Los argentinos que dejaron atrás el peligro

La familia Pettigiani, evacuada en medio del caos en Puerto Príncipe, llegó ayer por la madrugada en un avión militar
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29 de febrero de 2004  

La violencia, la confusión y el peligro de Haití quedaron atrás por un tiempo para los Pettigiani. La familia argentina que el jueves último fue evacuada de Puerto Príncipe, cuando la ciudad era acechada por rebeldes y estaba plagada de bandas armadas que defienden al gobierno, llegó en la madrugada de ayer a Buenos Aires pensando sólo en encontrar un poco de sosiego.

El avión Pilatus PC-12 de la Gendarmería, que también trasladó a este cronista desde el convulsionado país caribeño, aterrizó en el aeroparque metropolitano luego de casi dos días de viaje. Federico Pettigiani; su esposa (haitiana), Claudie, y sus dos hijos fueron recibidos por los padres del arquitecto argentino que, junto al secretario de Seguridad, Norberto Quantín, los esperaban al borde de la pista.

Fue el punto final de un complicado operativo de rescate organizado por la Gendarmería y apenas el comienzo de un plan de evacuación que puede continuar con otras 15 familias argentinas aún atrapadas por el conflicto que enfrenta al gobierno de Aristide con los rebeldes que buscan desalojarlo del poder.

"No es fácil descubrir cuál es el problema de Haití. Es un país muy difícil de entender", dijo Pettigiani a LA NACION luego de la partida de Puerto Príncipe. Y pedía a su esposa, Claudie, que intentara explicar fenómenos propios de la cultura haitiana, y los motivos de la pobreza y el descontrol que vive el país.

"Hay muchos grupos mafiosos, y todos quieren llegar al poder para enriquecerse y nada más", dijo la abogada haitiana de 33 años, que tiene un abuelo que fue miembro de los tonton macoutes, la milicia paramilitar que eliminó miles de opositores durante el régimen de "Baby Doc" Duvalier.

Buenos y malos

Haití, considerado alguna vez una perla del Caribe, es hoy un país indefinible. Un pequeño Estado de 8 millones de habitantes que se debate entre la guerra civil y la miseria. Y en el que la superstición y la magia se mezclan todo el tiempo con la vida de la gente y con las pretensiones hegemónicas de los poderosos.

Se sabe que un líder que pretende ejercer el poder debe conocer los secretos del vudú para aplicar sus reglas y controlar a quienes intenten debilitarlo.

"El vudú es una religión que tiene dioses buenos y malos, y los haitianos adoran a ambos. Tratan de cuidarse de no hacer enojar a nadie porque temen después que les envíen una maldición", contó Federico, que pasará unos días en Córdoba, donde vive una hija de su primer matrimonio.

En Haití, donde casi el 60 por ciento de la población está sumida en la pobreza y la expectativa de vida apenas supera los 50 años, es muy difícil organizar hasta lo que parece más simple.

"Si vos contratás un carpintero y no va a hacer el trabajo durante varios días, otra persona no aceptará nunca reemplazarlo. Nadie se ocupa de algo que está a cargo de otro porque temen que luego los maldigan", explicó. Esa actitud se traslada a todos los órdenes de la sociedad.

Toque de queda de hecho

En la capital, que este cronista dejó junto a los evacuados mientras el aeropuerto, en el epicentro del caos, prometía pocas horas más de funcionamiento, la vida se ha hecho imposible. La provisión de luz, que se limita a seis horas por día, fue interrumpida esta semana en la mayor parte de la ciudad.

Aun antes de que se desatara la ola de saqueos, los haitianos de Puerto Príncipe optaban por no salir de sus casas en la noche. No bien el sol se esconde sobre el mar Caribe, en la capital funciona un toque de queda no oficial en el que sólo los chiméres se mueven como sombras.

Los Pettigiani viven en un barrio alto, donde residen dirigentes de la oposición política a Aristide.

Federico temía que grupos de choque del gobierno llegaran hasta esa zona y pudieran atacar su casa. Claudie pensaba en sus dos pequeños hijos. "Recé muchos días para que pudieran sacarnos del país y por suerte lo conseguimos", dijo la haitiana a LA NACION mientras Adriano, un bebe de 16 meses, se trasladaba de un lado a otro por el pasillo del avión y Gaetan, de 7 años, preguntaba por enésima vez cuándo vería las luces de Buenos Aires.

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