Llegó la hora de que Fox se defina

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4 de diciembre de 2001  

MEXICO D.F.- El chiste favorito de los críticos del presidente Vicente Fox dice que el mandatario mexicano fue a confesarse a la iglesia el pasado fin de semana, al cumplirse el primer aniversario de su mandato, y le pidió a Dios perdón por aquellas acciones suyas que pudieran haber causado algún sufrimiento. El Señor, sorprendido, le respondió: "¿Perdón?, ¿por qué? Si no hubo acciones...!"

Es un buen chiste, pero algo injusto. Tras un año de su toma de posesión como primer líder de oposición en llegar a la presidencia de México en más de siete décadas, es obvio que Fox no ha satisfecho las enormes expectativas que había generado durante la campaña electoral, pero su gestión tampoco ha sido una calamidad.

Aunque los medios mexicanos le disparan de todos lados, las encuestas muestran que un 60 por ciento cree que su gestión ha sido buena o muy buena. Su nivel de aprobación ha bajado del 71 por ciento que tenía en marzo, pero sería un motivo de envidia para la mayoría de sus colegas latinoamericanos.

El presidente peruano, Alejandro Toledo, que empezó su mandato en julio, ha visto caer su popularidad al 32 por ciento en los últimos cuatro meses. El mandatario colombiano, Andrés Pastrana, tiene un nivel de aprobación del 39 por ciento, y el gobernante argentino, Fernando de la Rúa, tiene apenas un 9 por ciento.

Críticas generalizadas

Sin embargo, durante mi visita a México la semana pasada, no pude sino sorprenderme ante las críticas casi generalizadas de la prensa hacia Fox. Sus detractores dicen que es un bocón: concretamente, que prometió un crecimiento anual del 7 por ciento, una reducción inmediata del crimen callejero, una solución al problema de Chiapas, y una ofensiva total contra la corrupción, y ha logrado muy poco -o nada- en todos estos frentes.

Para ser justos, hay poco que Fox podría haber hecho para evitar la caída de la economía y la ola de secuestros y asesinatos.

La economía mexicana se afectó por la recesión en Estados Unidos. México depende de Estados Unidos para casi el 90 por ciento de su comercio, y alrededor del 80 por ciento de su turismo extranjero. Y la lucha contra el crimen en Ciudad de México está en gran medida a cargo del alcalde Andrés Manuel López Obrador, un líder de la oposición de izquierda.

Asimismo, a pesar de que la reacción tardía ante los ataques del 11 de septiembre le costará apoyos en el Congreso de Estados Unidos, Fox ha tenido logros importantes en política exterior. Haciendo a un lado la vieja diplomacia, ha insertado a México de lleno en la comunidad internacional, ganando un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y convirtiéndose en un actor clave en los asuntos latinoamericanos.

¿Cuál es el problema de Fox, entonces? Es la indefinición política. A un año de haber asumido el poder con un mandato para cambiar las cosas, su gobierno aún carece de una personalidad política.

Fox es un presidente sin mayoría en el Congreso, que aparentemente no puede decidir si hacer un quiebre decisivo con el pasado, con el riesgo de antagonizar a los legisladores de oposición, o si usar su carisma para movilizar a la opinión pública a presionar al Legislativo para que apruebe sus proyectos.

El gabinete de Fox ha estado dividido en dos bandos. Su secretario de Gobernación (ministro del Interior), Santiago Creel, es un buen negociador de consensos que parece haber persuadido a Fox de no antagonizar con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó el país hasta el año pasado. Creel espera ganar suficientes votos del PRI para lograr la aprobación de la reforma fiscal, un paquete de medidas que Fox considera cruciales.

En el otro bando están el canciller, Jorge Castañeda, y el asesor de seguridad nacional Adolfo Aguilar Zinser, dos brillantes ex intelectuales de izquierda que han argumentado dentro del gabinete que Fox fue elegido con un mandato para el cambio y que habría que actuar con esa meta en todos los campos.

Mi conclusión: pronto veremos la resolución de este conflicto, ya que la reforma fiscal será sometida a un voto en las próximas semanas.

Pero lo peor que le podría ocurrir a Fox -y a México- es seguir en el aire, dudando entre dos rumbos, sin contar con los votos de la oposición en el Congreso ni con la gloria de convertirse en el primer gran reformador democrático de la historia moderna de México.

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