Los beneficios no llegan a todos en el mejor alumno de la región

Víctor García
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20 de octubre de 2019  

SANTIAGO, Chile.- Hace más de diez días, el presidente Sebastián Piñera declaró que Chile era "un verdadero oasis" dentro de una "América Latina convulsionada" en materia política. Las palabras del mandatario han sido replicadas en medio de las protestas más violentas de los últimos 30 años y han sido exaltadas como ejemplo concreto de cierta indolencia ante un conflicto que desde La Moneda nadie aventuró. La salida a comer a una pizzería del presidente, mientras miles de personas salían a las calles, potenció esa sensación en el ambiente de disgusto y de no sentirse escuchadas ni por su máxima autoridad cuando el fuego ardía en varios puntos de la capital.

La crisis le explotó al gobierno en sus narices por no palpar un creciente descontento ni la rabia generada por los problemas cotidianos a los que se enfrentan miles de chilenos. El colapso en los hospitales públicos por falta de insumos, la suba de los servicios, las bajas pensiones y el acceso a la educación han colmado la paciencia de miles de ciudadanos que salieron a las calles a protestar, más allá del descontrol que se ha vivido en Santiago y en otras ciudades.

Chile tiene una imagen en el vecindario de un alumno que ha hecho los deberes y que vive cierta tranquilidad, en un contexto caótico.

Aquella imagen del país es la que no se difunde a nivel internacional y que organizará la APEC en noviembre, con los principales líderes del mundo discutiendo el devenir económico: la de una sociedad que estimula el consumo por todos los medios, pero cuyo sistema se basa en bajos salarios, que distribuye sus ingresos de forma muy desigual y que tiene a sus habitantes altamente endeudados. La reflexión y el diagnóstico son transversales en la sociedad chilena: los más ricos siguen siendo más ricos y la brecha con los sectores más vulnerables ha ido en aumento.

El alza del boleto del subte que congeló Piñera -y que recordó lo que pasó con Lenín Moreno en Ecuador tras dar marcha atrás un decreto que eliminaba los subsidios al diésel- es el piso con el que el mandatario pretende revertir la crisis social, aunque a sus propios colaboradores les han faltado empatía y sensibilidad.

Tras las primeras críticas por el alza del servicio de transporte, el ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, instó a los ciudadanos a madrugar para aprovechar una tarifa más baja. Aquella declaración, rechazada por todos los sectores, incluso desde el oficialismo, dejó en evidencia una total desconexión con el ciudadano de pie y sembró una molestia que fue creciendo.

Los reclamos, acaso como pocas veces se ha visto, han movilizado a la clase emergente chilena. Se oyeron cacerolazos en sectores donde la gente vive en edificios modernos, cerca de reputadas escuelas privadas y con todos los servicios a la mano, pero también se ha visto frustrada por el estancamiento económico del país. Piñera prometió "tiempos mejores", pero aquellas promesas de una bonanza que se plantearon en su campaña presidencial no se han visto cristalizadas y la sensación de frustración ha sumado a nuevos integrantes.

Durante toda la tarde, el gobierno optó por el silencio y los rumores del toque de queda aumentaron. Dirigentes de partidos políticos de izquierda y de derecha desfilaron por programas de televisión, pero la escasa sintonía de la clase política también quedó expuesta. Con la oposición fragmentada, tampoco surgieron liderazgos orgánicos, lo que terminó confirmando que las protestas no son representativas de un sector determinado. Independientemente de los vándalos que incendiaron los vagones del subte, se vio a muchísima gente común y corriente con sus familias, tocando la bocina o pegándole a su cacerola.

El liderazgo del presidente Piñera también ha quedado en entredicho, probablemente como nunca había ocurrido en estos dos años, pese a la sostenida baja en su popularidad que ha tenido. Con el toque de queda ya sentenciado, en una medida que no se veía en Santiago desde los tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, la ciudad quedará vacía y custodiada por militares. Una escena nueva para una generación que se aburrió de las promesas incumplidas y de tolerar un sistema que le terminó dando la espalda.

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