Los jóvenes renovaron su fe ante el Papa

Cien mil católicos de todo el mundo presenciaron la misa en el Monte de las Bienaventuranzas.
Cien mil católicos de todo el mundo presenciaron la misa en el Monte de las Bienaventuranzas.
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25 de marzo de 2000  

KORAZIM, Israel.- Una multitud como la de ayer, a la sugestiva zona de Korazim y el Monte de las Bienaventuranzas la vieron solamente hace dos mil años: cuando Jesús pronunció el Sermón de la Montaña y multiplicó panes y peces. El Evangelio cuenta que eran cinco mil. Ayer, pese al mal tiempo, unas cien mil personas, en su mayoría jóvenes llegados de todos los rincones del mundo, vinieron hasta aquí para escuchar a Juan Pablo II, que brindó un trascendente mensaje de humildad y amor. Como Cristo hace dos mil años.

"Ahora, en el umbral del tercer milenio, a ustedes les toca ir por el mundo a anunciar el mensaje de los Diez Mandamientos y de las Bienaventuranzas", les dijo el Papa a los jóvenes, con una voz inusualmente fuerte y firme.

En medio de uno de los sitios bíblicos más importantes del cristianismo, un escenario imponente, con vista al lago Tiberíades, también llamado Mar de Galilea, y rodeado por colinas verdes, flores, y típicas piedras basálticas, para el Papa fue quizás uno de los días más felices de su peregrinaje tras las huellas de Jesús. Por fin estuvo en contacto con los jóvenes, que a él lo llenan de fuerza, y lejos de cuestiones meramente políticas, como las que tuvo que enfrentar días pasados en Jerusalén, Ciudad Santa eje de disputas, y Belén, donde tuvo que verse con los reclamos palestinos.

Quien estuvo cerca de él aseguró que nunca se lo vio tan emocionado como ayer. Y se entiende: celebró misa ante un mar de gente en el espléndido sitio en el cual Jesús pronunció el famoso Sermón de la Montaña, y recorrió la zona en la que, hace 20 siglos, el Salvador predicó e hizo milagros.

El Pontífice llegó por la mañana en helicóptero a esta región sobrecogedora, distante unos 200 kilómetros al norte de Jerusalén. Los fieles que asistieron a la misa, que tuvo lugar en una amplia explanada a los pies de la colina, llegaron mucho antes, el día anterior o entrada la madrugada, y lo aguardaron en medio de terribles condiciones meteorológicas: viento, frío y una lluvia torrencial que convirtió el lugar en un verdadero pantano.

"Un Woodstock católico"

Por este motivo, hasta se pensó en anular la reunión que un diario israelí definió con ironía "un gigantesco Woodstock católico".

Pese al barro, al hecho de que no hubiera un lugar seco para sentarse y al cansancio general de los cientos de miles de peregrinos venidos de muy lejos, nadie se desanimó. Y se respiró un clima de fiesta y hermandad muy emocionante. Cantos en árabe, español, italiano y otros idiomas, guitarreadas, bailes y danzas estuvieron a la orden del día, desde el amanecer. El perfil del peregrino eran zapatillas, mochila, campera, gorro, largavistas, y misal y papas fritas en mano. La mitad de los presentes, unos 50.000, provenía del extranjero. De éstos, alrededor de 45.000 eran de comunidades neocatecumenales de todo el mundo: 17.000 de Italia, 9000 de España, 6000 del resto de Europa, 10.000 de América del Norte y del Sur -entre ellos, unos 400 argentinos-, 1700 de Asia, 700 de Africa y 200 de Australia. Pero también había israelíes, como por ejemplo Roni y Iossi, de Tel Aviv, que explicaron a La Nación que habían venido a ver al Papa "por su bondad y por las cosas que hizo por los judíos".

A diferencia de la misa en Belén, que fue mucho más chica, ayer se veían banderas de todos los continentes, de países como Camerún, la isla de Guam, de Israel o de Estados Unidos, junto a las habituales de Polonia, el Vaticano e Italia. Y cientos de carteles y pancartas de bienvenida.

Una ovación estalló cuando el Papa llegó, a las 11 (una hora más tarde de lo previsto, debido al mal tiempo), en el papamóvil , y se dirigió, en medio de estrictas medidas de seguridad -toda el área se hallaba bloqueada-, hasta el gran estrado, debajo de una carpa negra, desde el que celebró la eucaristía. Lo recibió el arzobispo griego católico de Akka, monseñor Boutros Mouallem, que le donó su encolpion , el collar con la imagen de la Virgen, que para los obispos católicos de rito oriental representa su insignia. Juan Pablo II se lo colocó y celebró misa con ese obsequio junto a su cruz pectoral.

El Papa, que dedicó su homilía a la figura de Jesús y al Sermón de la Montaña, agradeció especialmente la presencia de los jóvenes de todo el mundo. "Es maravillosos que estén aquí", dijo, emocionado. Al comienzo del sermón, recordó que "estamos en esta colina, como los primeros discípulos, y escuchamos a Jesús", y comparó su importancia con la del Monte Sinaí, donde Dios le dio las Tablas de la Ley a Moisés: "Estas dos montañas nos ofrecen el mapa de ruta de nuestra vida cristiana, y el resumen de nuestras responsabilidades hacia Dios y el prójimo. Juntas, la Ley y las Bienaventuranzas marcan la senda del camino de Cristo y el camino hacia la madurez espiritual y la libertad", agregó.

El amor y la Ley

Evocó al Salvador, que enseñó que el amor lleva al cumplimiento pleno de la Ley, que los perdedores serán los ganadores, y exhortó a los jóvenes a un necesario "cambio del corazón", en un mundo donde "la violencia a menudo triunfa". Interrumpido muchas veces por aplausos, el Papa concluyó su homilía haciéndole un pedido a Cristo: "Oh, Señor Jesús, tú has hecho a estos jóvenes tus amigos: mantenlos para siempre cerca tuyo".

Después, el Papa se reunió con el premier israelí, Ehud Barak, en el Santuario del Monte de las Bienaventuranzas, encuentro al que asistió también el premio Nobel de la Paz Shimon Peres. Visitó la iglesia de la Multiplicación de los Panes, en Tabgha, que queda muy cerca; la iglesia del Primado de Pedro, que recuerda la aparición de Jesús en el Mar de Galilea, y el Santuario de la Casa de San Pedro.

Concluyó así un día de profundo misticismo y significado religioso, seguramente el más feliz y místico de su histórico peregrinaje a Tierra Santa.

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