Los deportados colombianos, un drama que aún sigue abierto

Santos anunció el cierre del último albergue fronterizo para quienes fueron expulsados o huyeron de Venezuela, pero la reinserción en su propio país es un proceso muy difícil
Daniel Lozano
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11 de noviembre de 2015  

Maduro culpó a los colombianos por la crisis, pero en los pueblos fronterizos sigue el desabastecimiento
Maduro culpó a los colombianos por la crisis, pero en los pueblos fronterizos sigue el desabastecimiento Crédito: Meridith Kohut / NYT

CÚCUTA, Colombia.- Se acabó la emergencia en la frontera entre Colombia y Venezuela, la más caliente del subcontinente. Al menos así lo señaló el presidente Juan Manuel Santos, al resumir el balance de una crisis que comenzó a mediados de agosto con la decisión de Nicolás Maduro de cerrar los pasos fronterizos para perseguir a "paramilitares y contrabandistas".

Santos confirmó la clausura del "último de los albergues creados para atender a nuestros compatriotas que fueron deportados o que se vinieron de Venezuela. Fueron más de 22.000 personas".

El primer mandatario colombiano, que no tiene previsto reunirse con Maduro hasta el año que viene, se congratuló de la respuesta de su gobierno: "Hicimos una inversión cercana a los 20.000 millones de pesos [6,8 millones de dólares] en los albergues temporales. Allí se ofrecieron alojamiento, alimentación, salud. Casi 3000 familias fueron trasladadas con sus enseres a otras partes del país y se entregaron subsidios de arrendamiento para 4800 familias".

LA NACION vivió las últimas horas con los deportados y huidos, mitad venezolanos, mitad colombianos, víctimas de una decisión gubernamental que no comprenden. Sólo 40 permanecían en el albergue de Interferías, en la ciudad de Cúcuta. Unos cuantos niños correteaban a toda velocidad emulando a sus héroes (gana la estrella del fútbol colombiano James Rodríguez; ningún venezolano de la "vinotinto" se menciona en los partidos improvisados). Ropa tendida junto a los baños portátiles y unas tiendas de campaña que comenzaban a ser plegadas.

"Toca salir para la costa, mi familia es muy pobre. Pero nos vamos desamparados, sin trabajo. Nos va a dar muy duro", se queja Damián Saucedo, de 25 años, mientras señala a su mujer, embarazada de ocho meses. Junto a ellos, su niñita de 3 años.

Sus palabras no son tan optimistas como las de su presidente. Es más: Saucedo echa de menos la ayuda que recibió durante los años vividos en Venezuela. "Como todo es subsidiado, la vida es más suave", se escucha cerca.

Los que se van buscan a la "ministra", la mujer que ha ejercido de líder durante la convivencia obligada. Hoy está enferma, encerrada en su pequeño hogar provisional. Como si no quisiera enfrentarse a la realidad que le espera, como Maribel Contreras, de 37 años, con dos hijos nacidos en un país y otros dos en el otro.

La huida a la carrera, con la vida sobre los hombros, provocó que sus dos hijos venezolanos se quedaran allá.

"Qué tristeza enorme con Venezuela. Ahora estoy agradecida con Colombia por recogernos. Aquí somos todos hermanos", señala la contadora pública, que busca desesperada un nuevo hogar.

Más allá de las paredes del refugio, la vida sigue semiparalizada en una frontera comercial ahora cerrada, donde la informalidad se convirtió en forma de vida. Sólo el corredor humanitario se mantiene abierto, gracias al cual los estudiantes pasan de un lado a otro.

La famosa gasolina venezolana, tan barata, ya no se encuentra como antes. Pero en los comercios de comida siguen vendiéndose los productos estrella del otro lado. El contrabando se hace a través de las trochas, del río. Un negocio imparable, pese a que el sector empresarial calcula que las relaciones comerciales entre ambos países se redujeron en un 48% desde agosto: 281 millones de dólares en el último trimestre frente a los 544 del año pasado.

Más de 10.000 personas quedan flotando en Cúcuta. No lo ven claro; incluso algunos se han atrevido a cruzar de nuevo la frontera. "Esto está berraco [duro]", confesaba desde Venezuela una mujer mientras conversaba vía telefónica con el comandante del albergue, a punto de cierre.

Del otro lado está la temida Guardia Nacional venezolana, a la que en Cúcuta achacan su complicidad con las bandas colombianas, como Los Urabeños y Los Rastrojos. "Muchos de los que cruzan la frontera han sido atracados; los funcionarios no sólo los requisan, sino que también les quitan el dinero", denuncia el diputado opositor Walter Márquez.

Cerca de cumplirse los tres meses de cierre, la frontera sufre su propia emergencia. Estado de excepción en un lado; estado de duda, en el otro.

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