Los desplazados, entre el horror de quedarse y el drama de partir

Múltiples factores impulsan a los afganos a dejar su país
Múltiples factores impulsan a los afganos a dejar su país
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29 de agosto de 2001  

A los afganos agolpados en el carguero noruego posiblemente les daba igual hundirse en el barco indonesio o ser encarcelados en Australia. Ya se considerarían muertos de cualquier forma, y todo lo que obtengan ahora será más de lo que tenían.

Ellos son apenas una parte de los 21,1 millones de refugiados que hay actualmente en todo el mundo, fenómeno agravado en estos 10 años y que afecta a más de 20 países, según las Naciones Unidas. La mayor concentración, unos dos millones, se halla en Paquistán y está formada precisamente por afganos.

De regresar, en Kabul les esperaría la muerte reservada a un traidor. Las ejecuciones son el modo en que el gobierno talibán alecciona también, con amputaciones y lapidaciones, a herejes, ladrones, adúlteros y mujeres que se atrevan a destaparse un centímetro las pesadas burqas que las cubren.

Desde 1996, cuando el gobierno religioso del mullah Omar llegó al poder, a los afganos les ha sido prohibido prácticamente todo. No pueden ver TV, usar Internet, escuchar música, bailar, ni jugar ningún tipo de juegos -incluyendo el fútbol o remontar barriletes- que los distraiga de sus oraciones, tener mascotas, estatuas, fotos ni ninguna reproducción de figuras humanas. Las mujeres no pueden estudiar, trabajar, conducir ni salir de sus casas sin la compañía de un hombre de su familia, y no tienen atención médica; el único hospital al que se les permite acudir carece de luz, agua y camillas.

Las que se "ganan" la vida como mendigas o prostitutas -sean geofísicas o amas de casa- esperan a cada instante la muerte si las descubren, o a través de infecciones transmitidas por los soldados que las contratan.

Nada a cambio

Los hombres temen ser reclutados por talibanes o militantes de la resistencia del capitán Ahmad Shah Massoud, que se atrinchera en el Norte, y que protagonizan luchas civiles que diezman las familias. Es difícil lograr los medios para irse, y quienes logran llegar a Paquistán no obtienen mucho a cambio.

La grave sequía que aplasta a Afganistán, considerada la peor en 100 años, y el embargo de las Naciones Unidas para castigar a Kabul, han hecho prácticamente imposible la vida en ese país. La ayuda internacional ha sido expulsada, y no llega ningún alivio. La producción se ha reducido a su mínima expresión, el PBI es de 21.000 millones de dólares, y el 90% de sus 23 millones de habitantes es indigente.

La situación de otros pueblos también es crítica. En Irán hay 1,9 millón de afganos e iraquíes; el caso es parecido en Tanzania, adonde llegaron a lo largo de décadas unos 680.000 ruandeses. En la lista siguen Alemania -con 900.000 kurdos y turcos-; Estados Unidos -con medio millón de personas-; Yugoslavia, Guinea, Sudán y Congo. En Colombia, el conflicto armado desplazó ya a dos millones de campesinos. Los campos, generalmente en las fronteras, suelen ser villas miserias en condiciones infrahumanas. A veces la pesadilla continúa y los refugiados son maltratados en los países adonde llegan, que los ven como una amenaza.

Aun así, para estos 438 afganos, como para Iván Denisovitch, el personaje de Solzhenitsyn que al final de un día brutal en Siberia se siente feliz por haber comido un bocado extra, la perspectiva de pasar unos días en una celda donde les den un plato de algo y no los torturen, es lo más parecido a un día de fiesta.

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