo, si es posible en un salón de belleza", dice, con los ojos negros que se iluminan. "Creo en Alá, y en un futuro mejor".

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