Los guardianes chavistas, un arma de doble filo

Para unos, defienden el modelo; otros los acusan de criminales
Daniel Wallis
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16 de agosto de 2012  

CARACAS.- Sentados frente a un mural de Jesús y la Virgen María, tres chicos con remeras rojas se aferran a sus rifles de asalto AK-47 y ejemplares de la Constitución venezolana.

La foto, tomada en un barrio pobre de Caracas y publicada en Internet a principios de este año por el grupo militante de izquierda La Piedrita, generó indignación en Venezuela y más allá de sus fronteras.

En el extranjero, para muchos fue un primer atisbo de los "colectivos" venezolanos, organizaciones radicalizadas que se autodenominan guardianas del proyecto socialista de Hugo Chávez y defensoras de sus comunidades locales. Para los críticos, son grupos de asesinos y delatores, fuerzas de choque de la revolución al personal estilo chavista.

Con elecciones presidenciales en ciernes, previstas para el 7 de octubre, los integrantes de la oposición temen que esos colectivos opten por la violencia si el candidato opositor, Henrique Capriles, en contra de lo que anticipan las encuestas, ganara los comicios.

En los testimonios recogidos en el asentamiento 23 de Enero, corazón de estos colectivos cerca del centro de la capital, algunos de sus líderes dijeron sentirse el blanco de una campaña de desprestigio de la derecha.

Estas elecciones venezolanas serán diferentes a todas las anteriores, con un Chávez que convalece de cáncer y una oposición reunida por primera vez detrás de un candidato único.

Hugo Chávez
Hugo Chávez Fuente: EFE

El asentamiento 23 de Enero es hoy una especie de laboratorio del proyecto socialista de Chávez: los negocios venden leche y carne de los productores nacionalizados con enormes descuentos, los residentes hacen trabajo voluntario limpiando las calles y algunos grupos de jóvenes "pioneros" reciben una instrucción similar a lo que ocurre en la aliada Cuba comunista, fusionando la ideología de izquierda en las actividades de los chicos, como deportes o campamentos.

En esos casi dos kilómetros cuadrados de una de las ciudades más peligrosas del continente, la seguridad está prácticamente en manos de los colectivos.

Chávez lleva una ventaja de dos dígitos en la mayoría de las encuestas, pero Capriles, de 40 años, hace meses que hace campaña por todo el país y atrae a grandes multitudes. Uno de sus colaboradores dijo que el barrio 23 de Enero es el único sitio al que no puede ir, porque teme por su seguridad personal. A fines del año pasado, cuando visitó el asentamiento, alguien le disparó a uno de sus colegas opositores.

Tal vez Capriles sea muy impopular entre los colectivos, pero éstos niegan desearle algún mal.

Mientras se toma un descanso de su trabajo en un pequeño emprendimiento de reciclado en la zona alta de José Leonardo Pirela, Luis Estrella, de 47 años y vestido con una remera polo verde brillante, niega que estén planeando usar la violencia. "Para la oposición, todo lo que hacemos en 23 de Enero está mal -dijo-. Acá no se ven armas porque no tenemos. Trabajamos con la comunidad para resolver nuestros problemas."

Armas

Los colectivos dicen que los días en que los grupos más radicalizados posaban para las fotos portando armas ya quedaron atrás. Pero nadie duda de que, en una ciudad con tantas armas como Caracas, en el barrio 23 de Enero debe haber unas cuantas.

El núcleo duro de los colectivos siempre estuvo al frente de las multitudinarias manifestaciones que, junto con sus aliados militares, ayudaron a Chávez a volver al poder después de su breve derrocamiento de dos días, hace una década.

Para algunos leales a Chávez, esa saga en la que murieron unas 20 personas como resultado del choque entre manifestantes de ambos bandos cobró ribetes casi religiosos.

La postura de los venezolanos respecto de esos colectivos está tan dividida como en casi todos los temas de esta sociedad tan polarizada. Algunos de los residentes de la zona dicen que desde que existen, el lugar es más seguro, mientras que otros afirman que se trata de delincuentes que gobiernan a través del miedo.

Traducción de Jaime Arrambide

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